¿Qué es la consolación espiritual?
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| Aciprensa |
A continuación, las
palabras del Papa Francisco:
Queridos hermanos y
hermanas, ¡buenos días!
Después de haber
considerado algunos aspectos de la desolación, hablamos hoy de la consolación,
la luz del alma, otro elemento importante para el discernimiento, y que no debe
darse por descontado, porque se puede prestar a equívocos. Debemos de entender
qué es la consolación, igual que hemos entendido qué es la desolación.
¿Qué es la consolación
espiritual? Es una experiencia profunda de alegría interior, que consiente ver
la presencia de Dios en todas las cosas; esta refuerza la fe y la esperanza, y
también la capacidad de hacer el bien. La persona que vive la consolación no se
rinde frente a las dificultades, porque experimenta una paz más fuerte que la
prueba. Se trata por tanto de un gran don para la vida espiritual y para la
vida en su conjunto. Vivir esta alegría interior.
La consolación es un movimiento íntimo, que toca lo profundo de nosotros
mismos. No es llamativa sino suave, delicada, como una gota de agua en una
esponja (cfr S. Ignacio de L., Ejercicios espirituales, 335): la persona se
siente envuelta en la presencia de Dios, siempre de una forma respetuosa con la
propia libertad. Nunca es algo desafinado, que trata de forzar nuestra
voluntad, tampoco es una euforia pasajera: al contrario, como hemos visto,
también el dolor, por ejemplo, por los propios pecados puede convertirse en
motivo de consolación.
Pensemos en la
experiencia vivida por San Agustín cuando habla con la madre Mónica de la
belleza de la vida eterna; o en la perfecta Leticia de san Francisco -además
asociada a situaciones muy difíciles de soportar-; y pensemos en tantos
santos y santas que han sabido hacer grandes cosas, no porque se
consideraban buenos y capaces, sino porque fueron conquistados por la dulzura
pacificante del amor de Dios.
Es la paz que san
Ignacio notaba en sí con estupor cuando leía las vidas de los santos. Estar
consolado es estar en paz con Dios, sentir que todo está en paz, que todo está
en armonía en nuestro interior.
Es la paz que siente
Edith Stein después de la conversión; un año después de haber recibido el
Bautismo, ella escribe: “Cuando me abandono a este sentimiento, me invade una
vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y que, sin ninguna presión por
parte de mi voluntad, va a impulsarme hacia nuevas realizaciones. Este aflujo
vital me parece ascender de una actividad y de una fuerza que no me pertenecen,
pero que llegan a hacerse activas en mí”. (Psicología y ciencias del espíritu,
ciudad Nueva, 1996, 116).
Una paz genuina y una
paz que hace surgir los buenos sentimientos en nosotros. La consolación tiene
que ver sobre todo con la esperanza, mira hacia el futuro, nos pone en camino,
consiente tomar iniciativas hasta ese momento siempre postergadas, o ni
siquiera imaginadas, como el Bautismo para Edith Stein.
La consolación es una
paz pero no para gozar de ella sentados, no, te da la paz y te empuja hacia el
Señor y te lleva por el camino para hacer cosas buenas. En tiempo de consolación,
cuando nosotros estamos consolados, nos viene la voluntad de hacer mucho bien,
siempre. Al contrario, cuando es el momento de la desolación, nos cerramos y no
queremos hacer nada. La consolación te lleva adelante, al servicio de los
otros, de la sociedad, y de las personas.
La consolación
espiritual no es “controlable”, no es programable a voluntad, es un don del
Espíritu Santo: permite una familiaridad con Dios que parece anular las
distancias.
Santa Teresa del Niño
Jesús, visitando la basílica de Santa Cruz en Jerusalén a la edad de catorce
años en Roma, intenta tocar el clavo allí venerado, uno de aquellos con
los que Jesús fue crucificado.
Teresa siente esta
osadía suya como un arranque de amor y confianza. Y luego escribe: “Fui
realmente demasiado audaz. Pero el Señor ve el fondo de los corazones, sabe que
mi intención era pura […]. Actuaba con él como niña que se cree todo permitido
y considera como propios los tesoros del Padre” (Manuscrito autobiográfico,
183).
Así lo escribe ella,
espontánea, la consolación te lleva a hacer todo espontáneo. Como si fuéramos
niños, y los niños son espontáneos. La consolación te lleva así, con una
dulzura, con una paz muy grande.
Una chica de catorce
años nos da una descripción espléndida de la consolación espiritual: se
advierte un sentido de ternura hacia Dios, que nos hace audaces en el deseo de
participar de su misma vida, de hacer lo que le agrada, porque nos
sentimos familiares con Él, sentimos que su casa es nuestra casa, nos
sentimos acogidos, amados, descansados.
Con esta consolación no
nos rendimos frente a las dificultades: de hecho, con la misma audacia, Teresa
pedirá al Papa el permiso para entrar en el Carmelo, aunque sea demasiado
joven, y le será concedido. ¿Qué quiere decir esto? Significa que la
consolación nos hace valientes. Cuando estamos en tiempo de oscuridad y
desolación pensamos: “esto no soy capaz de hacerlo”, te tira hacia abajo la
desolación. Todo es oscuro: “no, yo no puedo hacerlo, no lo haré…”.
Sin embargo, en el
tiempo de consolación, los mismos dicen: “Yo voy hacia adelante, yo lo hago”.
“¿Pero estás seguro?”
(preguntan). “Yo siento la fuerza de Dios y voy hacia adelante”. Es así como la
consolación te empuja a ir hacia adelante y a hacer las cosas que en tiempo de
desolación no serías capaz de dar ni el primer paso. Esto es lo bonito de la
consolación.
Pero estemos atentos,
tenemos que saber distinguir la consolación que viene de Dios de las falsas
consolaciones. En la vida espiritual sucede algo similar a lo que sucede en las
producciones humanas: están los originales y están las imitaciones.
Si la consolación
auténtica es como una gota en una esponja, es suave e íntima, sus imitaciones
son más ruidosas y llamativas, son puro entusiasmo, son fuego de paja, sin
consistencia, llevan a plegarse sobre uno mismo, y a no cuidar de los otros. La
falsa consolación al final nos deja vacíos, lejos del centro de nuestra
existencia.
Cuando nosotros nos
sentimos felices, en paz, somos capaces de hacer cualquier cosa. Pero no confundir
esa paz con un entusiasmo pasajero, porque ese entusiasmo hoy está y luego cae
y ya no está más.
Por eso se debe hacer
discernimiento, también cuando uno se siente consolado. Porque la falsa
consolación puede convertirse en un peligro, si la buscamos como fin en sí
misma, de forma obsesiva, y olvidándonos del Señor.
Como diría San Bernardo,
se buscan las consolaciones de Dios y no se busca al Dios de las consolaciones.
Nosotros debemos de buscar al Señor, y el Señor con su presencia nos consuela,
nos hace andar hacia adelante. No buscar a Dios para que nos traiga la
consolación, esto no funciona. No debemos ser interesados en esto.
Es la dinámica del niño
de la que hablábamos la vez pasada, que busca a los padres solo para obtener
cosas de ellos, pero no por ellos mismos. Va por interés, y los niños saben
hacer esto, saben jugar. Y cuando la familia ve que tienen esta costumbre de
buscar aquí, buscar ahí…esto no hace bien. Esto no es consolación, es
interés. También nosotros corremos el riesgo de vivir la relación con
Dios de forma infantil, de buscar intereses, de reducirlo a un objeto para
nuestro uso y consumo, perdiendo el don más hermoso que es Él
mismo.
Así, vayamos adelante en
nuestra vida, que va entre la consolación de Dios y la desolación del pecado y
del mundo. Pero sabiendo distinguir cuando es una consolación de Dios, que
llega hasta el fondo del alma, o de cuando es un entusiasmo pasajero, que no es
malo, pero no es la consolación de Dios.
Gracias.
Fuente: ACI Prensa






