Aunque me sienta el peor pecador sobre la tierra Dios viene a abrazarme en este tiempo, a decirme que le importo y que perdona todo
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Miro mi historia sabiendo que Dios me ha conducido siempre con un
amor de Padre. Es una historia sagrada por la que es necesario dar gracias.
El
pueblo de Israel mira su pasado y da gracias. Agradece por la vida, por el don
que recibe y se conmueve.
Así
quiero mirar yo mi vida en cuaresma. No soy un terrible pecador. No soy un gran santo. Estoy en el
camino y tal vez la mediocridad marca mis pasos.
La
pereza me impide dar más. El egoísmo me retiene en mi pobreza. Mis miedos no me
dejan ser audaz.
Mi autorreferencia me
lleva a querer ser yo el centro y no dejar que Dios lo sea en mi vida.
Porque cuando lo pongo a Él en el centro todo cambia y dejo de
pensar que los demás tienen que girar continuamente en torno a mí.
Primero: ver su perdón
El perdón marca
este tiempo, la misericordia de Dios. Me lo recuerdan las palabras del papa
Francisco:
«Dios perdona siempre: metéoslo, esto, en la cabeza y en el
corazón. Dios perdona siempre. Somos nosotros que nos cansamos de pedir perdón.
Pero Él perdona siempre, también las cosas más malas».
Aunque me sienta el peor pecador sobre la tierra Dios viene a
abrazarme en este tiempo, a
decirme que le importo y que perdona todo lo que he hecho
antes.
La misericordia sana
Yo no
perdono con tanta facilidad. Pero Dios sí que lo hace. Me mira conmovido, con
dolor al tocar mi pena y me
sana las heridas.
Limpia
mi corazón. Abraza mi alma enferma y me dice que su perdón es mucho más grande
que todos mis pecados.
Necesito
ser más misericordioso conmigo mismo. Quiero perdonarme por las veces en las
que no fui capaz de hacer el bien, de vencer mi tentación de hacer el mal. Esos
momentos en los que me vi débil.
La tentación del demonio
siempre aparece ante mis ojos y quiere llevarme por el mal camino. No he
resistido porque es atractivo lo que me sugiere con su voz sibilina.
Jesús
me mira y me perdona. El perdón de Dios es lo primero que veo al comenzar mis
pasos por esta cuaresma.
¡Cuánto amor he vivido!
Busco
la soledad en
mi alma para encontrarme
con el Dios de mi historia. Por eso la cuaresma comienza en el
desierto.
En el
silencio de un paisaje inmenso me
siento solo y a la vez cuidado por Jesús. Mientras siento
la dureza del calor noto el frescor de su abrazo. En el frío que me congela
siento el calor de su mirada.
Y en
ese desierto marcado por la soledad miro mi vida con gratitud agradecido por todo el amor que he vivido.
Es
mucho lo recibido. En ocasiones me quedo atrapado en los dolores, en las
pérdidas emocionales, en las rupturas, los quiebres, los pecados y las caídas.
Y entonces
me quedo atenazado por el dolor que no me deja mirar la vida con alegría. Y
siento que no tengo tanto que agradecer.
Como
si el mundo y el mismo Dios estuvieran en deuda conmigo, me deben tanto. No es
así.
Dar las gracias
Quiero aprender a agradecer. La
gratitud es un don de Dios que ensancha el alma. Me hace ver que la última
palabra sobre el sentido de mi vida la tiene Él.
Conoce
muy bien lo que hay en mí, me mira por dentro, no le engaño con mis palabras y
apariencias.
Ve mi
corazón y sabe lo que hay en mí. Ve lo que está limpio y lo que está sucio.
Conoce mis luces y mis sombras y me quiere.
Entonces
lo miro agradecido
porque me salva de mis tristezas. Es por eso por lo que la
cuaresma es un tiempo alegre para mirar mi corazón agradecido.
Jesús me llama a estar alegre
Jesús quiere que esté alegre y aparte
con rapidez la tristeza, la amargura, la desidia, la angustia.
La
ceniza no me habla de tristezas. Aunque el ayuno me disguste. Y me cueste hacer
silencio.
Jesús
me recuerda que estoy llamado a vivir con alegría. Puedo dar mucho más. Puedo
ser más feliz y pleno. Así me lo recuerda:
«Ahora voy a ti; pero digo estas cosas mientras estoy en el mundo,
para que ellos se llenen de la misma perfecta alegría que yo tengo».
Jn
17,13
Que
tenga alegría completa.
¿Qué
cosas me quitan la alegría? A menudo veo que el mundo consigue entristecerme con
facilidad. Y cada vez que lo consigue dejo de sembrar sonrisas.
Una
mirada, unas palabras que me duelen, un acontecimiento que me quita la paz. La
falta de alegría existe en muchos corazones.
Es
casi una excepción encontrar personas que siempre están alegres y felices.
Personas con paz en
el alma que viven confiadas y sin miedo a que todo pueda salir mal.
Me
gustan esas personas capaces de encender a su alrededor una llama de esperanza. Quiero vivir esa alegría plena a la que
Dios me invita en el desierto de mi corazón.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia





