La monografía ha tenido muy presente el "Instrumento de trabajo pastoral sobre persona, familia y sociedad” aprobado por la Conferencia Episcopal Española
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| Santo Tomás Moro. Crédito: Dominio público. |
El Arzobispado de Toledo ha publicado un documento con
orientaciones doctrinales, de discernimiento y de juicio sobre la acción de los
laicos católicos que buscan la santidad a través de la vocación política.
La monografía ha tenido muy presente el "Instrumento de
trabajo pastoral sobre persona, familia y sociedad” aprobado por la Conferencia
Episcopal Española.
La Archidiócesis Primada de España responde así a una de las
conclusiones del Congreso Nacional de Laicos celebrado en 2020, que apostaba
por animarlos a participar en la vida pública.
1 La
Iglesia no tiene programa político, pues todo compromiso "debe partir de
la respuesta fiel a una llamada personal y ha de ser guiado por la luz de la fe
y por el Evangelio”.
Como afirmó San Juan Pablo II en “Novo milenio ineunte”: “No se
trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de
siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición Viva. Se centra, en
definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar”.
2 La
vocación política se inscribe en la “misión específica de los fieles laicos:
dilatar el Reino de Dios” gestionando las realidades temporales y
“re-ordenándolas”.
En este sentido
el laico cuenta con la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), “que forma parte
esencial del mensaje cristiano”, pues “no hay solución a la cuestión social
fuera del Evangelio”.
3 La
Iglesia Católica entiende que la autoridad política y su ejercicio, que se
expresa en los poderes públicos, “son una pieza clave en la edificación de la
sociedad”.
4 Los
católicos tienen legitimidad para intervenir de forma activa y protagonizar los
procesos de cambio social “desde el diálogo, la razón y la fe, superando el
enfrentamiento”, sabiendo que “Jesucristo es el Señor de la historia”.
5 La DSI contiene una concepción integral de la persona, la
familia y los elementos que estructuran la sociedad y “aspira a ser orientación
y estímulo para la acción”.
Los laicos católicos están llamados “al anuncio de ese ‘orden’
en su verdad, bien y belleza”, pero también “a la denuncia del desorden” y a
formular propuestas de raigambre cristiana.
6 El
documento reivindica que los cristianos “contamos con plena legitimidad para
presentar nuestras propuestas públicas”, que sólo deberían ser juzgadas por sus
efectos potenciales o reales y no por su procedencia.
Además, para la Iglesia Católica “la libertad política no está
ni puede estar basada en la idea relativista, según la cual todas las
concepciones sobre el bien del hombre son igualmente verdaderas y tienen el
mismo valor”.
7 Desde el
punto de vista del marco jurídico-institucional, la Iglesia Católica entiende
que la política “está al servicio de la persona, de la familia y de la sociedad
y no al revés”. En consecuencia, se rechaza el estatalismo y el
totalitarismo.
Además, se considera que “el bien
común es el fin de la comunidad política” y que “contar con un proyecto de
nación a largo plazo forma parte del mismo”. Por tanto, afirma el documento,
“no es admisible el separatismo”.
8 La
Iglesia valora la democracia como fórmula de elección y sustitución de
gobernantes.
Sin embargo, “se exige que esté bien fundamentada" para que no se
convierta en "una forma de totalitarismo encubierta" o en una
“dictadura del relativismo”.
En este sentido, se insta “a disentir
de una concepción del pluralismo en clave de relativismo moral”, ya que la vida
democrática necesita principios éticos que “no son negociables”.
9 Son
muchos los lugares de la vida política en los que puede estar involucrado un
católico. En ellos “son frecuentes las tentaciones de egoísmo, corrupción,
arribismo e idolatría del poder”.
Sin embargo, eso “no justifica lo más
mínimo ni la ausencia de los cristianos en la arena pública ni su escepticismo
sobre este decisivo ámbito de la actividad humana”.
10 La Iglesia exige a los partidos “democracia interna, la
mayor transparencia posible y la rendición de cuentas en su funcionamiento”.
Al tiempo, rechaza la partitocracia
“que busca copar las instituciones públicas” y el partidismo, entendido como
“el sometimiento” de los afiliados y cargos públicos “a la ideología del
partido y a las órdenes de su máximo responsable”.
11 El
católico con posibilidad de elaborar políticas públicas debe buscar la
promoción de la dignidad de la persona, la defensa de la vida, la atención a
los pobres, establecer una perspectiva de familia o alertar sobre la crisis
demográfica.
Otras áreas de interés esencial son el
trabajo, impulsar una “consideración moral de la economía” y promover las áreas
educativa y cultural que “constituyen la mejor inversión pública y privada de
una sociedad”.
12 La Iglesia Católica no se confunde con la comunidad
política "ni está ligada a sistema político alguno”. Aunque están al
servicio del hombre y la sociedad, ambas son independientes. Este fin se
cumplirá con mayor eficacia “cuanto más sana y mejor sea la cooperación” entre
ellas.
13 La Iglesia
Católica no tiene como misión constituir partidos políticos ni sindicatos. La
presencia de los laicos no es unívoca y “ninguna propuesta política concreta
agota la riqueza del Evangelio”.
14 Respecto
de la presencia de clérigos en actividades políticas, la Iglesia “cuida de que
sus pastores no asuman una actividad de representación política pública”, como
está establecido en el “Directorio para el ministerio y vida de los
presbíteros”.
Por su parte, el Código de Derecho
Canónico establece que los laicos deben evitar “presentar como doctrina de la
Iglesia su propio criterio”, más en cuestiones opinables.
En la medida en que los laicos asumen tareas de representación eclesiástica,
han de deslindarlas del ejercicio de la actividad política; más aún aquellos
que forman parte de la curia pastoral.
15 Los
católicos en política deben tomar conciencia de que se trata de una llamada a
la santidad que exige una adecuada formación y cultivar el espíritu de
servicio, la humildad, la valentía, la astucia o la amabilidad.
Dentro de la variedad de opciones
legítimas, han de saber entre ellos que “es más fuerte lo que nos une que los
que nos separa”.
Además, se subraya que es necesario
distinguir entre el error, “que siempre debe ser rechazado”, y la persona que
yerra, que merece respeto por su dignidad.
16 Por
último, el documento propone una serie de directrices para la acción política,
como que “la caridad no es sólo el principio de las micro-relaciones”, sino
también de las relaciones sociales.
Se anima a actuar desde el diálogo
“creando una cultura del encuentro” y también teniendo en cuenta la posibilidad
de la cruz, la persecución y el martirio, como le sucedió a Santo Tomás Moro,
patrono de los políticos.
Los católicos que trabajan en el ámbito
político deben dirigirse con prudencia “para discernir en cada circunstancia el
verdadero bien y elegir los medios adecuados” de tal forma que se alcance el
mayor bien posible o procurando la mayor limitación de daños.
El último criterio de acción es el de
realizar los cambios “desde dentro, mediante reformas paulatinas, nunca a
través de la revolución que sólo trae males mayores”.
Por Nicolás de Cárdenas
Fuente: ACI Prensa






