14 – Junio. Martes de la XI semana del Tiempo Ordinario
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Evangelio según san Mateo 5,
43-48
Habéis oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a
vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos
de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda
la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué
premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis
solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo
también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre
celestial es perfecto.
Comentario
¡Qué grande es el horizonte moral
que el Señor nos propone en el Evangelio de hoy! «Sed vosotros perfectos como
vuestro Padre celestial es perfecto» (v. 48). Para entenderlo bien, lo hemos de
leer a la luz de la nueva vida que Jesús nos trae. Se trata de una vida de
gracia, en la que el Padre nos regala las fuerzas espirituales para aspirar a
la perfección.
Esa perfección a la que Jesús nos
llama no es perfeccionista: no se trata de que todas nuestras acciones
exteriores sean óptimas y sin limitaciones, sino de que nuestro obrar esté
empapado del amor de Dios, a pesar de nuestros defectos. Lo importante es ir
perfeccionando la caridad. Dejar que el Señor cambie nuestro modo de ver y
sentir, para que nuestro corazón sea más como el suyo. Y así, gradualmente,
está transformación se irá reflejando en nuestras obras.
Precisamente este mismo Evangelio
nos propone una clara manifestación de la caridad. Se trata de convivir con
todos, sin clasificar el mundo entre “amigos” y “enemigos”. A veces ocurre que
nos encontramos con personas que se oponen a nosotros y no acertamos a
descubrir el motivo. Jesús nos invita a no desanimarnos y a seguir tratándolos
con amabilidad. El Padre los sigue considerando sus hijos, y les da el sol y la
lluvia, los cuida esperando el momento de su conversión. Y quizá nuestra
paciencia pueda ser el instrumento para que cambien de vida.
Muchos malentendidos se resuelven
a base de gestos de amor. Cuando alguien ha perdido la confianza, quizá las
explicaciones no son bien recibidas. Es el momento de ir a lo concreto, de
conquistar al otro con detalles diarios de afecto. San Josemaría decía que los
demás pueden cambiar su opinión de nosotros «cuando se den cuenta de que “de
verdad” les quieres. De ti depende» (San Josemaría, Surco, n. 734). Con la
ayuda de Dios, procuremos encontrar esos gestos que hacen que los demás se
sepan queridos.
Rodolfo Valdés
Fuente: Opus Dei






