No hay año en el que no se ponga de moda... sus profecías aparecen de vez en cuando en los medios de comunicación
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| Shutterstock | janez volmajer | Naci Yavuz |
No
hay año en el que no se ponga de moda Nostradamus… sus profecías aparecen en
los medios de comunicación –siempre con tintes catastrofistas y negativos– y
producen inquietud en no pocas personas.
¿Quién fue este personaje, qué escribió? ¿Merece la pena que se le
dedique tiempo e interés?
Michel de Nôtre-Dame nació en
1503 en Saint-Rémy-de-Provence, al sur de Francia, en una familia acomodada de
origen judío converso (de ahí su apellido alusivo a la Virgen María).
En 1537 enviudó de su primera esposa y perdió a sus dos hijos por
causa de la peste. En 1547 contrajo segundas nupcias con una viuda adinerada,
lo que favoreció que se dedicara más al ocultismo.
El también llamado “mago de Salon” (por afincarse en esta ciudad
provenzal) empezó
a escribir profecías, normalmente de signo negativo, por lo que
la sociedad de su tiempo lo miraba con recelo.
Algunos
aseguran que en sus inicios como vidente evitó la condena a muerte por gozar
del favor de la reina francesa de su tiempo, Catalina de Médici.
Sin embargo, su fama aumentó y, gracias a lo que algunos
consideraban aciertos en sus vaticinios, consiguió llegar a ser médico real en
tiempos de Carlos IX.
Murió en 1566, aquejado de gota. En su epitafio se le denomina “el
único hombre digno, a juicio de todos los mortales, de escribir con pluma casi
divina, bajo la influencia de los astros, el futuro del mundo”.
Nostradamus ha sido llamado “el más grande y genial de los profetas de
la era cristiana”. Esto se debe no tanto a sus pronósticos sueltos y a los
horóscopos personalizados que compuso para los aristócratas de su época, sino
sobre todo a que en 1555 publicó en Lyon su obra más célebre: Las Centurias,
cuyo título original completo es: Las verdaderas centurias astrológicas y
profecías.
Se trata de una obra escrita a base de cuartetas con rima,
agrupadas en el proyecto original de cien en cien, y de ahí su encabezamiento.
El libro está formado por diez de estas centurias y está escrito
con un lenguaje
ciertamente misterioso, casi críptico, con nombres figurados
para los lugares, mezcla de términos en diversas lenguas, símbolos, palabras
con errores voluntarios, alusiones enigmáticas, etc.
Varios estudiosos han hallado en sus versos abundantes elementos
copiados de textos clásicos y obras ocultistas anteriores.
Yendo más allá de las profecías de su
tiempo, se han atribuido a Nostradamus diversos “aciertos” en la
historia posterior, como sus supuestas predicciones de la Revolución Francesa,
el acceso al poder de Napoleón… y todo lo vivido en el siglo XX, por la
atención especial que se le ha prestado.
En un libro de divulgación de sus
profecías podemos leer:
“Desde
que terminó la primera guerra mundial hasta que estalló la segunda… los
principales acontecimientos que caracterizan este período… fueron descritos por
Nostradamus con absoluta precisión y, a menudo, con particularidades y detalles
que excluyen cualquier posibilidad de error en la interpretación de cuanto nos
legó el gran vidente”.
Aparece todo lo imaginable: la ocupación
de Roma y la unificación italiana, la Revolución Rusa, el ascenso de Hitler y
el nazismo, la Sociedad de Naciones, el auge y caída del fascismo, la Guerra
Civil española, la Guerra del Golfo y los muchos conflictos de Oriente Medio,
la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín, el 11-S, etc.
Pero
no sólo se trata de acontecimientos bélicos y políticos, sino que
también se han visto en sus Centurias vaticinios de la
invención del cine, el aeroplano, el telégrafo, el teléfono, la electricidad, e
incluso de la epidemia del sida, etc.
Interpretaciones abiertas
Vamos a ver un ejemplo concreto de los métodos de interpretación
que se aplican a las Centurias.
Si leemos una de ellas (I, 10), sus primeros versos dicen:
“serpientes transmitidas en la jaula de hierro / donde los siete hijos del rey
van presos, /los ancianos y padres saldrán bajo de la fosa”.
Pues nada más y nada menos que la cinematografía, ya que las
“serpientes” serían los rollos de celuloide y los proyectores “la jaula de
hierro”.
En ellas estarían aprisionados “los siete hijos” (colores del arco
iris) “del rey” (el sol, la luz) y harían aparecer los antepasados que están
“bajo de la fosa” en la pantalla.
Como puede observarse, una interpretación totalmente
simbólica y posterior al hecho, que podría aplicarse a muchas cosas más.
Y ciertamente con mucha imaginación… demasiada
imaginación.
Una de las cuestiones más discutidas y publicitadas de
Nostradamus, como sucede con todas las profecías que se sacan a la luz de vez
en cuando, es la relativa al fin del mundo, o al menos al fin de la
civilización en la que vivimos.
Fijándose en las Centurias, hay autores que
hablan del año 3797, pero otros intérpretes de la obra del vidente francés
adelantan ese momento crucial al año 2031. O al año 2015.
Pero si nos vamos más atrás y empezamos a repasar libros
publicados anteriormente, nos podemos encontrar con muchas sorpresas.
Errores
Una de ellas, sin ir más lejos, la hallamos en un comentario
publicado en París en 1947. En él, los “expertos” en la obra del vidente
provenzal señalan que, atendiendo a sus cuartetas, el fin del mundo estaba
fijado para junio de 1999.
Y no sólo eso, sino que en el medio siglo anterior estaban
previstos varios acontecimientos de gran importancia como la caída de la
monarquía inglesa, la conversión de los protestantes, la derrota del mundo
árabe… para terminar, como punto final al transcurso de la historia, con la
aparición del Anticristo, el oscurecimiento del sol y un nuevo diluvio.
Epílogo: el juicio final. Y se acabó.
La cuestión es que… esto hubo gente que se lo tomó en serio.
Muchos recordarán que el 11 de agosto de 1999 se produjo un eclipse solar
total.
Así que fue el terreno abonado para sacar a la luz, de nuevo, esa
interpretación de las Centurias (X, 72) de Nostradamus y provocar
el miedo en la gente: “El año mil novecientos noventa y nueve siete mes, del cielo
vendrá un gran Rey de pavor”.
Pasó el eclipse y todo siguió igual. Nada de
pavor ni de destrucción.
Por mucho que personas como el diseñador de moda Paco Rabanne
defendieran en público el advenimiento del fin del mundo, basándose en
Nostradamus. El modista francés hasta cerró sus tiendas y marchó de París,
consciente de su responsabilidad de “prevenir a los humanos”.
Hay un intérprete español de Nostradamus, José María Pueyo, que lo
defiende a capa y espada como “un verdadero profeta, designado por Dios
para cumplir la misión que a lo largo de la Historia cumplieron todos los
profetas: la revelación de un mensaje de Dios a los hombres”.
Para Pueyo, “la naturaleza de este mensaje no puede ser otra que Su propia
Existencia. Es decir, la profecía no es más que un vehículo que anuncia, a
través de su verificación, una fuente de inspiración de procedencia divina”.
Dice en más de una ocasión que fue “ayudado por la inspiración del Espíritu
Santo”. Por eso este autor mantiene “la gran categoría de su persona y el
carácter casi sagrado de toda su obra”. Vamos, toda una
canonización del vidente provenzal.
Como acabamos de ver, hay creyentes que intentan legitimar las
profecías de Nostradamus desde el punto de vista de la fe cristiana. ¿Es
cierto esto?
La respuesta nos la da la Sagrada Escritura, donde los profetas
desempeñan un papel fundamental. De hecho, una de las tres grandes partes del
Antiguo Testamento está formada por los escritos proféticos (los llamados
cuatro profetas mayores y doce menores).
Adivinación vs. profecía
Sin embargo, la Biblia distingue con gran claridad la adivinación de
la profecía,
siendo condenada la primera sin contemplaciones.
Moisés llama al pueblo hebreo a no imitar las “abominaciones” que
practican los pueblos paganos que habitaban la tierra prometida, y entre ellas
señala a la existencia de vaticinadores, astrólogos y adivinos (Dt 18, 9-11).
¿La razón? Así de simple: “esas naciones que tú vas a desposeer
escuchan a astrólogos y vaticinadores; pero a ti no te lo permite el Señor, tu
Dios” (Dt 18, 14).
Como siempre, lo que está en el fondo es el primer mandamiento: reconocer,
adorar y amar al único Dios, poniendo en él toda la confianza,
entregándole la totalidad de la persona.
Es
muy significativo que justo después de este rechazo de los adivinos, el
Deuteronomio hable de los profetas.
La pregunta es obligada, ya que de éstos se habla muy bien, y se
dice que van a surgir nuevos profetas: ¿qué diferencia hay entre unos y otros?
No son profetas
Esto es lo que le dice Dios a Moisés: “suscitaré un profeta de entre sus hermanos,
como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande”
(Dt 18, 18).
El texto sagrado también aporta el criterio de discernimiento de
la verdadera profecía a continuación: “cuando un profeta hable en nombre del Señor
y no suceda ni se cumpla su palabra, es una palabra que no ha dicho el Señor:
ese profeta habla por arrogancia, no le tengas miedo” (Dt 18, 22).
Léon Cristiani, canónigo francés, escribía en 1955 a propósito de
Nostradamus que “conviene establecer una diferencia tajante entre adivinación y
profecía.
La auténtica profecía es cosa santa, tanto como la adivinación es
algo frívolo o culpable. La profecía, para decirlo con una sola
palabra, procede de Dios. La adivinación procede del demonio o de la astucia
humana. Entre ambos existe una fosa infranqueable”.
Superstición vs. religión
Este sacerdote compatriota del famoso vidente juzgaba así un
comentario publicado en su tiempo sobre los supuestos aciertos de Nostradamus
“demostrados” por la historia: “una sola cosa nos tranquiliza un poco, y es
que antes de los acontecimientos, las profecías de Nostradamus eran
impenetrables”.
Muchos siglos antes, Cicerón hacía una crítica en su tratado De divinatione porque,
según él, “la superstición extendida entre los pueblos ha hecho
pesar su yugo casi sobre todas las almas, y ha tomado al asalto la imbecilidad
humana”.
El sabio dejó claro que “suprimir la superstición no es destruir la
virtud de la religión”, pues “existe, efectivamente, una superstición que
nos presiona, que nos persigue, hacia cualquier lado que nos volvamos, ya
prestes oído a un profeta o escuches una palabra de presagio”.
Luís Santamaría
Fuente: Aleteia






