El Señor permite que pasemos por pruebas para fortalecernos en la fe, pues no nos dará más de lo que soportamos, pero quiere que seamos persistentes
A
mucha gente le pasa con frecuencia que, cuando le va bien, raramente se acuerda
de Dios. Y en cuanto llega la prueba, inmediatamente vuelve los ojos al
cielo para clamar por la ayuda divina. No es que esté mal, sencillamente,
todo el tiempo deberíamos hablar con Dios, en las buenas y en las malas.
Pero no hay que dejarnos llevar
por las apariencias. Sucede con nuestras oraciones como ocurrió con la
mujer cananea que menciona el evangelio de San Mateo: Jesús y sus discípulos
habían ido a Tiro y Sidón, territorio que nada tenía que ver con el pueblo
elegido. En eso están, cuando una mujer comienza a gritar: «¡Señor, Hijo
de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un
demonio» (Mt 15,22). Pero el Señor no le
respondió.
Insiste sin desfallecer

























