24 – Noviembre. Jueves. Santos Andrés Dung-Lac, presbítero, y compañeros, mártires

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Y cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que entonces está cerca su destrucción. Entonces los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en medio de Jerusalén, que se alejen; los que estén en los campos, que no entren en ella; porque estos son días de venganza para que se cumpla todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días! Porque habrá una gran calamidad en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por gentiles, hasta que alcancen su plenitud los tiempos de los gentiles.
Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.
Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se
acerca vuestra liberación».
Comentario
El evangelio
de hoy nos lleva a considerar algo que nos anuncia la fe y confirma la ciencia;
que este mundo es pasajero. El universo conocido terminará en la fecha
decretada por la sabiduría de Dios, y su final será anunciado, para que el
mundo pueda arrepentirse y prepararse para la parusía, para la venida gloriosa
del Señor.
Con todo ello,
los cristianos estamos llamados a amar el mundo apasionadamente, como tituló
una de sus más célebres homilías San Josemaría, porque ha salido de las manos
de Dios y ha sido purificado por la Sangre preciosa del Redentor, pero sabiendo
que no tenemos aquí morada permanente y que Dios ha previsto, para aquellos que
le aman un nuevo Cielo y una nueva Tierra.
Es importante
que sepamos advertir las señales de Dios. No se trata de vivir angustiados,
pero sí de pedir al Espíritu Santo que nos ayude a entender los signos de los
tiempos. Sería algo triste vivir tan distraídos, tan ensimismados en las cosas
de la tierra, que no advirtiéramos las providencias de Dios y nos olvidáramos
de lo único necesario: darle gloria del modo que Él quiere que se la demos.
Le damos
gloria, cuando procuramos el bien de los demás, porque Dios es amor y al amar
como Él quiere que amemos, contribuimos a que irrumpa la claridad de su amor,
de su Ser, en el mundo.
En el
evangelio el Señor nos habla de la ira de Dios. La justicia santa, la ira santa
de Dios, es compatible con su Bondad y su infinito amor; no son realidades
incompatibles, antes bien manifiestan el amor divino, porque el amor divino es
puro, perfecto: Dios no puede unir el desamor a su Ser.
El amor de
Dios no se impone a los seres libres, pero si alguien rechaza la misericordia
divina, encuentra el desamor, la desolación, la muerte eterna, el infierno.
Miguel Ángel Torres-Dulce
Fuente: Opus
Dei





