Misa
en la plaza de Macedonia
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| Francisco preside la misa en Skopje, 7 mayo 2019 © Vatican Media |
“Digámoslo
con fuerza y sin temor: tenemos hambre, Señor… el pan de su palabra y el pan de
la fraternidad”: es la súplica del Papa Francisco al celebrar la misa en el
norte de Macedonia, este 7 de mayo de 2019.
Después
de dos días en Bulgaria, el Papa concluyó su viaje apostólico internacional
número 29 con una escala en Skopje, capital de Macedonia, siguiendo los pasos
de la Madre Teresa, que nació allí en 1910.
Al
final de la mañana, después de su reunión con las autoridades políticas y su
parada en el Memorial de la Fundadora de las Misioneras de la
Caridad, fue en coche a la Plaza de Macedonia, donde lo esperaba una multitud
alegre con banderas nacionales y países vecinos.
El
Papa celebró la Misa bajo un dosel blanco erigido para la ocasión. En su
homilía, alentó a los cristianos a ir “en camino, en movimiento, hacia fuera”:
“Es lo único que el Señor nos pide: ven”, es decir: “dejarse conmover, de
transformarse por la Palabra de uno en nuestras elecciones, de nuestros
sentimientos, de nuestras prioridades”, de vivir “un amor concreto y palpable
porque es cotidiano y real”.
Concluyó
citando el ejemplo del santo de esta tierra: “Hambre de pan, hambre de
hermandad, hambre de Dios. La Madre Teresa lo sabía muy bien, la que quería
basar su vida en dos pilares: Jesús encarnado en la Eucaristía y Jesús
encarnado en los pobres. El amor que recibimos, el amor que damos. Dos pilares
inseparables que marcaron su camino, la pusieron en movimiento, ansiosos por
aplacar su hambre y sed”.
AK
***
Homilía del Papa Francisco
«El
que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6,35),
nos ha dicho el Señor hace un instante.
En
el Evangelio, se concentra alrededor de Jesús una muchedumbre que tenía todavía
delante de los ojos la multiplicación de los panes. Uno de esos momentos que
quedaron grabados en los ojos y en el corazón de la primera comunidad de
discípulos. Fue una fiesta… la fiesta de descubrir la abundancia y solicitud de
Dios para con sus hijos, hermanados en el partir y compartir el pan. Imaginemos
por unos instantes esa muchedumbre. Algo había cambiado. Por unos momentos, esas
personas sedientas y silenciosas que seguían a Jesús en busca de una palabra
fueron capaces de tocar con sus manos y sentir en sus cuerpos el milagro de la
fraternidad, que es capaz de saciar y hacer abundar.
El
Señor vino para darle vida al mundo y lo hace desafiando la estrechez de
nuestros cálculos, la mediocridad de nuestras expectativas y la superficialidad
de nuestros intelectualismos; cuestiona nuestras miradas y certezas
invitándonos a pasar a un horizonte nuevo que abre espacio a una renovada forma
de construir la realidad. Él es el Pan vivo bajado del cielo, «el que viene a
mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».
Esa
muchedumbre descubrió que el hambre de pan también tenía otros nombres: hambre
de Dios, hambre de fraternidad, hambre de encuentro y de fiesta compartida.
Nos
hemos acostumbrado a comer el pan duro de la desinformación y hemos terminado
presos del descrédito, las etiquetas y la descalificación; hemos creído que el
conformismo saciaría nuestra sed y hemos acabado bebiendo de la indiferencia y
la insensibilidad; nos hemos alimentado con sueños de esplendor y grandeza y
hemos terminado comiendo distracción, encierro y soledad; nos hemos empachado
de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad. Hemos buscado el
resultado rápido y seguro y nos vemos abrumados por la impaciencia y la
ansiedad. Presos de la virtualidad hemos perdido el gusto y el sabor de la
realidad.
Digámoslo
con fuerza y sin miedo: tenemos hambre, Señor. Tenemos hambre, Señor, del pan
de tu Palabra capaz de abrir nuestros encierros y soledades. Tenemos hambre,
Señor, de fraternidad para que la indiferencia, el descrédito, la
descalificación no llenen nuestras mesas y no tomen el primer puesto en nuestro
hogar. Tenemos hambre, Señor, de encuentros donde tu Palabra sea capaz de
elevar la esperanza, despertar la ternura, sensibilizar el corazón abriendo
caminos de transformación y conversión.
Tenemos
hambre, Señor, de experimentar como aquella muchedumbre la multiplicación de tu
misericordia, capaz de romper estereotipos y partir y compartir la compasión
del Padre hacia toda persona, especialmente hacia aquellos de los que nadie se
ocupa, que están olvidados o despreciados. Digámoslo con fuerza y sin miedo,
tenemos hambre de pan, Señor, del pan de tu palabra y del pan de la
fraternidad.
En
unos instantes, nos pondremos en movimiento, iremos hacia la mesa del altar a
alimentarnos con el Pan de Vida, siguiendo el mandato del Señor: «El que viene
a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn 6,35).
Es lo único que el Señor nos pide: venid. Nos invita a ponernos en marcha, en
movimiento, en salida. Nos exhorta a caminar hacia Él para hacernos partícipes
de su misma vida y de su misma misión. “Venid”, nos dice el Señor: un venir que
no significa solamente trasladarse de un lugar a otro sino la capacidad de
dejarnos mover, transformar por su Palabra en nuestras opciones, sentimientos,
prioridades para aventurarnos a cumplir sus mismos gestos y hablar con su mismo
lenguaje, «el lenguaje del pan que dice ternura, compañerismo, entrega generosa
a los demás»1, amor concreto y palpable porque es cotidiano y real.
En
cada eucaristía, el Señor se parte y reparte y nos invita también a nosotros a
partirnos y repartirnos con Él y ser parte de ese milagro multiplicador que
quiere llegar y tocar todos los rincones de esta ciudad, de este país, de esta
tierra con un poco de ternura y compasión.
Hambre
de pan, hambre de fraternidad, hambre de Dios. Qué bien lo entendía esto Madre
Teresa, que quiso fundamentar su vida sobre dos pilares: Jesús encarnado en la
Eucaristía y Jesús encarnado en los pobres. Amor que recibimos, amor que damos.
Dos pilares inseparables que marcaron su camino, la pusieron en movimiento
buscando saciar su hambre y sed. Fue al Señor y en el mismo acto fue hacia su
hermano despreciado, no amado, solo y olvidado, fue a su hermano y encontró el
rostro del Señor… porque sabía que el «amor a Dios y amor al prójimo se funden
entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios»2,
y ese amor fue el único capaz de saciar su hambre.
Hermanos:
Hoy el Señor Resucitado sigue caminando entre nosotros, allí donde acontece y
se juega la vida cotidiana. Conoce nuestras hambres y nos vuelve a decir: «El
que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» (Jn6,35).
Animémonos unos a otros a ponernos de pie y a experimentar la abundancia de su
amor, dejemos que sacie nuestra hambre y sed en el sacramento del altar y en el
sacramento del hermano.
Palabras finales del Santo
Padre
Queridos
hermanos y hermanas:
Antes
de la Bendición final, siento la necesidad de expresar mis sentimientos de
gratitud. Agradezco al obispo de Skopje sus palabras y, sobre todo, el trabajo
realizado en la preparación de este día. Y, junto a él, doy las gracias a todos
los que han colaborado, sacerdotes, religiosos y fieles laicos. ¡Un sincero
agradecimiento a todos!
Renuevo
también mi agradecimiento a las Autoridades civiles del país, a la policía y a
los voluntarios. El Señor sabrá recompensar a cada uno de la mejor manera. Por
mi parte, os tengo presentes en mi oración y también os pido que recéis por mí.
Fuente:
Zenit






