9 – Junio. Jueves. Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote
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| Dominio público |
Evangelio según san Juan 17, 1-2.
9. 14-26
Así habló Jesús y, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado.
Te ruego por ellos; no
ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos.
Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me
enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me
santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la
verdad. No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por
la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo
en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me
has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno,
como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean
completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los
has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los
que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me
diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si
el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me
enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el
amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».
Comentario
El amor que me tenías esté en
ellos, y yo en ellos
Vivir para la hora establecida
por el Padre. No adelantar ni atrasar nada, sino realizarlo todo en plena
sintonía con la voluntad del Padre. En días pasados, un lector asiduo de los
comentarios que se ofrecen en este medio me decía: es bueno que pongan
ejemplos. Me hizo recordar a San Vicente Ferrer que señalaba a un amigo suyo:
cuando prediques, pon ejemplos para que los que te escuchan se puedan
identificar con alguno de ellos.
Los versículos del capítulo 17
del evangelio de San Juan, nos presentan a Jesús, antes de comenzar su Pasión,
elevando una oración en favor de los que tiene a su lado: Te ruego por
ellos..., por estos que tú me diste. Con todas sus debilidades, los
conoce bien, por eso los tiene presentes en ese momento, porque están expuestos
a una dura prueba y la flaqueza humana, precisa de este auxilio. Considero que
así ruega por nosotros. Conoce nuestras debilidades y la buena voluntad que
tenemos. También nuestros miedos cuando todo se complica. La vida humana es
complicada. Somos conscientes de ello. No hace falta señalarlo a cada uno, sino
invitar a reconocerse débiles y necesitados de este auxilio que Jesús ofrece y
buscarlo.
Nos ha dado su palabra. Una
palabra comunicadora de vida, de aliento, rica en enseñanza y poderosa para
sostener a quien la recibe. No olvidemos que la promesa del Espíritu, permite a
los que le reciben, recordar sus enseñanzas y avanzar en el conocimiento de lo
enseñando. Usa tu memoria y tu entendimiento. Recuerda lo que él te ha enseñado
y profundiza aplicando tu entendimiento. Verás entonces que tu voluntad
renovada por él se adhiere, naturalmente a la verdad conocida.
Esa tarea la tienes que hacer tú.
Nadie puede hacerla por ti, porque solamente tú conoces lo íntimo de ti mismo.
Recuerda: “Yo les he dado tu palabra”. Y en esa palabra había vida y esa vida
es la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.
“No solo por ellos ruego, sino
también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean
uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado”.
Aquí estamos presentes nosotros,
que hemos creído en el testimonio apostólico. No solamente hemos dicho que sí,
sino que hemos sido introducidos en la unidad: ser unos como él y el Padre son
uno. Ser perfectamente uno. Cultivar la unidad. Cuando hay tantos motivos y
ocasiones de disensión, de desencuentro, de ruptura de la comunión, considerar
que no hay mayor bien que la unidad que Jesús quería y que toca hacer posible,
desde la comunión con él, a todos los que le siguen con un corazón renovado y
una mente abierta.
¿Cómo resuena en mí esta oración
de Jesús en la noche de su Pasión?
Fuente: Dominicos
9 junio 2022






