El Santo Padre ha reflexionado sobre las dos apariciones de Jesús resucitado a los discípulos y en particular sobre la figura de Tomás, el "apóstol incrédulo"
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| Ecclesia |
El Papa Francisco ha presidido este 16 de abril, Domingo de la Divina
Misericordia, el rezo del Regina Coeli: “El Evangelio nos narra dos
apariciones de Jesús resucitado a los discípulos y en particular a Tomás, el
“apóstol incrédulo””.
Para el Santo Padre, este apóstol “nos representa un poco a todos
nosotros. De hecho, no siempre es fácil creer, especialmente cuando, como
en su caso, se ha sufrido una gran decepción. Ha seguido a Jesús durante años,
corriendo riesgos y soportando penalidades, pero el Maestro fue
crucificado como un delincuente y nadie lo ha liberado, ¡nadie ha hecho nada!”.
Es en este momento que, según Francisco, “Tomás demuestra que tiene
valentía: mientras los otros están encerrados en el cenáculo, él sale, con
el riesgo de que alguien pueda reconocerlo, denunciarlo y arrestarlo. Podríamos
incluso pensar que, con su valentía, merecería más que los otros encontrar al
Señor resucitado”.
Sin embargo, cuando Jesús se aparece por primera vez a los discípulos,
Tomás no está y pierde la ocasión. ¿Cómo recuperarla?: “Solo volviendo con los
otros, volviendo allí, en esa familia que ha dejado asustada y triste. Cuando
lo hace, cuando vuelve, le dicen que Jesús ha venido, pero a él le cuesta
creer; quisiera ver sus llagas. Y Jesús le complace: ocho días después,
aparece de nuevo en medio de sus discípulos y le muestra sus llagas, las
pruebas de su amor, los canales siempre abiertos de su misericordia”.
Tomás vuelve a su comunidad y es allí donde encuentra Jesús, que le muestra
las señales de las llagas, “las señales del Amor que vence el odio, del Perdón
que desarma la venganza, de la Vida que derrota la muerte”.
“Queridos hermanos y hermanas, la invitación hecha a Tomás es válida
también para nosotros. Nosotros, ¿dónde buscamos al Resucitado? ¿En algún
evento especial, en alguna manifestación religiosa espectacular o sorprendente,
únicamente en nuestras emociones o sensaciones? ¿O en la comunidad, en la
Iglesia, aceptando el desafío de quedarnos, aunque no sea perfecta?”, se ha
preguntado el Papa Francisco.
Por último, el Santo Padre ha pedido a los fieles de todo el mundo preguntarse
si, “en nombre de este amor, en nombre de las llagas de Jesús, estamos
dispuestos a abrir los brazos a quien está herido por la vida, sin excluir a
nadie de la misericordia de Dios, sino acogiendo a todos; cada uno como un
hermano, como una hermana. María, Madre de Misericordia, nos ayude a amar a la
Iglesia y a hacer una casa acogedora para todos”.
Por Santiago Tedeschi Prades
Fuente: Ecclesia






