15 – Octubre. XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario
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Evangelio según san Mateo 22,
1-14
Volvió a hablarles Jesús en parábolas, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
Comentario
Jesús habla en esta parábola de
un rey que invita a mucha gente al banquete de boda de su hijo, pero
sorprendentemente ninguno de los invitados acude a la celebración. Las excusas
son muchas y variadas, pero el resultado final es que no acuden. “Dios es bueno
con nosotros, nos ofrece gratuitamente su amistad, nos ofrece gratuitamente su
alegría, su salvación -comenta el Papa Francisco-, pero muchas veces no
acogemos sus dones, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales,
nuestros intereses; e incluso cuando el Señor nos llama, muchas veces parece
que nos da fastidio”[1].
Dios tiene experiencia de
negativas y rechazos por parte de aquellos a quienes ofrece sus dones. Pero su
amor no conoce desánimos. Por eso envía a sus servidores para que salgan a
todos los caminos e inviten al banquete a cuantos le salgan al encuentro,
buenos y malos sin distinción. Llama la atención que también los malos son
invitados. El Señor no excluye a nadie de su llamada. La invitación, que había
sido rechazada por algunos, encuentra acogida en personas que no formaban parte
antes de su círculo de conocidos, gentes con las que no guardaba ninguna
relación. Hombres y mujeres, de cualquier cultura y condición, también los que
no rezan ni tienen trato con Dios, todos somos llamados a la santidad, a
participar de la gloria del cielo. Nadie queda excluido.
“Todos los bautizados conocen
cuál es la boda del hijo del rey y cuál su banquete -decía san Agustín
predicando sobre este pasaje evangélico-. La mesa del Señor está dispuesta para
todo el que quiera participar de ella. A nadie se le prohíbe acercarse, pero lo
importante es el modo de hacerlo”[2]. La
invitación generosa de Dios, representado por un rey, a participar de la gloria
celestial, simbolizada por el banquete de bodas, es gratuita y universal.
Ahora bien, dice el Evangelio que
“entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía
traje de boda” (v. 11). Los que estaban allí habían sido invitados, como todos
los hombres estamos invitados a la salvación. La puerta está abierta para el
que quiera entrar, pero antes de gozar de la gloria habrá un juicio. El juez
supremo, que es capaz de ver en lo más profundo de los corazones, valorará lo
que hay en la vida de cada uno. “Jesús anunció en su predicación el Juicio del
último Día -recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica-. Entonces, se pondrán
a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será
condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por
Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la
gracia y del amor divino (…). El Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar
y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida
por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y
puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor”[3]. Sólo podrá
sentarse a la mesa quien esté dignamente dispuesto.
En la parábola de Jesús queda
claro que no importa lo que se haya hecho en el pasado pero que es necesaria
una condición indispensable, vestir el traje de bodas, es decir, tener el alma
limpia y un corazón arrepentido, abrazar un tono de vida que sea testimonio de
la caridad hacia Dios y el prójimo. Jesús invita a todos a su mesa, pero
reclama respeto para acercarse a ella. Por eso, san Pablo, recordaba a los
cristianos de Corinto que antes de acercarse al banquete de la Eucaristía,
sacramento donde pregustamos de un anticipo de la gloria celestial, debían
examinar cuidadosamente su conciencia: “Examínese, por tanto, cada uno a sí
mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin
discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Corintios 11,
28-29).
Hoy es un buen día, aunque nos
sintamos manchados, para limpiar el alma, abrazar el amor y gozar de la
invitación que Jesús nos hace al banquete celestial.
[2] San Agustín, Sermón 90, n. 1.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 678-679
Francisco Varo
Fuente: Opus Dei






