Cuando todo lo que amo me conduce al cielo, es más fácil
vivir, enfermarme o morir
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Me
cuesta tanto mirar a la cara la enfermedad… Esa enfermedad del cuerpo que no
comprendo ni acepto. El dolor, el no controlar lo que puedo hacer y no hacer.
La impaciencia ante los procesos lentos. El diagnóstico que no deseo. El
deterioro que no acepto. La pérdida de facultades. ¿Por qué Dios permite que mi
cuerpo enferme? No lo entiendo.
No
quiero la enfermedad, no quiero el dolor, no quiero la angustia que provoca en
mí la posibilidad de la muerte. Sin duda fui creado para el cielo, para
la vida, no lo olvido.
Comenta el Dr. Rogério
Brandao hablando de una niña de once años enferma de cáncer y su forma de
entender la vida. Le preguntó:
“¿Y
qué es la muerte para ti?”.
Y ella en su ingenuidad le
contestó:
“Cuando
la gente es pequeña, a veces nos vamos a dormir a la cama de nuestro padre. Y
al día siguiente nos despertamos en nuestra propia cama, ¿A que sí? Esto mismo
es. Un día yo me dormiré y mi Padre vendrá a buscarme. Me despertaré en la casa
de Él. ¡En mi verdadera vida! Y mi madre, me recordará con nostalgia. La
nostalgia es el amor que permanece”.
Me
conmueven sus palabras de niña. ¡Cuánta verdad en ellas! Pero vuelve a mi
corazón la pregunta: ¿Qué sentido tiene la enfermedad?
Sólo deseo salud. El control
de mi cuerpo y de mi vida. Sin lugar a duda no cualquiera puede cargar ciertas
enfermedades del cuerpo. No cualquiera está preparado para vivir santamente el
viacrucis del sufrimiento. Lo sé, porque lo he visto.
Algunos lo viven santamente,
como esa niña que se aproxima al cielo. Otros lo viven en constante rebeldía y
negación, llenos de rabia y rencor.
Cuando
me encuentro cerca del que lo vive en Dios se me pega algo a la piel, como una
luz oculta, o un olor extraño. Es como si mi propia vida fuera mejor al tocar
las llagas enfermas, al acariciar el dolor hondo dentro del alma, al contemplar
una mirada llena de luz en medio de miedos y sombras. Es como si un ángel me hablara en la tierra y yo
tuviera que sonreír conteniendo mis lágrimas.
Todo depende de mi actitud
ante la vida y ante la muerte, ante la tierra y el cielo. Cuando
todo lo que amo me conduce al cielo, es más fácil vivir, enfermarme o morir.
El
anhelo del cielo me hace más libre, más de Dios. Tiene más sentido entonces ese
aparente sinsentido de la enfermedad. Aunque siga sin entender nada.
Y la sonrisa se me pega en
los labios cubierto mi rostro de lágrimas. En ese momento me parece dulce la
enfermedad. Algo así como un bálsamo antes del cielo. Sigo sin comprenderlo, tengo que decirlo. Pero hay
personas que con su vida me enseñan el valor de mi vida.
No tengo derecho a quejarme
por nada. Y no puedo vivir exigiéndole al mundo lo que no puede darme. Tengo
al menos el día de hoy por delante. Unas horas. Más no lo sé. Nadie me lo
asegura.
Mientras me rebelo contra la
enfermedad descubro que el secreto está en saber vivir la vida,
sano o enfermo. En
saber enfrentar las cruces con una sonrisa. Abrazando el presente como el mayor
don, agradecido.
Y cuando el cuerpo no me
responda. Y no sepa bien cómo voy a enfrentar el dolor, en esos momentos recordaré
que he nacido para el cielo.
Y sabré que
la vida es lo que hoy toco. Sin quejas, sin pretensiones, sin
exigencias. Sin obsesionarme con lo que no poseo porque es frágil y muere.
Es tan débil mi piel
enferma, mi piel llena de lepra que un día dejará de estar sana… Me enseña esa
mirada de algunos enfermos una nueva manera de vivir.
Ellos están naciendo
a la vida eterna con una sonrisa, sin ruidos. Con la paz en el alma. Y ante
ellos hago lo que el otro día leía:
“Ante
un enfermo que sufre no hace falta hablar. Hay que compadecerse
silenciosamente, amar y rezar, con la certeza de que el único lenguaje que
conviene al amor es la oración y el silencio”.
Acojo
en silencio al que sufre. Lo abrazo con ternura. Velo su dolor. Acaricio sus
llagas. Y
sé que en ese encuentro va a cambiar mi vida. Abrazando al enfermo del alma y
del cuerpo. Abrazándolo con fe cambiaré yo mismo.
Hay
tantos enfermos del alma que buscan en mí consuelo. Ante ellos callo y espero.
Abrazo y sostengo. Como Francisco ese día en que abrazó a un leproso y Dios le
habló en ese abrazo:
“Ninguna
voz desde las alturas, ni del cielo ni del púlpito, trae la respuesta a su
búsqueda de sentido. En contacto con los marginales y con un secreto profundo,
Francisco recupera la alegría de vivir perdida y sigue avanzando a tientas. En
el repentino encuentro con un leproso, se produce una primera manifestación”.
Me
detengo ante el que sufre. Quiero sanar sus heridas. O al menos tocarlas para
que me den vida. Para que me den fe y
fuerza para seguir luchando, cada día.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






