En la vida no basta tener éxitos económicos y sociales, es mucho más importante alcanzar victorias espirituales de gran altura
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| chaiyapruek youprasert/Shutterstock |
En la vida no basta tener éxitos
económicos y sociales, es mucho más importante alcanzar victorias espirituales
de gran altura.
Empecemos por comprender que la
cultura del esfuerzo inicia con una visión clara de la antigua máxima de
«ayúdate que yo te ayudaré» En la que le vamos a transmitir a nuestros
hijos que no es suficiente pedir y que se les den las cosas, sino que deben
tener la iniciativa y luchar por ser mejores personas y conseguir lo que
quieren sin, necesariamente, esperar ayuda o colaboración de los demás.
En principio, les vamos a enseñar
que deben asumir sus responsabilidades en la vida y las consecuencias de sus
decisiones. Ser el dueños de las propias acciones y de su crecimiento y
desarrollo, antes de depender de la ayuda externa.
En esencia, le vamos a dar gran
importancia a una cierta autosuficiencia y al esmero por el esfuerzo personal
como la base para lograr sus metas, aprendiendo a relacionarse adecuadamente
con los demás, es decir, sin usar a las personas y aprovecharse de ellas; pero
sí haciendo alianzas y un esfuerzo conjunto con las personas correctas.
Es un consejo práctico que
conduce a tener muy claro que el esfuerzo en el trabajo y las mejoras
personales, son fundamentales para alcanzar el éxito y construir unas
relaciones amorosas y positivas.
Es romper con la tendencia
actual, a que los hijos sean sobre protegidos y atenidos a lo que sus padres
les proporcionen, incluyendo las herencias y los negocios familiares.
Es inculcarles el sentido de la
responsabilidad para que, desde niños, logren mayor autonomía y dominio de sí
mismos. De tal manera de que como jóvenes ya sepan muy claramente lo que
les toca hacer y lo hagan con todo su esmero y capacidad; y que no por ello
dejarán de recibir la ayuda de sus padres y de los demás.
Oración y esfuerzo
Es parecida a la expresión de «a
Dios rogando y con el mazo dando» que es también un viejo refrán que muestra la
idea de que además de estar pidiendo la ayuda divina, es un requisito estar
activos y ponerle el mayor esfuerzo a las cosas que deseamos conseguir. Que
mientras tienes la fe para esperar la intervención de Dios, estés trabajando
con lo que tienes para alcanzar tus objetivos.
Lo que quiere decir que: es muy
bueno que pidas, en tus oraciones, por ayuda; pero eso no sustituye que
realices las acciones necesarias y tomes las medidas concretas al buscar los
objetivos que persigues, para que no te quedes con los brazos cruzados, sin
hacer nada y esperando que la ayuda llegue, sin hacer lo que te corresponde de
una manera responsable.
Claro que hay que confiar
plenamente en el amor de Dios, pero también hemos de alentar a que seamos
activos y a demostrar, con nuestras acciones, esa fe. Como bien dice en Santiago 2, 17 «Así también la
fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma».
Es una enseñanza conjunta entre
confiar plenamente en la Providencia divina y tener claro que el esfuerzo
personal sea firme y concreto. Pero resolvamos los problemas de la vida con los
recursos con los que contamos, ya el Espíritu Santo nos dará lo que sea su
voluntad.
Es una conciliación plena entre
el libre albedrío y la intervención divina en nuestras vidas. Dios sabrá, en su
infinito misterio, cómo es que nos ayudará o acomodará las cosas para que
salgamos exitosos ante los problemas y alcancemos nuestros objetivos.
En la cultura del esfuerzo, se
promueve la importancia del trabajo arduo para combatir la pereza y dejar de
ser comodinos y atenidos a los padres y a los beneficios del mundo
externo. Es transmitir el entusiasmo por la responsabilidad y la
autodisciplina, con un esfuerzo constante, si es que se quiere conseguir algún
éxito en la vida.
De aquí la importancia de inculcarles
la práctica de algún deporte en el que ejerciten la idea de que los
resultados son fruto del entrenamiento y el esfuerzo por alcanzar un máximo
rendimiento, y no ser mediocres y rendirse ante los fracasos y las
derrotas.
Acercarles la cultura de que sí
pueden iniciar sus negocios y ser emprendedores. Que sientan la confianza en sí
mismos del valor que tiene su trabajo y creatividad, para superar las
dificultades que se presentan en todos los negocios, para que no se desanimen y
sean resilientes, es decir, que se levanten y continúen.
Es enseñarles también la
importancia de buscar en el interior, a que valoren lo que tienen, lo que son,
a que se amen a sí mismos. A que desarrollen sus virtudes y talentos con un
esfuerzo espiritual, tenaz y profundo.
Que sepan la importancia del
autocontrol y la disciplina, sin que alguien los tenga que estar dirigiendo o
regañando. Pero sobre todo, a que sean capaces de servir y a ser caritativos
con los demás.
Guillermo
Dellamary
Fuente: Aleteia






