Dios me está hablando de lo que quiere de mí a través del que ha sido atacado y está abandonado en el camino
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| Philippe Lissac / GODONG |
Cuesta mirar con empatía a mi hermano. No me pongo en su lugar. Ni
hago mía su mirada. No asumo su vida como parte de la mía. Leía el otro día:
«La persona
se hace capaz de empatía, entendida como «la posibilidad de aceptar una
interacción entre el yo y el otro, la capacidad de no cerrarse en un yo inaccesible y
defensivo, manteniendo una postura de relativo distanciamiento
y de autonomía basada en una cierta identidad»; de este modo, es capaz de salir
de sí misma para encontrarse con el otro».
Giovanni Cucci
SJ, La fuerza que
nace de la debilidad
Necesito aprender a salir de mí mismo.
Jesús les explicó el camino a sus discípulos con una parábola. Para que entendieran.
El hombre que no pasó de
largo
Cuenta Jesús una historia. Un hombre fue asaltado en medio de un
camino. Quedó expuesto, abandonado, herido, solo.
Y muchos pasaron delante de él. Quizás nadie hubiera deseado pasar
por delante de un hombre herido. Porque su presencia era una complicación en la
vida de los hombres.
«Un hombre
que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó fue asaltado por unos bandidos.
Le quitaron hasta la ropa que llevaba puesta, le golpearon y se fueron
dejándolo medio muerto.
Casualmente
pasó un sacerdote
por aquel mismo camino, pero al ver al herido dio un rodeo y siguió adelante.
Luego pasó
por allí un levita,
y que al verlo dio también un rodeo y siguió adelante.
Finalmente, un hombre
de Samaria que viajaba por el mismo camino, le vio y sintió
compasión de él.
Se le
acercó, le curó las heridas con aceite y vino, y se las vendó. Luego lo montó
en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él.
Al día siguiente, el samaritano sacó dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: – Cuida a este hombre. Si gastas más, te lo pagaré a mi regreso».
¿Veo al abandonado?
Varios pasan de largo. Tal vez los más
confiables. Los religiosos que veían a Dios en sus vidas. Los
que lo habían dejado todo por seguir al Dios de sus vidas.
Ellos no ven al herido o prefieren no verlo. ¿Y yo? ¿Lo
veo cuando está herido y abandonado al borde del camino?
Me gustaría hacer de esta parábola una norma en mi vida. Pero
sería una norma que incumplo muchas veces, quizás demasiadas.
Y me siento como el sacerdote que da un rodeo
para seguir su camino.
Mis prisas, mis planes están antes
que la caridad. Antes que la compasión hacia aquel al que nadie ayuda.
Me siento tan lejos de ese buen samaritano… Me asemejo también a
ese levita que da otro rodeo para evitar el problema y sigue su camino.
Como si mi lema de vida fuera: por favor, no me
molesten. Y continúo pasando de largo delante del
necesitado.
Los imprevistos hablan
también de lo que Dios busca
¿Cómo hago para distinguir lo que
Dios quiere de mí? ¿Quiere que me detenga para socorrer al
caído o que corra a cumplir las expectativas ya programadas?
¿Cómo manejo los imprevistos? ¿Qué
hago con esa necesidad urgente que irrumpe sin que nadie pueda detener el paso?
Nadie me prepara para lo que no está previsto. Soy yo el que puede educar mi
corazón para las sorpresas.
O también puedo vivir atado a las rutinas, apegado a
los planes sin tomar en cuenta la realidad que golpea la
vida.
Pienso en esa orquesta que seguía
tocando mientras el Titanic se hundía en las aguas heladas.
Puedo seguir con lo mío mientras la realidad junto a mí ha
cambiado.
Más allá de mis intereses
La pandemia puede haberme endurecido el corazón. Pienso siempre en
mí, en mi necesidad, en lo que a mí me falta.
Mis planes son lo primero y los demás tendrán que ver cómo
solucionan los problemas. Yo estoy antes que el que sufre,
que el abandonado, que el solitario.
Cuando mi corazón se niega a ensancharse es que ha envejecido de golpe
y está muerto. Un corazón que no tiene empatía ni sufre con el que sufre es un
corazón que está helado.
La cuaresma me empuja a detenerme
ante el que sufre. Me obliga a ponerme en el lugar del que no
tiene, del que está herido. Me lleva a dejar a un lado todo lo que me ocupa.
Sentir el dolor del otro
«Recordemos
que la empatía no significa estar de acuerdo, la empatía es la capacidad para
resonar los sentimientos del niño, escuchar sentimientos no significa estar
de acuerdo con ellos ni con la conducta que se está
proponiendo».
Edgardo Riveros
Aedo, Focusing desde el
corazón y hacia el corazón
Dejo que resuene en mí el dolor
ajeno. No significa estar de acuerdo con conductas y comportamientos
ajenos.
Jesús nunca se alejó del pecador. No
condenó el pecado retirando el amor de quien más lo necesitaba. No huyó del
compromiso con el sufriente.
Se puso en el lugar de los que pecaban. Se abajó sobre ellos y
llegó al borde del camino. Dejó las noventa y nueve ovejas en el redil para
buscar la perdida. Salió preocupado por aquel que no tenía cómo vivir en paz en
medio de los hombres.
Con hechos
Me gustan los hechos más que las palabras.
Me convencen las obras no tanto las buenas intenciones.
Una cuaresma llena de palabras es como la hojarasca a los pies de
los árboles desnudos en el otoño. Es sólo una vida insustancial llena de
advertencias y mandatos.
Quiero tener obras y no sólo buenas intenciones. Quiero acercarme
al que sufre. Tal vez más cerca de lo que pensaba.
Saliendo de mi estrechez de miras, de mis complejos y de mis
miedos. Rompiendo las barreras de mi comodidad.
El buen samaritano soy yo cuando veo
al hombre caído. Y para verlo tengo que mirarlo y detener el paso.
Si voy corriendo y mirando mi agenda, leyendo a los que me
escriben, me
olvido de la realidad que impacta en mi rostro.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






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