30 – Abril. Sábado de la II semana de Pascua
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Evangelio según san Juan 6, 16-21
Al oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al mar, embarcaron y empezaron la travesía hacia Cafarnaún.
Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos veinticinco o treinta estadios, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron. Pero él les dijo:
«Soy yo, no temáis».
Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban.
Comentario
Después de considerar ayer el
milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, la Liturgia nos
propone hoy otro prodigio sublime: Jesús que sale al encuentro de los
discípulos en mitad de una tempestad caminando sobre las aguas.
Esta acción asombrosa del Señor
refleja una vez más su poder, que domina la naturaleza, y que vuelve a
sorprender a la fe, todavía pequeña, de los apóstoles.
Si en el libro del Éxodo se narra
la salida del pueblo de Israel de Egipto, atravesando el mar Rojo a pie,
gracias a la acción de Dios por mediación de Moisés, en este episodio Jesús se
muestra más grande que el “mayor de los profetas”, puesto que ni siquiera
necesita separar las aguas para poder acercarse a la barca que andaba en
apuros.
Del mismo modo, la expresión que
utiliza Jesús para que le reconocieran: “Soy yo”, es la misma que empleó Dios
para darse a conocer a Moisés en el episodio de la zarza ardiente (Cfr. Ex
3,8).
Los cristianos de todos los
tiempos, precedidos y también representados por los discípulos que se
encontraban atemorizados en la barca, necesitamos del poder de Dios para no
sucumbir ante la tempestad. Decía santo Tomás, comentando un texto de san
Agustín, que si tenemos una fe grande en la acción de Dios «el viento, la
tempestad, las olas y las tinieblas no conseguirán que la nave se aparte de su
rumbo y quede destrozada».
Esa barca que representa a la
Iglesia, aparentemente débil ante semejante temporal, siempre saldrá a flote
porque el que la guía es, en última instancia, el mismo Jesucristo.
Pablo Erdozáin
Fuente: Opus Dei






