6 – Marzo. I Domingo de Cuaresma
| El Diario |
Evangelio según san Lucas 4, 1-13
Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo.
En todos aquellos días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre”». Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra”». Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión.
Comentario
Comenzamos el tiempo de cuaresma
recordando esos cuarenta días en los que Jesús ayunó en el desierto al comienzo
de su vida pública. El pueblo de Israel, liberado de la esclavitud de Egipto,
fue tentado en su peregrinación por el desierto camino de la tierra prometida.
Donde ellos cayeron, Jesús vence y nos da ejemplo de cómo vencer.
San Lucas hace notar que “fue
conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado
por el diablo” (vv. 1-2). Las tentaciones no fueron una contrariedad que se
cruzó en su camino, sino algo previsto en los planes de Dios para que
aprendiésemos que, como Él, también nosotros seremos tentados.
Jesús siente hambre y el diablo,
que está siempre al acecho, aprovecha esa circunstancia para tentarlo. Días
antes, al recibir el bautismo de Juan, Jesús oyó la voz del cielo que le decía:
“Tú eres mi Hijo, el Amado, en ti me he complacido” (Lc 3,22). ¿Será verdad? El
diablo le pone por delante una necesidad física urgente, como la de tomar
alimento, y le sugiere que lo haga comprobando, de paso, si efectivamente es el
Hijo de Dios, capaz de superarla con un poder divino. Se trata de una
provocación insidiosa, y muy actual. Cuando tantas personas pasan hambre en el
mundo y apremia solucionar numerosas emergencias sociales, la Iglesia, por no
decir Dios mismo, ¿no tendrían que interesarse primero por lo urgente, dejando
lo demás para después? Jesús señala el mejor camino para resolver esas
necesidades: sólo de un corazón alimentado por la palabra de Dios, recto y
bueno, pueden surgir soluciones creativas y eficaces.
A continuación, el diablo le
ofrece tanto poder y gloria cuanto pueda desear, a cambio de que lo adore.
Intenta que ambicione mando y autoridad para pervertir su misión espiritual. Es
la insidia de servirse del poder temporal para implantar el reino de Dios en la
tierra, una tentación que también ha sufrido la Iglesia con el correr de los
siglos. La cuestión que se plantea no es banal: ¿Qué medios hay que poner para
que las esperanzas mesiánicas se realicen? ¿Qué aporta el cristianismo al mundo
para solucionar sus problemas? En realidad, es algo muy sencillo. No se trata
de ningún régimen político ni social. Lo que aporta es el conocimiento del Dios
verdadero. “Adorarás al Señor tu Dios y solamente a Él darás culto” (v. 8),
responde Jesús. Los reinos surgidos por la ambición de poder humano se van
derrumbando. Sólo cuando se reconoce a Dios como creador y se respetan las
leyes de la naturaleza, se alcanza el verdadero bien del hombre.
Por último, el diablo le sugiere
realizar una acción espectacular ante las gentes que pululaban por los atrios y
alrededores del Templo de Jerusalén, lanzándose desde su esquina más alta, para
que unos ángeles detuvieran su caída ante la mirada atónita de aquellos
espectadores. Sin duda, su reconocimiento como Mesías sería inmediato. ¿No
hacía falta alguna señal clara para que se reconociera al enviado del Señor?
Esta tentación también incide en una inquietud muy arraigada hoy: ¿Cómo se
puede reconocer a Dios? ¿Es posible creer en él sin haber contemplado nunca
nada extraordinario? ¿No es necesario comprobar experimentalmente su
existencia? En realidad, quien trata a Dios como si fuera un objeto que ha de
ser sometido a experiencias de laboratorio, nunca podrá encontrarlo. Ante la
arrogancia intelectual, la respuesta de Jesús es la humildad: “No tentarás al
Señor tu Dios” (v. 12).
Francisco Varo
Fuente: Opus Dei





