Palabras del Papa antes
del Ángelus
El
Papa ha recordado la destrucción definitiva del Gueto de Vilna, hace 75
años, y el aniquilamiento de los hebreos en Lituania, al rezar el Ángelus en
Kaunas, este domingo, 23 de septiembre de 2018.
En
este contexto el Santo Padre ha propuesto: “Pidamos al Señor que nos dé el don
del discernimiento para detectar a tiempo cualquier rebrote de esa perniciosa
actitud, cualquier aire que enrarezca el corazón de las generaciones que no han
vivido aquello”.
Jesús
en el Evangelio nos recuerda una tentación sobre la que tendremos que vigilar
con insistencia: el afán de primacía, de sobresalir por encima de los demás,
que puede anidar en todo corazón humano, ha señalado Francisco.
Francisco habla lituano
Así,
el Pontífice ha anunciado que el “antídoto” que propone Jesús cuando aparece
esa pulsión en nuestro corazón o en el latir de una sociedad o un país:
“Hacerse el último de todos y el servidor de todos; estar allí donde nadie
quiere ir, donde nada llega, en lo más distante de las periferias; y sirviendo,
generando encuentro con los últimos, con los descartados”.
Los
fieles lituanos, polacos y procedentes de los países vecinos a Lituania han
aplaudido y celebrado con entusiasmo las palabras del Papa Francisco en lituano
al terminar la oración del Ángelus: “Gražaus sekmadienio! Skaniu pietu!”, que
significa: “¡Feliz domingo. Buen almuerzo!”.
***
Palabras antes del Ángelus
Queridos
hermanos y hermanas:
El
libro de la Sabiduría que hemos escuchado en la primera lectura nos habla del
justo perseguido, de aquel cuya “sola presencia” molesta a los impíos. El impío
es descrito como el que oprime al pobre, no tiene compasión de la viuda ni
respeta al anciano (cf. 2, 17-20). El impío tiene la pretensión de creer que su
“fuerza es la norma de la justicia”. Someter a los más frágiles, usar la fuerza
en cualquiera de sus formas: imponer un modo de pensar, una ideología, un
discurso dominante, usar la violencia o represión para doblegar a quienes
simplemente, con su hacer cotidiano honesto, sencillo, trabajador y solidario,
expresan que es posible otro mundo, otra sociedad. Al impío no le alcanza con
hacer lo que quiere, dejarse llevar por sus caprichos; no quiere que los otros,
haciendo el bien, dejen en evidencia su modo de actuar. En el impío, el mal
siempre intenta aniquilar el bien.
Hace
75 años, esta nación presenciaba la destrucción definitiva del Gueto de Vilna;
así culminaba el aniquilamiento de miles de hebreos que ya había comenzado dos
años antes. Al igual que se lee en el libro de la Sabiduría, el pueblo judío
pasó por ultrajes y tormentos. Hagamos memoria de aquellos tiempos, y pidamos
al Señor que nos dé el don del discernimiento para detectar a tiempo cualquier
rebrote de esa perniciosa actitud, cualquier aire que enrarezca el corazón de
las generaciones que no han vivido aquello y que a veces pueden correr tras
esos cantos de sirena.
Jesús
en el Evangelio nos recuerda una tentación sobre la que tendremos que vigilar
con insistencia: el afán de primacía, de sobresalir por encima de los demás,
que puede anidar en todo corazón humano. Cuántas veces ha sucedido que un
pueblo se crea superior, con más derechos adquiridos, con más privilegios por
preservar o conquistar. ¿Cuál es el antídoto que propone Jesús cuando aparece
esa pulsión en nuestro corazón o en el latir de una sociedad o un país? Hacerse
el último de todos y el servidor de todos; estar allí donde nadie quiere ir,
donde nada llega, en lo más distante de las periferias; y sirviendo, generando
encuentro con los últimos, con los descartados. Si el poder se decidiera por
eso, si permitiéramos que el Evangelio de Jesucristo llegara a lo hondo de
nuestras vidas, entonces sí sería una realidad la “globalización de la
solidaridad”.
«Mientras
en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de
guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de
reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar
lazos y de ayudarnos “mutuamente a llevar las cargas” (Ga 6,2)» (Exhort. ap.
Evangelii gaudium, 67).
Aquí
en Lituania está la colina de las cruces, donde millares de personas, a lo
largo de los siglos, han plantado el signo de la cruz. Los invito a que, al
rezar el Ángelus, le pidamos a María que nos ayude a plantar la cruz de nuestro
servicio, de nuestra entrega allí donde nos necesitan, en la colina donde
habitan los últimos, donde es preciso la atención delicada a los excluidos, a
las minorías, para que alejemos de nuestros ambientes y de nuestras culturas la
posibilidad de aniquilar al otro, de marginar, de seguir descartando a quien
nos molesta y amenaza nuestras comodidades.
Jesús
pone en medio a un pequeño, lo pone a la misma distancia de todos, para que
todos nos sintamos desafiados a dar una respuesta. Al recordar el “sí” de
María, pidámosle que haga nuestro “sí” generoso y fecundo como el suyo.
[Angelus
Domini…]
Feliz
domingo. Buen almuerzo. — Gražaus sekmadienio! Skaniu pietu!
© Librería Editorial
Vaticano
Rosa Die Alcolea
Fuente:
Zenit






