8 – Agosto.
Martes. Santo Domingo de Guzmán, presbítero
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Misioneros digitales católicos MDC |
Evangelio según san Mateo 15,
1-2. 10-14
Entonces se acercaron a Jesús
unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron: «¿Por qué tus
discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos
antes de comer?».
Y, llamando a la gente, les dijo:
«Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino
lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Se acercaron los
discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al
oírte?».
Respondió él: «La planta que no haya plantado mi Padre celestial,
será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un
ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
Comentario
Los fariseos, sabios y
orgullosos, tercos y fríos calculadores, perseveran inconmovibles en su tozudez
e incredulidad, a pesar de todas las explicaciones de Jesús. ¡La de los
fariseos sí que es ceguera! Y lo más triste y trágico del asunto es que están
ciegos porque ellos quieren estarlo, por su propia voluntad, por su dureza de
corazón, por su empecinamiento interior y su incredulidad.
Los fariseos, no cambian de postura, se endurecen más y más. Ése es, precisamente,
el verdadero problema, su pecado mayor: la soberbia y la altanería. No son
humildes y por eso no creen ni aceptan a Jesús. Es un pecado de empecinamiento y
de ceguera voluntaria. A esto llamaría luego nuestro Señor “pecado contra el
Espíritu Santo”, o sea, de resistencia consciente a la gracia de Dios. ¡Qué
tremendo!
Ojalá que nunca nos pase a nosotros eso que les aconteció a los fariseos.
Pidamos a nuestro Señor la gracia de ser profundamente humildes y sencillos de
corazón, para creer en Él con una fe viva, para confesar y proclamar
públicamente a Jesús, incluso a costa de burlas y de persecuciones que suframos
en su nombre.
Pero esta fe, para que sea auténtica, debe ser operante y práctica; o sea, ha
de envolver toda nuestra persona y nuestro ser entero. No se trata de algo
meramente intelectual o de una aceptación racional de las verdades del dogma
católico. Es, más bien, confianza absoluta en Dios nuestro Señor, en su poder y
en su misericordia; abandono total al Plan de Dios, como un niño pequeño en
brazos de su padre; y absoluta disponibilidad a su santísima Voluntad sobre
nosotros, como María y como los santos.
Fuente: Catholic.net