La cultura de la muerte está entre nosotros – ¡y no es sólo una cuestión de aborto o eutanasia! Entiende:
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| Natalia Kirichenko | Shutterstock |
Los cristianos a veces caen en una trampa peligrosa. En la Evangelium
Vitae, san Juan Pablo II denunció el aborto y la
eutanasia como los gestos más emblemáticos de la «cultura de la muerte», pero
eso no quiere decir que sean las únicas manifestaciones de esta forma de ver el
mundo.
Si restringimos la defensa de la vida a la lucha contra el aborto
y la eutanasia, muchas veces no vemos otras amenazas, además de no darnos
cuenta de la raíz de
este fenómeno.
Quizás peor aún, podemos dejarnos instrumentalizar por
personas que, en el fondo, viven según una cultura de la muerte y que
simplemente se declaran en contra del aborto y la eutanasia para que no veamos
sus otras fechorías.
La raíz del problema
Francisco llamó a
esta cultura la del «descarte». El término puede parecer menos impactante
que «cultura de la muerte», pero permite percibir cómo el fenómeno es más
amplio (cf. Fratelli
tutti , FT 18-21).
Pocas personas están dispuestas a cometer un asesinato, pero
muchas «descartan» a otras, directa o indirectamente. Y descartar a
una persona puede significar condenarla a muerte.
¿Qué hay detrás de este fenómeno? ¿Cómo pueden personas
buenas y bien intencionadas tener esta mentalidad? ¿Cómo podemos
sumergirnos en esta mentalidad, ya que a menudo la compartimos sin darnos
cuenta…?
Paradójicamente, la cultura de la
muerte y el descarte nace de una idolatría de la vida.
La «dictadura del éxito»
Vivimos en una sociedad que valora el placer de vivir y el poder de
los que están vivos por encima de todo.
Todos tenemos la obligación de ser felices, de tener una vida
llena de placeres y éxitos.
Las redes sociales son el registro más
evidente de esta «dictadura
del éxito»: una colección interminable de gente sonriente, bien vestida, en
lugares paradisíacos, comiendo deliciosos platos, etc.
Incluso es de «mal gusto» o «políticamente incorrecto» mostrarse
desamparado, en un momento de dificultad o de sufrimiento.
Eliminar lo que amenace el placer
En un reflejo evidente de esta postura, cualquier
amenaza al placer, cualquier fuente de sufrimiento, cualquier relación que ya
no sea placentera debe ser eliminada, incluso si eso significa
descartar a una persona, matar a un niño por nacer, eliminar a una persona
enferma o anciana.
Los que viven sin placer, las personas sin poder, no tienen la
misma dignidad y los mismos derechos que los demás.
Dicho de esa manera, la declaración puede parecer impactante y
pocos se identificarían inmediatamente con ella.
Pero así vivimos muchas veces y utilizamos
mecanismos de invisibilidad y justificación para no darnos cuenta de la
realidad en la que estamos inmersos.
Una respuesta positiva
El escándalo moral y culpabilizar ideologías e ideólogos pueden
hacernos sentir mejor, pero no resuelven el problema.
¿Cómo podemos educarnos en una cultura
de vida y de respeto por los derechos de los demás?
Benedicto XVI, en una entrevista en
su viaje a Brasil, hablando del aborto, dio una primera respuesta esencial: es
necesario educar
para la belleza de la vida y para la esperanza.
La vida también es bella en sus
momentos de dolor y sufrimiento. La esperanza puede vencer las dificultades,
no ser una ilusión engañosa, sino la fuerza que nos permite construir una vida
mejor, para nosotros y para los demás.
Así como la vida es lo opuesto a la muerte, acoger es lo
opuesto a descartar.
Todos sentimos la necesidad de ser amados y acogidos: es esta
experiencia la que nos hace conscientes de nuestra propia dignidad e
incluso esperanza para el futuro.
Una persona se posiciona a favor de la
vida cuando descubre el poder del amor y la aceptación, cuando se da
cuenta de que los fracasos, el sufrimiento y el dolor no tienen por qué tener
la última palabra sobre la vida.
Es algo increíblemente simple, pero no siempre es fácil… Tanto es
así que la cultura de la muerte y el descarte ha entrado en
nuestra sociedad y, en cierto modo, se ha vuelto cada vez más hegemónica.
Primero acoger, después corregir
Muchas veces, ante las dificultades, nosotros mismos parecemos
perder la esperanza, asumimos actitudes individualistas, nos escandalizamos y
nos dejamos condicionar por normas formales, incluso justas, pero carentes de
espíritu.
La aceptación no elimina la corrección, sino que la precede. Primero damos
la bienvenida y luego corregimos.
La esperanza y la solidaridad siempre deben complementarse con la denuncia. La
verdad no se comunicará adecuadamente sin la experiencia de la belleza.
Muchas veces a nosotros mismos nos falta el amor, la solidaridad,
la verdad y la belleza, pero Dios nunca se cierra a quien lo busca.
Vivir y comunicar esta positividad
cristiana sigue siendo la mejor manera de afrontar la cultura de la muerte y
construir una cultura de la vida y de la acogida.
Francisco Borba
Ribeiro Neto
Fuente: Aleteia






