| Testimonio del P. Don Massimo. Crédito: Youtube/ Diócesis de Roma |
“Soy hijo de un padre brutal y bestial. Un hombre del que he
recibido durante toda mi vida, solamente puñetazos, patadas e insultos”, con
estas duras palabras comienza su testimonio el P. Massimo, un sacerdote
italiano que solamente con la gracia y el amor de Dios fue capaz de perdonar a
su padre.
El sacerdote compartió su testimonio durante el primero de los
cinco encuentros organizados por la Diócesis de Roma en la Basílica de San Juan
de Letrán bajo el título “¿Qué hay de alegre en esta tierra maldita? Los
novios, una novela de misericordia”.
La niñez y adolescencia del sacerdote fue extremadamente dura.
Relató que vivía con un padre que, además de golpearle, le amenazaba y le maltrataba
psicológicamente, tanto a él como a su madre y sus
hermanos.
Después de que su madre se escapara de casa debido a la violencia ejercida por su marido, de eso hace ya tres años, el P. Massimo decidió denunciar a su padre ante la policía.
“La
palabra papá nunca ha significado nada para mí. Cuando
hablaba con alguno de esta historia, lo veían como un calvario ordinario e
incluso banal y decían que exageraba los hechos”, dijo con valentía el
sacerdote.
El P. Massimo confesó que no recordaba ningún día feliz en casa. “¿Qué cosa
puede haber más horrible?”, dijo ante los presentes con la voz
entrecortada.
“El día que le diagnosticaron un cáncer avanzado, yo estaba en el
hospital con él. Me ordenó que me mantuviera cerca de él, como si fuera mi
deber. Me sentía
como un perro atado a su amo”, relató.
“Cuando empezó la quimioterapia, en una sala de espera, vomité mi
rabia contra él. Le dije cosas indecibles a mi padre el día que empezó su
calvario. Me convertí en un animal, entré en la noche oscura de la fe. Al
ofender a mi padre le di la espalda a Dios, estaba cansado de llevar esa cruz
sobre mis hombros”, lamentó.
A continuación, el sacerdote explicó que tenía la necesidad de
alejarse de su familia y de formar la suya propia, con una mujer e hijos, pero
de pronto llegó su vocación religiosa y sacerdotal.
“Cuando papá se enteró de mi vocación, me echó de casa blasfemando
y después de mi ordenación sacerdotal, su actitud fue aún más despiadada”,
contó el P. Massimo a continuación.
Luego llegaron los años de distanciamiento, y durante un tiempo
ambos permanecieron separados, mientras que su padre “continuaba humillando” a
su madre y hermanos.
“Pensaba que mi deber como sacerdote era arrebatar a mi padre de
las manos del diablo, pero en su enfermedad él estaba siendo purificado de sus
culpas. Era yo el que estaba en el infierno”, dijo a continuación.
El milagro de la
misericordia
Don Massimo no conseguía perdonar a su padre aunque estuviera
enfermo, y él mismo aseguró que se encontraba sumido “en la oscuridad”. Sin
embargo, de pronto ocurrió un “milagro” y la luz volvió a su vida.
“El milagro ocurrió una mañana de enero, salimos del hospital y le acompañé a
casa. Papá había comprendido que el tiempo se agotaba, estaba triste y cansado.
Le miré fijamente, hablamos durante veinte minutos y empecé a sentir algo
desconocido”.
“Por primera vez quise a mi padre y fue sin hacer nada. Papá me
devolvió la mirada y por fin me sentí querido por él. Lo miré durante mucho
tiempo, ya no sentía odio hacia él, como si todo el mal no hubiera existido. Lo pude ver por primera vez
como lo que era, mi padre”, confesó el sacerdote.
“Alguien me acarició de repente -continuó Don Massimo-, como el
viento cálido del verano: era mi Señor. Sólo he sentido compasión cuando mi
padre estaba muriendo, sin mérito la misericordia vino a visitarnos. Papá me
pareció tan hermoso como el sol, adorable, porque la misericordia es el milagro
de la vista devuelta a un ciego”, afirmó.
“Todo niño lleva en su corazón recriminaciones, decepciones,
cicatrices de distinto grado, vinculadas a la relación con los padres. Honrar
al padre y a la madre significa darles el peso justo, considerarlos ni más ni
menos que lo que son: personas heridas, falibles, miserables, limitadas como
todos, necesitadas de una caricia”.
“Porque el problema de la vida no es que las cosas tengan que
cambiar, no es ver cosas nuevas, sino
ver nuevas todas las cosas”, concluyó el sacerdote.
Por Almudena Martínez Bordiú
Fuente: ACI Prensa





