Cuaresma
es ver a Jesús abrazándote y diciéndote al oído que no temas, que tu vida es
maravillosa y que contigo va a hacer grandes milagros. ¿Te lo crees?
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Siempre me resulta algo extraño recibir
ceniza en la frente como bendición. Una ceniza bendecida. Los ramos de olivo
del domingo de ramos de hace un año convertidos en cenizas…
Cenizas bendecidas con agua bendita.
Colocadas en forma de cruz sobre mi frente. Para que no me olvide de dónde
vengo, de a dónde voy.
¿Vengo
realmente del polvo? ¿El cielo acogerá mi polvo bendecido? El polvo me recuerda
que soy pequeño. ¿Me hace falta? Hay ya tantas personas a mi alrededor que me
lo recuerdan.
¿No deberían
decirme al bendecirme que soy maravilloso? ¿Tanto hincapié en mi necesidad de ser
humillado? No lo sé.
Al bendecir
pronuncio unas palabras: “Polvo eres y en polvo te
convertirás” o “conviértete y cree en el Evangelio”.
Puedo elegir. O hablo del polvo y de la humildad de mi carne. O pido que el
alma se convierta y crea.
En ambos
casos lo que importa es el signo, la ceniza en forma de cruz sobre mi frente.
Para recordarme
que soy pobre y que sin Dios nada puedo. Para que otros
vean en mi frente la señal de humillación.
Me hace falta mirar a Dios. Mirar a Jesús
caminando a mi lado en la desolación de mis días, en mi dolor y en mi cruz, en
mi soledad.
Verlo abrazándome y diciéndome al oído que
no tema, que mi vida es maravillosa y que conmigo va a hacer grandes milagros.
¿Me lo creo?
Me quedo
quieto con una sonrisa extraña y una cruz más extraña aún sobre mi frente.
Saldré a la calle convencido de una cosa: mi vida es maravillosa y yo soy
maravilloso.
Y esa
cruz es como la corona, o la señal que me distingue. Me ha
marcado Jesús con su cruz para que no me pierda. Soy de los suyos.
Lo he elegido
a Él, lo he buscado. Me ha nombrado, me ha venido a ver. Y ha dejado su huella,
su marca, su señal de posesión.
No necesito
que me humillen más. Ya bastante lo hace el mundo. Sí necesito comprender que
no puedo salvar mi vida yo solo.
No me levanto
sobre la tierra. No soy capaz de elevarme por encima de la muerte. Necesito
que Jesús me eleve. Me llame. Me encuentre. Y para ello me ha marcado.
Y
yo salgo con una sonrisa. Y me pongo en camino. Y sé que lo que
tengo por delante son cuarenta días de camino, de conversión, de dejarme hacer
por Dios de nuevo.
Sobre los
tres pilares que se me regalan: el ayuno, la oración y la limosna. Así los
explica el Papa Francisco al comenzar la Cuaresma:
“Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra
actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de ‘devorarlo’ todo,
para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar
el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la
autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su
misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo
para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos
pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto
en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos
y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad”.
Miro mi
corazón ávido de bienes, ansioso, inquieto. Y deseo que se calme en el corazón
de Dios.
Es la
Cuaresma un tiempo para detener el tiempo. Para salir de mí mismo en un
éxodo sagrado al encuentro con Dios. Un despojarme de
tanto peso que carga mi alma apegada profundamente a la tierra.
Deseo tener una piel nueva. Un corazón
nuevo. Para entender que mi vida sólo tiene sentido cuando se
entrega por amor. Habiendo sido amado.
Me inclino
para recibir la bendición. Me arrodillo ante Dios para ser abrazado por su amor.
Jesús me quiere a mí como soy en mi pobreza. En el polvo de mi
vida que me ahoga tantas veces.
No sé amar
como quisiera. Y siento siempre que el mundo está en deuda conmigo. O Dios
mismo por no haberme dado todo lo que le he pedido.
Soy polvo. El
polvo que se pega a los zapatos. El polvo que molesta al meterse en los ojos.
El polvo que cubre los caminos por los que voy y vengo. Soy polvo en este
tiempo que me aturde con su devenir pausado.
Mañana habré
dejado sólo la huella en el polvo de mi paso ligero por la vida. ¿Cómo es que me
ato tanto a este camino caduco?
Hoy la cruz
en mi frente me recuerda a quién le pertenecen mis días. El
hambre de infinito que tengo sólo en Dios será calmada. Un día. Cuando sea
eterno.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






