No debería perder el tiempo en otras cosas que no fueran amar y ser amado
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| © Pixabay / Sponchia |
¿Qué se puede
hacer para cambiar mi historia? ¿Cómo se hace para volver al pasado sin que
nada malo haya ocurrido? Retroceder como en una película al momento antes de la
decisión equivocada. O simplemente borrar aquellas partes de mí que no me
gustan.
Me gustaría
tener ese don para eliminar de mi vida la enfermedad, la cicatriz, la muerte,
el accidente, el robo, el error. Algo así como un avance que impidiera sufrir
al ser humano.
Pero por más
que lo intento no consigo alterar nada de mi historia pasada.
¿Cómo se puede
cambiar la historia futura?, me pregunto asombrado mientras mis ojos contemplan
el sol que se pone cada atardecer. ¿Qué estoy haciendo yo para cambiar la
historia venidera?
Me encaro con
Dios algunas veces pidiéndole explicaciones. Porque al fin y al cabo si
mi vida es fruto de un plan de amor, ¿no debería ser posible que el amor
siempre triunfara?
Y me encuentro
muchas veces enfrentado al mal, al odio, a la ira, a la destrucción, al
accidente, a la pérdida. Y me confronto con la desilusión, el fracaso, la
soledad, la difamación.
No sé bien cómo
será todo después de la muerte. No tengo ni idea. Pero sí tengo una intuición
verdadera que sostiene mi camino.
Creo, que una
vez deje de latir mi corazón, mi alma, y en ella toda mi vida, seguirá caminando.
Y una vez que se apaguen las luces de mis ojos se encenderá la luz de mi alma y
seguiré viendo, seguiré amando, seguiré viviendo.
Esa certeza
íntima me conmueve y al mismo tiempo me da esperanza. Mi misión no se acaba en
estos pocos años, mi vida es para siempre.
Con lo cual sé
que muchas de las cosas que ahora me preocupan de forma casi obsesiva, tal vez
sean relativas. Y algunas de las cosas que me parecen fundamentales a lo mejor
resulta que son accesorias.
Invierto tanto
tiempo en lo no importante, me desgasto de tal forma por aquello que no
merece tanto la pena. Con los ojos del alma veré todo de forma diferente.
Soñaré como
ahora, pero con espacios más amplios. Me vestiré de trajes nuevos que rezumarán
esperanza. Y hablaré con palabras que aún desconozco mostrando un infinito que
me parece hoy incierto.
Pensar así me
da paz, alegra mi alma, sobre todo cuando me altero preocupado por el futuro,
por los miedos que tengo a perder lo que ahora poseo.
Entonces miro
mi vida detenida en el suspenso de una vela que se va consumiendo lentamente
ante mis ojos. Creo que así es mi amor cuando se consume.
No debería
perder el tiempo en otras cosas que no fueran amar y ser amado. No debería angustiarme por preocupaciones que me quitan el sueño de forma
tan inútil.
Me gusta la
vida que poseo y más aún me gusta lo que seré un día. Me calma pensar
que mi vida está en manos de un Dios que me ha pensado, soñado, ideado y me
abraza tiernamente.
No me preocupa
que los caminos no sean siempre tan claros y diáfanos. Tomaré
decisiones equivocadas, eso seguro. Me detendré en lugares donde no
debería detenerme. Pasaré de largo ante personas que deberían ser importantes.
Lo haré sin
querer o queriendo. Me he encerrado en mi egoísmo que me hace buscarme a mí
mismo en lugar de pensar en los demás.
Es tan fácil
caer llevado por el peso de mi ego que es
más grande que mi propia alma… ¿Cuándo va a educarme Dios para que aprenda a
mirarlo a Él en cada momento?
Tengo en mi
alma un vacío inmenso que sólo Dios puede colmar. Y yo intento llenarlo de cosas vacuas que no logran ni siquiera
hacerme esbozar una sonrisa.
He decidido
comenzar esta Cuaresma sonriéndole a la vida. ¿Para qué sirven las
miradas tristes y los ojos sombríos? Para nada y quitan fuerza.
He decidido
emprender el camino por rutas nuevas con el corazón alegre. Disfrutar el
presente como si fuera único. Alegrarme con las cosas pequeñas, esas que a
veces no valoro, porque estoy pendiente de las que yo creo más importante.
La vida son dos
días y pienso que estos cuarenta días camino al desierto son para mí una
oportunidad para empezar a poner las cosas en su sitio.
¿Por qué me
desangro preocupado por tonterías cuando la vida es mucho más que eso?
He decidido
elevar una bandera blanca de rendición para no oponer resistencia a ese amor
inmenso que Dios me tiene. ¡Cuánto me cuesta dejarme querer!
Dejar que otros
me quieran hace posible que yo mismo acabe queriéndome pese a las dificultades
que encuentro para valorarme y
apreciar lo que valgo.
He decidido
entonar una canción alegre de esas que llenan el alma y que te hacen recordar
la melodía de forma permanente. Como si se hubiera quedado pegada a la piel.
He decidido
emprender un camino largo. Ese que va de mi corazón al corazón de Dios, ese que
lleva a mi propio corazón, ese que va al corazón del que está más cerca.
Curiosamente suele ser el camino más largo.
He decidido
esta Cuaresma no hacer tanto ayuno que me ponga triste y melancólico. Pero sí
he decidido ayunar de tantas cosas que me quitan la paz y me ponen inseguro y
nervioso. Tantos ruidos que alteran mi silencio. Tantas voces que inflaman mi
nostalgia.
He decidido no
rasgarme las vestiduras sino todo lo contrario, vestir al desnudo, cubrir al
que me necesita, acudir ante el que llora, servir al inocente, cuidar al
enfermo, sostener al moribundo.
He decidido
romper una lanza en favor de la paz. Y no levantar la voz contra aquellos que
quieren alterarme.
He decidido
decir que sí muchas veces y decir que no muy pocas. No por pensar que soy
imprescindible sino más bien por pensar que he venido a servir al que me
necesita.
He decidido
enterrar en la tierra la semilla más sagrada que tengo en el alma. Regarla
con cuidado y dejar que crezca, aunque no sepa bien el árbol que dará como
fruto.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






