19 – Octubre. Miércoles de la XXIX semana del Tiempo Ordinario
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Evangelio según san Lucas 12, 39-48
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
Pedro le dijo: «Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?».
Y el Señor dijo:
«¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá.
Comentario
El evangelio de hoy, en continuidad con el de ayer, recoge las
otras dos parábolas exhortando a la vigilancia. Jesús se dirige a sus
discípulos enseñándoles a cuidar al pueblo de Dios a ellos encomendado. Los
invita a vivir desde la lógica del amor, de la atención, de la ternura, de la
vigilancia.
Todo cristiano es administrador de los misterios de Dios: de la
vida que nos ha dado, del amor intratrinitario en el que vivimos -hijos de Dios
Padre en el Hijo por el Espíritu Santo-, de los talentos y capacidades con los
que nos ha adornado, de las personas que nos ha confiado. Y nadie nos puede
sustituir en esa tarea.
Cuando nos olvidamos de que todos esos bienes nos han sido confiados,
cuando pensamos que los merecemos y no nos damos cuenta de por qué los tenemos,
acabamos encerrados en nosotros mismos, llenos de nuestras soberbias, de
nuestras envidias, de nuestros rencores, de nuestros juicios críticos. Y,
entonces, no solo no cuidamos, sino que acabamos maltratando a los demás,
incapaces de mirarlos con la mirada de Cristo.
Como señala Benedicto XVI, esta vigilancia significa “de un lado,
que el hombre no se encierre en el momento presente, abandonándose a las cosas
tangibles, sino que levante la mirada más allá de lo momentáneo y sus
urgencias. De lo que se trata es de tener la mirada puesta en Dios para recibir
de Él el criterio y la capacidad de obrar de manera justa. Por otro lado,
vigilancia significa sobre todo apertura al bien, a la verdad, a Dios, en medio
de un mundo a menudo inexplicable y acosado por el poder del mal. Significa que
el hombre busque con todas las fuerzas y con gran sobriedad hacer lo que es
justo, no viviendo según sus propios deseos, sino según la orientación de la
fe”[1].
Jesús quiere que nuestra existencia sea fecunda, que no bajemos la
guardia, para recibir con gratitud y maravillados todos los tesoros de su
corazón. Quiere que estemos vigilantes para poner al servicio de los demás
nuestros talentos y capacidades, nuestra sonrisa, nuestro perdón, nuestro
trabajo diario, nuestra vida de fe, esperanza y amor.
Cristo nos presenta la vida como una misión: estar «al frente de
la casa para dar la ración adecuada a la hora debida». Nuestra vida es una
misión. Venimos a la tierra para algo, o más bien, para alguien: para nuestras
familias, nuestras amistades, nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos.
De nuestro cuidado depende, en gran medida, la felicidad eterna de esas
personas.
[1] Joseph
Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II. Desde la entrada en
Jerusalén hasta la Resurrección, p. 333-334.
Luis Cruz
Fuente: Opus Dei






