28 – Febrero. Lunes de la VIII semana del Tiempo Ordinario
| Misioneros digitales católicos MDC |
Evangelio según
san Marcos 10, 17-27
Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?».
Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre».
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!». Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios». Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».
Comentario
Es un joven, un
perfecto judío, quien se acerca Jesús. Cumple fielmente todos los mandamientos
desde niño, entra dentro de los estándares de los fieles judíos practicantes,
pero no encuentra seguridad en su salvación final. A este joven le preocupa su
propia seguridad de salvación. Sabe que cumple todas las normas religiosas
desde siempre, pero le falta seguridad, le falta fe. Quiere “comprar” la
seguridad de la salvación y puede que esté dispuesto a pagar por ella, pero
Jesús pide un precio excesivo, ¡le pide todo!
Es realmente
difícil para un rico entrar en el reino de los cielos. No importa el nivel de
su riqueza, no es necesario que sea cuantiosa, sino que tengamos el corazón
firmemente agarrado a ella y nos cueste compartirla. Los ricos echan en el
cepillo del templo grandes cantidades mientras la pobre viuda solamente echa
unos céntimos, sin embargo Jesús alabará a esta pobre mujer porque comparte
todo lo que tiene, mientras los ricos, prestos a grandes donativos, siempre van
a dar lo que les sobra, no lo que necesitan los demás. Tienen su corazón donde
está lo importante para sus vidas, y lo importante no son los prójimos, sino
los propios bienes, la propia seguridad.
Muchos tenemos
una riqueza, puede que muy pequeña, pero que nos impide ser generosos, que nos
ata con esas cuerdas invisibles que nos obligan a estar sometidos a ella.
Cierto será difícil que nos salvemos por nuestros propios medios o méritos,
pero esto lo sabemos todos: no somos nosotros los que nos salvamos, sino Dios
quien nos salva. Es él quien nos regala la salvación. Es él quien nos conduce
de la mano a su reino, y lo hace gratuitamente y solo nos pide a cambio que
confiemos en él, creamos en él y seamos felices. Si vamos asidos a la mano de
Dios, si no nos soltamos, viviremos felices porque el Reino de Dios ya estará
en nosotros, y la riqueza dejará de tener alguna importancia para nosotros y no
nos costará desprendernos de ella.
¿Estamos
dispuestos a renunciar a todo, incluso a nosotros mismos, para seguir a Jesús?
Fuente:
Dominicos





