La comunión eucarística es siempre comunión con Dios y comunión con los hermanos
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| El cardenal Cantalamessa consagró su tercera meditación de Cuaresma a la realidad de la presencia sacramental de Cristo. Foto: Vatican Media. |
La tercera meditación de Cuaresma predicada
este viernes a la Curia por el cardenal Raniero Cantalamessa,
predicador de la Casa Pontificia, en el Aula Pablo VI del Vaticano, versó sobre
la profunda unión que se produce entre Cristo y quien le recibe en la
Comunión.
Dentro de la consideración general sobre la Eucaristía
que da motivo a estas charlas cuaresmales, tocaba ahora explicar "el
momento que mejor pone de relieve la unidad fundamental de
todos los miembros del Pueblo de Dios", porque "la Eucaristía
que recibe el obispo o el Papa es exactamente la misma que la Eucaristía que
recibe el último de los bautizados".
Siguiendo a San Pablo, recordó que "la comunión
eucarística es siempre comunión con Dios y comunión con los hermanos;
que hay en ella una dimensión, por así decirlo, vertical y una
dimensión horizontal".
La comunión con Cristo
La dimensión vertical consiste en la comunión con
Cristo que establece el hecho de recibir su Cuerpo y su Sangre. Al hacerlo,
"vivimos de Jesús y para Jesús", porque, "en el plano
espiritual, es lo divino quien asimila lo humano a sí mismo". La
comunión se convierte, así, en asimilación: "No es sólo la unión de dos
cuerpos, de dos mentes, de dos voluntades, sino que es la asimilación
del único cuerpo, de la única mente y de la voluntad de Cristo".
Y así como el matrimonio es "símbolo de la unión
entre Cristo y la Iglesia", la Eucaristía sería, "por usar una imagen
audaz pero verdadera", dijo Cantalamessa, "la consumación del
matrimonio entre Cristo y la Iglesia".
Esa relación entre Cristo y el comulgante, que los
hace uno, implica que "la carne incorruptible y vivificante del Verbo
Encarnado se hace «mía», pero también mi carne, mi humanidad, se
convierte en la de Cristo". Entonces, ¿cómo permitir "que mi
mirada se detenga en imágenes lascivas, a mi lengua que hable contra mi
hermano, a mi cuerpo que no sirva como instrumento de pecado"?
Cantalamessa añadió, a esta consideración moral, una
consideración trinitaria, pues "Padre, Hijo y Espíritu Santo son una
naturaleza divina única e inseparable, son «una sola cosa»", que
recibimos al recibir a Cristo. Y así como "en el momento de la consagración es
el Espíritu Santo quien nos da a Jesús... en el momento de la comunión es
Cristo quien, al entrar en nosotros, nos da el Espíritu Santo".
La comunión con los demás
En cuanto al aspecto "horizontal" citado al
principio de sus palabras, el purpurado capuchino señaló que esta dimensión se
basa en que la comunión eucarística es también "con el cuerpo de Cristo
que es la Iglesia", esas personas "reunidas por la predicación evangélica,
molidas por el ayuno y la penitencia, amasadas en
agua en el bautismo y cocinadas por el fuego del Espíritu".
En particular, y según el propio "a Mí me lo
hicisteis" que Jesucristo anunció como criterio para el Juicio Final, esa
comunión ha de ser con "los pobres, los afligidos y los marginados".
Cantalamessa citó un hecho de la vida del filósofo Blaise Pascal,
quien cuando, moribundo, no podía ya recibir el Viático porque lo vomitaba,
suplicaba sí: "Si no podéis darme la Eucaristía, al menos dejad
entrar a un pobre en mi habitación. Si no puedo comulgar con la cabeza,
quiero al menos comulgar con su cuerpo".
Por ese motivo, "la preocupación por compartir lo
que tenemos con los necesitados, cercanos y lejanos, debe ser parte
integral de nuestra vida eucarística", teniendo en cuenta que ese
compartir "no es solo dar el propio dinero, sino también el propio
tiempo", por ejemplo visitando a quien lo necesita o experimenta la
soledad o la marginación.
En cierto modo, concluyó, con una ventaja: "no
siempre podemos recibir el cuerpo de Cristo en la Eucaristía e incluso, cuando
lo recibimos, dura solo unos minutos, mientras que siempre podemos
recibirlo en los pobres. Aquí no hay límites, solo se requiere que lo
queramos".
Fuente: ReL






