La experiencia de Dios de Juan Álvarez, y un confinamiento
leyendo a Kierkegaard y Santo Tomás
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Juan Álvarez en Montserrat explica a ReL cómo llegó a Dios desde un mundo de relaciones vacías |
Juan Álvarez es un joven de 24 años, natural de Caracas, Venezuela,
que llegó a España en 2018 y encontró a Dios por una vía cuádruple: se hastió
del mundo de la noche y los 'ligues', leyó a Jordan Peterson y
a pensadores cristianos, conoció a cristianos sinceros y cercanos y, por
último, tuvo una experiencia de Dios al final de una misa que le tocó el alma.
Entusiasta de la filosofía, a Juan le gusta razonar las cosas y
hacerse preguntas. A partir de su experiencia, nos explica por qué tanta gente joven (y no tan joven) queda
atrapada en relaciones sentimentales frívolas y dañinas.
Una experiencia de niño:
"Mucha gente no es buena"
Juan Álvarez no recibió la fe en su familia, aunque, señala con
ironía, "el sobrino de mi bisabuela era el cardenal Jorge Urosa, de
Venezuela, yo fui a un
colegio católico e hice la comunión porque todos lo hacían".
Sus padres, aunque eran buenas personas, no iban a la iglesia ni le hablaban de Dios. Él tampoco
iba a misa. Sí creía que Dios debía existir, pero "no recuerdo haberle
rezado nunca de niño".
Cuando tenía unos 12 años, en
lo que en España sería primer curso de la ESO, se convenció de que el mundo estaba lleno de gente mala,
porque lo veía en otros niños, incluso en sus mejores amigos, "que se metían
con otros niños. Eran tóxicos". Un mundo así le daba miedo.
A los 16 años se acostó con una chica. "Tenía miedo de haberla dejado
embarazada, y por primera vez recé. Prometí a Dios que si no quedaba embarazada
dejaría de tener relaciones sexuales. Y así fue, y durante unos años lo
cumplí".
En España, el mundo de la
noche
En 2018 llegó a España. Era un joven adulto que estudiaba
Administración de Empresas en la Complutense de Madrid, y que 'triunfaba' con las chicas
en el mundo de la noche.
"En España hay muchas chicas guapas y yo conseguí acostarme
con bastantes, pero eso no me hizo feliz. Yo hablaba mucho en las discotecas
con otros hombres, para que las chicas vieran que yo era popular, que tenía
amigos. Eso ayuda a que ellas te acepten. Yo hablaba con hombres incluso de 30
años, que primero te decían que les gustaba tener muchas novias. Pero después,
muy rápido, te admitían
que, en el fondo, querrían una mujer que les amara de verdad, para toda la vida.
Se sienten solos y lo admiten. Me lo contaban a mí, prácticamente un desconocido",
explica.
Juan ha reflexionado mucho
sobre el mundo de la noche y sus relaciones volátiles y vacías.
"A muchos hombres les pasa como me sucedió a mí: una mujer, a menudo muy inmadura, te hace daño, y algo se rompe
en tu corazón, y decides que las chicas son malas. Decides que son
para conquistarlas, acostarse con ellas y olvidarlas. Y eso es un juego malo,
de personas inmaduras que
se usan y se dañan mutuamente", detalla.
Juan se acostaba con chicas, se daba cuenta de que eso no le hacía feliz, pero
insistía en hacerlo y ante
los demás fingía estar contento. "En la discoteca y en las fiestas
ponen esas canciones de reguetón, de que la felicidad es ser rico y tener
chicas. Pero en mi experiencia no era así. Sabía que estaba dando algo precioso
a esas chicas, aunque ni me querían ellas ni yo las quería. Y pensé: 'No soy feliz porque no soy
tan valiente como para ir a por la más guapa. Si consigo a la más guapa, sí
seré feliz'. Y lo logré, me acosté con la más guapa. Y por la mañana ella
se fue, y yo me quedé llorando, sabiendo que la había usado a ella y me había
dejado usar yo".
Tres semanas después, le sucedió algo en una iglesia que cambió su corazón.
Con Jordan Peterson, las
grandes preguntas
También al llegar a España, desde los 20 años, empezó a ver
charlas del psicólogo Jordan Peterson por Internet. "Me gustaba Peterson porque decía verdades que nadie más decía, cosas
con significado. Y escucharle me llevó a leer a Jung, a Freud... Y, más
adelante, a las grandes
preguntas: quién eres, por qué existes, y la verdadera pregunta, que decía
Camus: ¿me suicido o no? Que en realidad
es preguntarse si existe Dios, el bien, una vida con sentido".
En la universidad tenía un profesor que decían que era muy exigente, pero que
subía 2 puntos la nota si le presentaban un resumen bien trabajado de un libro
a elegir de una lista. Y él eligió Las Ideas Tienen
Consecuencias, un clásico de 1948 del pensador conservador Richard M. Weaver.
"El libro defendía que al perderse la religión y los valores universales, la base
de Occidente, el escepticismo había llevado a las guerras mundiales. Hablé
de esto con mi profesor, y empecé a pensar más en serio sobre el
cristianismo".
Conocer cristianos de cerca
A Juan no le molestaban temas históricos como la Inquisición o las
guerras. Pero consideraba muy hipócritas a los cristianos: "En mi opinión, se creían
mejores que los demás, pero no los veía ayudar a mejorar nada". Pero
su profesor le dijo: "Sí, es cierto, hay algo de hipocresía en algunas
personas, pero ese mal es muy poca cosa comparado con el bien que se hace".
Su profesor le animó a ir a la capilla del campus de Somosaguas (la misma donde
años antes enseñó los pechos la
concejal de Más Madrid Rita Maestre).
Allí conoció jóvenes cristianos con fe auténtica, buenos formadores... y se apuntó a una catequesis de
confirmación para explorar los contenidos de la fe.
"Me di cuenta de que aquellas personas, cristianas, me miraban con buenos
ojos. Me miraban con
esperanza. Sacaban lo mejor de mí", recuerda: "Y empecé a ir
a algunas misas con ellos, para entender más, para ver por qué me sentía bien junto a ellos".
Al final de una de estas misas, tres semanas después de su decepción con el
mundo de la noche, le sucedió algo que cambió su vida.
Una experiencia de Dios
"Había
terminado la misa, las chicas habían cantado muy bonito, acababan con
una canción que decía 'Mi pequeño corderito, en ti quiero
anidar', o algo así. Yo estaba sentado en la parte trasera,
rezando, con las manos cruzadas. Acabó la canción. De repente, sentí unas palabras en mi mente. No
venía de nada previo, no era nada que me hubieran explicado. Sentí que Jesús me decía: '¿Por qué me
haces daño a mí, que te amo tanto?' No entendí a qué se refería, pero
me sentí fatal, contrito, dolido por lo que hacía. No era algo en lo que
hubiera pensado yo. En las charlas a las que había ido se habían hablado de
otros asuntos, no de que Jesús te ama personalmente".
El confinamiento leyendo
Santo Tomás y Kierkegaard
Juan quería entender mejor lo que había experimentado. Pero
entonces llegó el confinamiento
estricto del coronavirus, en marzo de 2020. "Yo necesitaba entender
racionalmente, reflexionar, y encerrado
en el confinamiento me puse a leer mucho Santo Tomás y a Kierkegaard. Tomás
me dio una certeza de que la fe es racional. Kierkegaard, en realidad, viene a
decir lo contrario, pero me daba da igual, porque a Kierkegaard lo que le
importa es cómo estás de verdad, así que él también me ayudaba".
"Filosóficamente
llegué a la conclusión de que el materialismo es insostenible. No sólo
existe lo físico, tiene que haber metafísica y por lo tanto se necesita una
Primera Causa que es Dios. Y esa convicción me permitió entregarme a Jesús. Dios no era meramente razonable,
sino necesario. El materialismo es insostenible", concluyó.
El padre Rafael, capellán de la Complutense, le dio una oración para que
rezara, que le ayudó mucho. "Es un texto que se titula 'Ámame tal como
eres'. Creo que es de Charles de Foucauld. Esa oración me
cambió la vida, y aún ni me he leído la vida de Foucauld. Y también me ayudó el
libro 'Llamadas', que presenta capítulos del
evangelio".
Creciendo en la fe
Después pudo acudir con otros jóvenes del campus de Somosaguas a
un retiro en Duruelo, "donde San Juan de la Cruz fundó su primer convento,
con los primeros carmelitas descalzos. Allí están hoy las religiosas de la
Madre Maravillas. Allí leímos a
Von Balthasar y las Cartas
del Diablo a su Sobrino, de C.S.Lewis. Ahí
conviví 10 días con gente cristiana. Era la primera vez que lo hacía. Y volví
de allí cambiado: por primera vez veía que la vida es algo hermoso. Hoy
recomiendo a quien pueda que haga Ejercicios Espirituales: es la experiencia
que más me ha acercado al Señor".
Juan hoy reza cada día entre 30 y 45 minutos, "estilo Lectio
Divina, pero con composición de lugar, como en los ejercicios ignacianos. Has de dejarte querer por Dios,
dejarte ver por Jesús, y así palparlo y contagiarte de su manera de vivir".
Vive la fe en la parroquia del Buen Suceso en Madrid y ha acudido al encuentro
europeo de catequistas de LifeTeen en
el monasterio de Montserrat.
"Ahora me encuentro
realmente feliz. La vida tiene para mí un sentido pleno. No cambiaría el mejor día de mi
vida de antes por el peor de ahora. Amo vivir, y eso es el mayor regalo que me ha dado
Jesús: un corazón de carne, no de piedra", afirma con una
sonrisa.
Pablo J. Ginés
Fuente: ReL