Muchos católicos se sienten aterrados ante la necesidad de reconocer que se ha pecado cuando se acude al confesionario; sin embargo, este siempre será un encuentro de amor y misericordia...
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| Antoine Mekary | ALETEIA |
La confesión
es un medio para experimentar la misericordia del Dios vivo que libera
nuestro corazón de la pesada carga del pecado que nos oprime. Para
preparar bien este sacramento es necesario hacer un examen de conciencia.
El Papa
Francisco lo explicó así en una Audiencia general del 19 de febrero de 2014:
1. ¿PARA QUÉ SIRVE EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN?
El sacramento
de la reconciliación es un sacramento de sanación. Cuando yo voy a confesarme
es para sanarme: sanarme el alma, sanarme el corazón por algo que hice que no
está bien.
El icono
bíblico que lo representa mejor, en su profundo vínculo, es el episodio del
perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo
tiempo médico de las almas y de los cuerpos (Mc
2,1-12 / Mt 9,1-8; Lc 5,17-26).
2. LA CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO ES UN ACTO ECLESIAL
En el tiempo,
la celebración de este sacramento ha pasado de una forma pública –porque al
inicio se hacía públicamente– a una reservada de la confesión; sin embargo,
esto no debe hacer perder la matriz eclesial, que constituye el contexto vital.
En
efecto, en la comunidad cristiana es donde se hace presente el Espíritu,
que renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una
sola cosa, en Cristo Jesús.
Este es el
motivo por el cual no basta pedir perdón al Señor en la propia mente o corazón,
sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al
ministro de la Iglesia.
3. ¿POR QUÉ CONFESARSE FRENTE A UN SACERDOTE?
En la
celebración de este sacramento, el sacerdote no representa solamente a
Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de
sus miembros; que escucha conmovida su arrepentimiento, se reconcilia con Él y
que lo alienta y acompaña en el camino de conversión y de maduración cristiana.
Tú puedes
decir a Dios: «Perdóname», y decirle tus pecados; pero nuestros pecados son
también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia, y por ello, es necesario
pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote.
4. ESA VERGÜENZA NOS ALEJA DEL SACRAMENTO
«Pero, padre, ¡me da vergüenza!». También la vergüenza es buena, es ‘saludable’ tener un poco, ya que la vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona.
5. LA CONFESIÓN TAMBIÉN NOS DA UN DESAHOGO HUMANO
También desde
el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y
decirle al sacerdote estas cosas que pesan tanto en el corazón: uno siente que
se desahoga ante Dios, con la Iglesia y con el hermano.
Por eso, no
hay que tener miedo de la confesión. Uno, cuando está en la fila para
confesarse, siente todas estas cosas –también la vergüenza– pero luego, cuando
termina la confesión, sale libre, grande, bello, perdonado, blanco, feliz. Y
esto es lo hermoso de la confesión.
6. UNA PREGUNTA:
¿Cuándo ha
sido la última vez que te has confesado? Cada uno piense. ¿Dos días, dos
semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga la cuenta, y que
cada uno se diga a sí mismo: ¿Cuándo ha sido la última vez que yo me he
confesado? Y si ha pasado mucho tiempo, ¡no pierdas ni un día más! Ve hacia
delante, que el sacerdote será bueno.
Está Jesús, allí; y Jesús es más bueno que los curas. ¡Jesús te recibe con tanto amor! Sé valiente, y adelante con la confesión.
Padre Fabián
Fuente:
Aleteia






