El Papa Francisco mantuvo
un encuentro con jóvenes lituanos en la plaza de la Catedral de Vilna,
Lituania, ante los que animó a seguir a Cristo
“¡Vale
la pena seguir a Cristo!”, exclamó. “Seguir a Jesús es una aventura
apasionante, que llena nuestra vida de sentido, que nos hace sentir parte de
una comunidad que nos anima y acompaña, que nos compromete a servir”.
A
continuación, el texto completo del discurso del Papa Francisco a los jóvenes:
Muchas
gracias Mónica y Jonás por vuestro testimonio. Lo he recibido como un amigo,
como si hubiéramos estado sentados juntos, en algún bar, contándonos cosas de
la vida, mientras tomamos una cerveza o un “gira” después de haber ido al
“Jaunimo teatras”.
Pero
vuestras vidas no son una obra de teatro, son reales, concretas, como las de
cada uno de los que estamos acá, en esta hermosa plaza situada entre estos dos
ríos. Y quizá todo esto nos sirva para releer vuestras historias y descubrir en
ellas el paso de Dios... porque Dios pasa siempre por nuestras vidas.
Como
esta iglesia catedral, vosotros habéis experimentado situaciones que os
derrumbaban, incendios de los que parecía que no hubierais podido reponeros.
Tantas veces este templo fue devorado por las llamas, se derrumbó y, sin
embargo, siempre hubo quienes decidieron volver a levantarlo, no se dejaron
vencer por las dificultades, no bajaron los brazos.
También
la libertad de vuestra patria está construida sobre aquellos que no se dejaron
intimidar por el terror y la desventura. La vida, el modo de ser y la muerte de
tu papá, Mónica; tu enfermedad, Jonás, os podría haber devastado... Y, sin
embargo, estáis aquí, compartiendo vuestra experiencia con una mirada de fe,
haciéndonos descubrir que Dios os dio la gracia para aguantar, para levantaros,
para seguir caminando en la vida.
¿Cómo
se derramó en vosotros esta gracia de Dios?
A
través de personas que se cruzaron en vuestras vidas, gente buena que os nutrió
de su experiencia de fe. Mónica: tu abuela y tu mamá, la parroquia franciscana,
fueron para ti como la confluencia de estos dos ríos: así como el Vilna se une
al Neris, tú te sumaste, te dejaste llevar por esa corriente de gracia.
Porque
el Señor nos salva haciéndonos parte de un pueblo. Nadie puede decir “yo me
salvo solo”, estamos todos interconectados, “en red”. Dios quiso entrar en esta
dinámica de relaciones y nos atrae hacia sí en comunidad, dando pleno sentido
de identidad y pertenencia a nuestra vida (cf. Exhort. ap. Gaudete et
exsultate, 6). También tú, Jonás, encontraste en otros ―en tu esposa y en la
promesa hecha el día del matrimonio― la razón para seguir, para luchar, para
vivir. No permitáis que el mundo os haga creer que es mejor caminar solos.
No
cedáis a la tentación de ensimismaros, de volveros egoístas o superficiales
ante el dolor, la dificultad o el éxito pasajero. Volvamos a afirmar que “lo
que le pasa al otro, me pasa a mí”, vayamos contra la corriente de ese
individualismo que aísla, que nos vuelve egocéntricos y vanidosos, preocupados
solamente por la imagen y el propio bienestar.
Apostad
por la santidad desde el encuentro y la comunión con los demás, atentos a sus
necesidades (cf. ibíd., 146). Nuestra verdadera identidad supone la pertenencia
a un pueblo. No existen identidades “de laboratorio”, ni identidades
“destiladas”. Cada uno de nosotros conoce la belleza y también el cansancio, y
muchas veces el dolor de pertenecer a un pueblo. Aquí radica nuestra identidad,
no somos personas sin raíces.
También
los dos recordáis la presencia en el coro, la oración familiar, la misa, la
catequesis y la ayuda a los más necesitados; son armas poderosas que el Señor
nos da. La oración y el canto, para no encerrarse en la inmanencia de este
mundo: al suspirar por Dios habéis salido de vosotros mismos y habéis podido
contemplar con los ojos de Dios lo que os pasaba en el corazón (cf. ibíd.,
147); practicando la música os abrís a la escucha y a la interioridad, os
dejáis impactar de tal modo en la sensibilidad y eso es siempre una buena
oportunidad para el discernimiento (cf. Sínodo dedicado a los Jóvenes,
Instrumentum laboris, 162).
Es
cierto que la oración puede ser una experiencia de “batalla espiritual”, pero
es allí donde aprendemos a escuchar al Espíritu, a discernir los signos de los
tiempos y a recuperar las fuerzas para seguir anunciando el Evangelio hoy. ¿De
qué otro modo batallaríamos contra el desaliento ante las enfermedades y
dificultades propias y ajenas, ante los horrores del mundo? ¿Cómo haríamos sin
la oración para no creer que todo depende de nosotros, que estamos solos ante
el cuerpo a cuerpo con la adversidad? “¡Jesús y yo, mayoría completa!”, decía
san Alberto Hurtado.
Y
el encuentro con él, con su palabra, con la eucaristía nos recuerda que no
importa la fuerza del oponente; no importa que esté primero el “Žalgiris
Kaunas” o el “Vilnius Rytas”, no importa el resultado, sino que el Señor está
con nosotros.
También
a vosotros os ha sostenido en la vida la experiencia de ayudar a otros,
descubrir que cerca nuestro hay gente que lo pasa mal, incluso mucho peor que
nosotros. Mónica: nos has contado de tu tarea con niños discapacitados. Ver la
fragilidad de otros nos ubica, nos evita vivir lamiéndonos las propias heridas.
Cuántos jóvenes se van del país por falta de oportunidades, cuántos son
víctimas de la depresión, el alcohol y las drogas.
Cuántas
personas mayores solas, sin nadie con quien compartir el presente y miedosas de
que vuelva el pasado. Vosotros podéis responder a esos desafíos con vuestra
presencia y con el encuentro entre vosotros y los demás. Jesús nos invita a
salir de nosotros mismos, a arriesgar en el “cara a cara” con los otros. Es
verdad que creer en Jesús implica muchas veces dar saltos de fe en el vacío, y
eso da miedo. Otras veces nos lleva a cuestionarnos, a salir de nuestros
esquemas, y eso puede hacernos sufrir y dejarnos tentar por el desánimo. Pero,
sed valientes. Seguir a Jesús es una aventura apasionante, que llena nuestra
vida de sentido, que nos hace sentir parte de una comunidad que nos anima y
acompaña, que nos compromete a servir.
Queridos
jóvenes, vale la pena seguir a Cristo, no tengamos miedo a formar parte de la
revolución a la que él nos invita: la revolución de la ternura (cf. Exhort. ap.
Evangelii gaudium, 88).
Si
la vida fuera una obra de teatro o un videojuego estaría acotada por un tiempo
preciso, un comienzo y un final donde se baja el telón o alguien gana la
partida. Pero la vida mide otros tiempos, la vida se juega en tiempos parecidos
al corazón de Dios; a veces se avanza, otras se retrocede, se ensayan e
intentan caminos, se cambian.
La
indecisión pareciera que nace del miedo a que caiga el telón, a que el
cronómetro me deje fuera de la partida, o a que no pueda pasar de nivel en el
juego. En cambio, la vida es siempre caminar buscando la dirección correcta,
sin miedo a volver si me equivoqué. Lo más peligroso es confundir el camino con
un laberinto: ese andar dando vueltas por la vida, sobre sí mismos, sin atinar
por el camino que conduce hacia adelante. No seáis jóvenes de laberinto, del
cual es difícil salir, sino jóvenes en camino.
No
tengáis miedo a decidiros por Jesús, a abrazar su causa, la del Evangelio.
Porque él nunca se va a bajar de la barca de nuestra vida, siempre va a estar
en el cruce de nuestros caminos, jamás va a dejar de reconstruirnos, aunque a
veces nos empeñemos en incendiarnos. Jesús nos regala tiempos amplios y
generosos, donde hay espacios para los fracasos, donde nadie tiene que emigrar,
pues hay lugar para todos.
Muchos
querrán ocupar vuestros corazones, inundar los campos de vuestras aspiraciones
con cizaña, pero al final, si le entregamos la vida al Señor, siempre vence el
buen trigo.
Fuente:
ACI Prensa






