El verdadero significado de la indicación de Jesús de buscar la oveja perdida según el padre Carlos Padilla
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El pastor arriesga la vida de 99 ovejas que están seguras en el
redil cuando sale a buscar una sola oveja perdida. Deja solas a
todas por salvar a una. ¿Tiene sentido?
Quizás cualquier empresario no justificaría ese riesgo. Es
excesivo. Pueden perderse más ovejas en ausencia del pastor. ¿Para qué
arriesgar tanto? Puede venir el lobo y hacer estragos entre las ovejas
atrapadas en el redil.
No lo entiendo. Es verdad que no comprendo la dinámica de Jesús.
La intento explicar, pero no la comprendo del todo. Dice Jesús:
«¿Qué hombre de vosotros, si
tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en
el desierto y va tras la que se le perdió, hasta que la halla? Y al
encontrarla, la pone sobre sus hombros gozoso».
Pensar en quien está perdido
Jesús da por evidente la reacción del pastor. ¿Es tan evidente? Tal vez me he
malacostumbrado a vivir en este mundo utilitarista.
Si una persona llega a mayor y se hace dependiente, no interesa,
mucho gasto, mucha dedicación. O si viene un niño con problemas, mejor que no
nazca, va a exigir demasiado.
En esa misma forma de pensar, se justifica dejar que una oveja se
pierda si con ello salvo al resto de las ovejas al vigilarlas. La utilidad.
El número. Una por cien. Merece la pena salvar al resto.
Esa mirada mezquina es la que llena mi corazón de tristeza. Caigo
en ella con frecuencia y me alejo. Dejo de ser el buen pastor. No pienso en la
oveja perdida. Me fijo en las que están bien y seguras.
No pienso en los que están lejos,
perdidos, solos, sin ayuda, sin medios. Vivo peinando ovejitas que viven
seguras en sus vidas. Con miedo a salir en busca de pastos mejores.
Jesús es buen pastor
Miro hoy a Jesús. Sale a buscar a la oveja perdida. Le
importa más que nada en este mundo. Quiere atraer hacia sí al que está solo,
abandonado, triste, perdido. Y vuelve con él sobre los hombros.
Me gusta mucho esa imagen. Un pastor cubierto por la oveja que
descansa en los hombros del pastor.
La estola con la que el sacerdote se reviste
para impartir los sacramentos es la oveja perdida. Siempre me conmueve cuando
beso la estola antes de ponérmela. Me cubre. Y me recuerda para qué he venido.
No me
cubre de dignidad. Me cubre de misericordia. Porque hace
falta una mirada misericordiosa para dejar a las ovejas seguras en el redil y
emprender un camino incierto. El camino de búsqueda.
Buscar hasta encontrar
Voy hacia el que está perdido. Puedo volver a casa con las manos vacías. O
puedo volver feliz con la oveja cubriendo mis hombros doloridos.
Esa oveja que ha sufrido y se ha perdido. La que ha soñado con
amores imposibles y ha fracasado, ha caído. Esa que ha deseado poseer el
infinito en la tierra, y ha bebido la amarga bebida de la soledad.
La oveja
que ha pretendido amores profundos y verdaderos y ha malgastado en amargos
sorbos su gran capacidad de amar. Esa oveja aventurera y ciega
que pretendía poseer el mundo entero y se ha quedado sola en la lucha.
Miro a esa oveja que tiene nombre. No
me quiero acostumbrar a dejar que se aleje.
No me
conformo con recibir como pastor a la puerta de mi redil al que llega.
Acogiendo, abrazando, esperando. Con paciencia y alegría.
Me falta tomar la iniciativa, salir al
encuentro. Quizás tengo miedo del fracaso. Temo volver
con las redes vacías y el desprecio recibido como respuesta.
Iglesia en salida aun con riesgos
Una Iglesia en salida es una Iglesia
accidentada. Forma parte de la misma vida. Quiero seguir a Jesús por los
caminos, aunque duela el alma y el corazón se resista a abandonar los lugares
seguros.
Quiero menos prudencia y más sed de aventuras.
Necesito un corazón más audaz y valiente capaz de ponerse en camino una y otra
vez cada mañana.
Con el deseo de volver al caer la tarde con mi oveja perdida sobre
los hombros. No
me importa fracasar en las redes. Sí me importa fracasar sin echarlas,
sin arriesgar el día, sin salir de mis rutinas y comodidades.
Salir al encuentro aunque no me busquen
He nacido para dar la vida. Y mi
forma es llevando una estola sobre los hombros. No me quiero olvidar de mi
vocación de pastor herido, de pastor valiente, de pastor padre. De pastor con
olor a oveja como decía el papa Francisco.
Porque necesito ponerme a la altura del que se ha alejado de mis
normas, de mis exigencias, de mi lista perfecta de mandatos.
Necesito recuperar al que ha huido pensando que yo jamás aceptaría
su vida como es sin pretender cambiarla.
Necesito salir al encuentro del que no
me busca, porque no me necesita, ni requiere mis preceptos.
Quiero ponerme a la altura de mi oveja perdida. Esa que salió de
mi vida buscando pastos mejores porque, como el hijo pródigo, pensó que sola
podría comerse el mundo.
Quiero salir a buscarla para que no se sienta desesperada en su soledad
y en sus fracasos. Me la colocaré sobre mis hombros con
cuidado, estará herida y cansada.
Y celebrar
Y volveré a casa con ella. Haré una fiesta, como el
Padre del hijo pródigo. Invitaré a todas las demás ovejas que obedecieron y no
dejaron el redil por miedo al lobo.
No quiero que nadie se quede conmigo por miedo a lo que
desconoce. Quiero
que el motivo de lo que hacen, de lo que hago, sea siempre el amor y
no el miedo.
Mi buen Pastor Jesús también me coge a mí sobre sus hombros. A mí
cuando estoy herido y solo. A mí cuando me alejo queriendo ganar el mundo
entero.
Siento a Jesús que me abraza y sostiene. Me mira conmovido. Me
perdona. ¡Qué locura de misericordia! Ese amor infinito en forma de estola, de
oveja sobre los hombros. Ese amor yo lo quiero.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






