¿Con ansiedad por hacer muchas cosas? Libérate y déjale hacer
a Dios
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| © Fred Grinberg / RIA Novosti / Sputnik |
Con frecuencia me pregunto qué es lo que
puede saciar mi corazón. Me obsesiono con proyectos buenos, deseables,
apetecibles. Pero no tengo en cuenta lo que calma mis ansias por dentro.
Les comentaba
el papa Francisco a los jóvenes en Panamá este año:
“El Evangelio nos enseña que el
mundo no será mejor porque haya menos personas enfermas, menos personas
débiles, menos personas frágiles o ancianas de quien ocuparse e incluso no porque
haya menos pecadores;
no, no será mejor por eso. El mundo será mejor cuando sean más las
personas que estén dispuestos y se animen a gestar el mañana, a creer en la
fuerza transformadora del amor de Dios. A ustedes jóvenes les pregunto: ¿Quieren
ser ‘influencer’ al estilo de María? Ella se animó a decir ‘hágase’. Sólo el
amor nos vuelve más humanos, no las peleas, no el bullying, no el estudio; sólo
el amor nos vuelve más humanos, más plenos, todo el resto son buenos pero
vacíos placebos”.
A veces creo
que sí. Que el mundo estará mejor cuando haya leyes más justas. O menos
enfermos. O menos ancianos. Y me obsesiono buscando la felicidad en el mundo.
Yo quiero ser como María. Influir
como Ella en la gestación de un mundo nuevo. Ella en la
anunciación pronunció su sí más difícil. El más radical. El más hondo.
Lo pronunció como niña en silencio ante Dios. Su Fiat. Su Hágase. Y se hizo. Dios
lo hizo en Ella respetando su libertad. Se puso con
paciencia infinita a la altura de una niña.
Y desde
entonces el hombre es más hombre cuando pronuncia su sí. Es más
pleno cuando se deja hacer. No cuando hace. Cuando es hecho por Dios en el
silencio de su alma.
Es la carrera que emprendo cuando pronuncio
como María mi sí. La carrera en la que Dios cambia mi alma.
Eso es la
Cuaresma. El tiempo en el que corro en los pasos de Dios, en el corazón de María.
Las palabras de Pablo me animan:
“Todo lo estimo pérdida comparado con la
excelencia del conocimiento de Cristo Jesús. Por Él lo perdí todo, y todo lo
estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él. Sólo busco una cosa:
olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está delante, corro
hacia la meta, para ganar el premio al que Dios, desde arriba, llama en
Cristo Jesús”.
Todo es
pérdida comparado con el amor de Dios. Me olvido de mis caídas y errores. Me
levanto. El futuro es mío. El presente está en mis manos. sólo tengo que
pronunciar mi Fiat. Tengo que dejarme hacer como niño.
Decía el
padre José Kentenich:
“Dios es padre y debe trabajar sobre la
humanidad hasta que esta sea de nuevo capaz
de dejarse moldear, sea pequeña y reconquiste el sentir de niño. Una humanidad y un individuo que no se
confiesen pequeños ante Dios, o acaban en la ruina, o bien Dios procurará que
este hombrecito lleno de sí mismo se reconozca y se sienta pequeño ante Él”[1].
Dios puede
hacer que yo me haga niño. Me vuelva consciente de mi pequeñez. El
mundo cambiará cuando haya más personas como María. Dispuestas
a reconocerse pequeñas y frágiles.
¡Qué pocas personas se reconocen
públicamente débiles! Débiles
de verdad. No la aparente pequeñez que busca la compasión.
Necesito
reconocer mi fragilidad sin importarme que me tratan de acuerdo con ella. Eso
es humildad.
Es fruto de la humillación que me hace más consciente de mi pequeñez.
Aprendo a dejarme hacer cuando toco mis
límites, experimento mis torpezas y palpo mi imperfección.
En ese
momento dejo de valorar tanto mis logros y comienzo a ver la obra de Dios en
mí. Me hago niño. Y puedo exclamar con el salmo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y
estamos alegres”.
Veo entonces
que mi
mayor obra es la de Dios en mí. Es su mano creadora
sosteniendo mi vida. Es su amor haciéndose en mí un surtidor de agua viva que
lleva a la vida eterna.
Me gustaría
ser más dócil para no querer hacer siempre lo que deseo. Una mirada de niño
para ver el horizonte despejado.
No estoy condenado a repetir continuamente
las mismas elecciones. No estoy obligado a seguir siempre caminos de perdición.
Puedo salir de mis esclavitudes si
pronuncio mi sí con un corazón de niño. Como ese corazón de María que confía en medio de su
inocencia. Cree en el amor de Dios que sostendrá sus pasos más allá de sus
límites humanos.
No hay
caminos únicos. No quiero imponerles a otros mi camino. No pretendo que todos
hagan lo que yo hago.
Sólo doy
pasos siguiendo el amor de Dios en mi alma. Sin querer imponer nada. En mis
actos se refleja la luz de Dios. Él puede cambiar el mundo con mi sí,
con mi fiat.
Quiero dejarme
moldear. No quiero hacer por hacer. Quiero que Jesús haga en mí su obra. A
veces me veo tan soberbio, tan orgulloso de mis actos… Soy del mundo.
Le pido en
esta Cuaresma que me haga más niño, más pobre, más débil. Que me
haga semejante a María. Que pueda ser más ciudadano del cielo. Para dar mi sí y
caminar así a su lado.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






