¿Tienes idea de cuántas veces lo has dicho?... pero.. ¿Sabes en realidad qué significa?
¿Cuántas veces
hemos pronunciado la palabra “amen” después de alguna oración? La mayoría la
aprendimos al mismo tiempo que aprendimos a rezar.Es una palabra muy corta,
pero que está cargada de mucho significado. Lástima que muchos
de nosotros ya la repetimos sin darle mayor importancia o hasta lo hacemos por
rutina.
Esta palabra deriva de “aman”, que
en hebreo y en arameo significa “hacer estable” o “consolidar”, es
decir, es estar seguro.
Decir amén es
expresar seguridad y confianza ante algo que se cree. De hecho, la
palabra pertenece a la misma raíz que la palabra “creer”. Por
lo tanto, nosotros al decir “amén” después de alguna oración, afirmamos
que creemos y que deseamos que dichas palabras se cumplan.
El Catecismo de la Iglesia
Católica nos reafirma: Creer es decir “Amén” a las palabras, a las
promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de Él, que es el
Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad (1064). Como ejemplo
tenemos lo que sucede en la Eucaristía, ya que antes de recibirla, el Sacerdote
alza la hostia consagrada y nos dice “El Cuerpo de Cristo” y nosotros asentamos
con un “Amén”, es decir, lo creo y lo acepto en mi vida.
Jesús mismo lo llegó a
profesar muchas veces, antes de cada enseñanza al decir “En verdad, en
verdad os digo” (Jn 5, 19) y esto para demostrar que hablaba con
autoridad y con verdad. Con esto, es como si él mismo nos dijera “créeme
que es verdad lo que te estoy diciendo”.
El uso de esta
palabra lo podemos ver, incluso, desde el Antiguo Testamento y hasta las
primeras comunidades cristianas. El Profeta Isaías se refiere a Dios como el
Dios del Amén, es decir, el Dios fiel, el Dios de la verdad: “Quien desee ser
bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del Amén” (Is 65, 16).
Por lo tanto, cada que decimos “amén” debemos
darnos cuenta de lo que decimos. Al repetirla hacemos un compromiso con Dios, pues le reafirmamos nuestro
“sí”, confírmanos que creemos en Él, en su palabra y, por lo tanto, que
queremos ser siempre fieles aún a pesar de nuestras dificultades.
Pero este compromiso no lo podremos
cumplir por nuestras propias fuerzas, sino que es Dios mismo quien nos ayuda
por medio de su Hijo Jesucristo. Así lo afirma el emérito Papa Benedicto XVI: En nuestra oración estamos llamados
a decir “sí” a Dios, a responder con este “amén” de la adhesión, de la
fidelidad a Él a lo largo de toda nuestra vida. Esta fidelidad nunca la podemos
conquistar con nuestras fuerzas; no es únicamente fruto de nuestro esfuerzo
diario; proviene de Dios y está fundada en el “sí” de Cristo, que afirma: mi
alimento es hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34).
Este “sí” a Dios debe ser una tarea
de todos los días, puesto que sólo así nos mantendremos firmes y unidos con Él.
De esta manera sentiremos el consuelo de su amor y su compañía. Dios no se cansa
de nosotros, no pierde la paciencia ni se enoja cada que nosotros no le hacemos
caso, al contrario, Él sale a nuestro encuentro, da el primer paso para
demostrarnos que su fidelidad es eterna.
Busquemos
encontrarnos con el Señor que está vivo y que espera por nosotros. La oración
es ese “sí” al diálogo con Aquél que nos ama y que busca dar consuelo en medio
de las tempestades de nuestra vida y hacernos vivir unidos sólo a Él.
Por: Daniel Alberto Robles Macías
Fuente:
ConMasGracia.org






