21 – Febrero. Martes de la VII Semana del Tiempo Ordinario
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Evangelio según san Marcos 9,
30-37
Se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.
Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará».
Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó:
«¿De qué discutíais por el camino?».
Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
Y tomando
un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a
un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me
acoge a mí, sino al que me ha enviado».
Comentario
Las palabras del Señor son
claras, pero el evangelista hace notar que “ellos no entendían sus palabras y
temían preguntarle”. Se resisten a admitir lo que Jesús les está diciendo. ¡Qué
distinta es la lógica de Dios, que cuenta con el sufrimiento como camino a la
gloria, frente a la lógica humana que rehúsa aceptar lo que no se desea ni
complace los propios gustos!
Mientras Jesús se dirige
decididamente hacia la Cruz ninguno de ellos se compadece de los sufrimientos
que aguardan al Maestro y se apresta a servirle de apoyo, sino que enmarañan
entre sí buscando egoístamente el propio provecho. ¡Qué torpes! Hubieran
merecido justamente el rechazo de Jesús, pero no sucedió así. A pesar de sus
evidentes limitaciones personales, Jesús no les retiró su confianza. “Qué
decepción la de Cristo. Sin embargo –observa Mons. Ocáriz– les confió la
Iglesia, como nos la confía ahora a nosotros, que también caemos en disputas y
división”[1].
“¿Qué nos dice todo esto? –se
preguntaba Benedicto XVI– Nos recuerda que la lógica de Dios es siempre ‘otra’
respecto a la nuestra, como reveló Dios mismo por boca del profeta Isaías: ‘Mis
planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos’ (Is 55, 8).
Por esto, seguir al Señor requiere siempre al hombre una profunda conversión
–de todos nosotros–, un cambio en el modo de pensar y de vivir; requiere abrir
el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente”[2].
Jesús tiene paciencia con los
defectos de aquellos hombres, y les explica su lógica, la lógica del amor que
se hace servicio hasta la entrega total: “Si alguno quiere ser el primero, que
se haga el último de todos y servidor de todos” (v. 35). “¿No os enamora este
modo de proceder de Jesús? –comenta san Josemaría– Les enseña la doctrina y,
para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que
correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio
elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: Él ama a los que se hacen como
niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de
espíritu es poder abrazarle a Él y al Padre que está en los cielos”[3].
Dios, que es realmente grande, no
teme abajarse y hacerse el último. Jesús se identifica con el niño. Él mismo se
ha hecho pequeño. En cambio, nosotros, que somos pequeños, nos creemos grandes
y aspiramos a ser los primeros porque somos orgullosos. Seguir a Cristo es
difícil, pero sólo el que se hace pequeño como él hará cosas grandes.
[2] Benedicto XVI, Ángelus, 23 de septiembre de 2012.
[3] San Josemaría, Amigos de Dios, 102.
Francisco Varo
Fuente: Opus Dei






