31 – Julio. XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
![]() |
| Misioneros digitales católicos MDC |
Evangelio según san Lucas 12, 13-21
Entonces le dijo uno de la gente: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo: «Hombre, ¿quién me
ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad:
guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no
depende de sus bienes». Y les propuso una parábola: «Las tierras de un
hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos,
diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo:
“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y
almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo:
alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe,
banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a
reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que
atesora para sí y no es rico ante Dios».
Comentario
Cuenta el evangelio que, en una ocasión, mientras Jesús
predicaba, alguien de la multitud le pidió que instara a su hermano a compartir
la herencia con él. Pero en vez de atender esta petición, como hizo Jesús en
muchas otras ocasiones, advierte a los presentes sobre el peligro de la
avaricia y el afán de seguridad basado en las riquezas.
En apariencia, parece justo que una persona reclame parte de
una herencia a su hermano. Pero ignoramos los particulares del conflicto
familiar que sale a la luz. En cambio, de la respuesta prudente de Jesús, que
conoce lo que hay en cada corazón (cfr. Jn 2,25) se deduce que la petición que
se le hace no es recta. Primero porque se le pide hacer de juez en una causa
material que ya tiene sus propios jueces previstos por la ley. Explica san
Ambrosio que Jesús muestra con su negativa que no quiere ser “árbitro de las
posesiones de los hombres sino de sus méritos”[1]. Pero además,
Jesús sabe que esa petición tiene su origen en la avaricia, motivo por el cual
exhorta a todos los presentes a guardarse de ella, porque ni el afán de bienes
ni su posesión garantizan el bien excelso de la vida. En cambio, como explica
el papa Francisco, “la codicia es un escalón, abre la puerta; después viene la
vanidad —creerse importante, creerse potente— y, al final, el orgullo. Y de ahí
vienen todos los vicios, todos: son escalones, pero el primero es la codicia,
el deseo de amontar riquezas. Precisamente esta es la lucha de cada día: cómo
administrar bien las riquezas de la tierra para que se orienten al cielo y se
conviertan en riquezas del cielo”. A esto se encamina precisamente la virtud
cristiana de la pobreza, que “no consiste en no tener, −escribió san Josemaría−
sino en estar desprendidos: en renunciar voluntariamente al dominio sobre las
cosas”[2].
Haciendo una lectura rápida de la parábola con la que Jesús
ejemplifica su enseñanza podría sacarse la conclusión de que el personaje
protagonista no está actuando mal: si la cosecha ha sido fructífera, ¿por qué
no almacenar bien y disfrutar? Esta cuestión la resuelven muchos Padres de la
Iglesia de forma semejante a como lo hizo san Agustín: “lo superfluo de los
ricos es lo necesario de los pobres. Y se poseen cosas ajenas cuando se poseen
cosas superfluas”[3].
El afán de seguridad humana nos lleva a almacenar y acumular cosas y
bienes por si acaso, pero en realidad muchas veces no los usamos. Son
bienes que podrían emplear otros; es decir, quienes pasan necesidades reales y
no solo posibles o imaginarias. Quedan en los graneros de los ricos los bienes
de que no gozan los pobres. En cambio, cuando los que son bendecidos con
riquezas reconocen en ellas una forma de servir a los demás, aprenden a vivir
la pobreza y el desprendimiento.
Por otro lado, Jesús llama “necio” al personaje de la parábola
porque puso su ilusión en atesorar, el mismo día que iba a dejar este mundo.
Para evitar la falsa seguridad en las cosas materiales como si fueran a
garantizar una larga vida, Jesús introduce en la parábola el tema de la muerte.
Es lógico desear cierto bienestar y prosperidad para la propia familia; pero
hemos de evitar la necedad de poner en los bienes materiales el fundamento de
nuestra esperanza y felicidad. La realidad de personas famosas y pudientes de
la historia que sin embargo han llevado vidas trágicas, debería alertarnos.
Como explicaba Benedicto XVI, “en este XVIII domingo del tiempo ordinario, la
palabra de Dios nos estimula a reflexionar sobre cómo debe ser nuestra relación
con los bienes materiales. La riqueza, aun siendo en sí un bien, no se debe
considerar un bien absoluto. Sobre todo, no garantiza la salvación; más aún,
podría incluso ponerla seriamente en peligro. En la página evangélica de hoy,
Jesús pone en guardia a sus discípulos precisamente contra este riesgo. Es
sabiduría y virtud no apegar el corazón a los bienes de este mundo, porque todo
pasa, todo puede terminar bruscamente. Para los cristianos, el verdadero tesoro
que debemos buscar sin cesar se halla en las "cosas de arriba, donde está
Cristo sentado a la diestra de Dios"”[4].
[2] San Josemaría, Camino, n. 632.
[3] San Agustín, Coment. in psalm. 147.
[4] Benedicto XVI, Ángelus, 5-VIII-2007.
Pablo M. Edo
Fuente: Opus Dei






