Domingo
de la Divina Misericordia
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| Domingo de la Divina Misericordia © Vatican Media |
A
las 11 horas, de este segundo Domingo de Pascua, en la iglesia de Santo
Spirito en Sassia en Roma, el Papa Francisco celebra, de forma privada, la
Santa Misa en el 20º aniversario de la canonización de santa Faustina Kowalska
y la institución del Domingo de la Divina Misericordia.
“Hija,
dame tu miseria”, el Señor se lo dijo a santa Faustina el 10 octubre 1937.
También nosotros podemos preguntarnos: “¿Le he entregado mi miseria al
Señor? ¿Le he mostrado mis caídas para que me levante?”, ha indicado el Santo
Padre. “¿O hay algo que todavía me guardo dentro? Un pecado, un remordimiento
del pasado, una herida en mi interior, un rencor hacia alguien, una idea
sobre una persona determinada… El Señor espera que le presentemos nuestras
miserias, para hacernos descubrir su misericordia”.
En
esta fiesta, el anuncio más hermoso se da a través del discípulo que llegó más
tarde. Sólo él faltaba, Tomás, pero el Señor lo esperó. La misericordia no
abandona a quien se queda atrás.
Añadió
que el riesgo es que nos golpee un virus todavía peor, el del egoísmo
indiferente, que se transmite al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí,
que todo irá bien si me va bien a mí. Se parte de esa idea y se sigue hasta
llegar a seleccionar a las personas, descartar a los pobres e inmolar en el
altar del progreso al que se queda atrás.
Publicamos
a continuación la homilía que el Papa pronunció durante la Celebración
Eucaristía:
Homilía del Papa
El
domingo pasado celebramos la resurrección del Maestro, y hoy asistimos a la
resurrección del discípulo. Había transcurrido una semana, una semana que los
discípulos, aun habiendo visto al Resucitado, vivieron con temor, con «las
puertas cerradas» (Jn 20,26), y ni siquiera lograron convencer de la
resurrección a Tomás, el único ausente.
¿Qué
hizo Jesús ante esa incredulidad temerosa? Regresó, se puso en el mismo lugar,
“en medio” de los discípulos, y repitió el mismo saludo: “Paz a vosotros” (Jn 20,19.26).
Volvió a empezar desde el principio. La resurrección del discípulo comenzó en
ese momento, en esa misericordia fiel y paciente, en ese descubrimiento de
que Dios no se cansa de tendernos la mano para levantarnos de nuestras caídas.
Él quiere que lo veamos así, no como un patrón con quien tenemos que ajustar
cuentas, sino como nuestro Papá, que nos levanta siempre.
En
la vida avanzamos a tientas, como un niño que empieza a caminar, pero se cae;
da pocos pasos y vuelve a caerse; cae y se cae una y otra vez, y el papá lo
levanta de nuevo. La mano que siempre nos levanta es la misericordia. Dios sabe
que sin misericordia nos quedamos tirados en el suelo, que para caminar
necesitamos que vuelvan a ponernos en pie.
Y
tú puedes objetar: “¡Pero yo sigo siempre cayendo!”. El Señor lo sabe y siempre
está dispuesto a levantarnos. Él no quiere que pensemos continuamente en
nuestras caídas, sino que lo miremos a Él, que en nuestras caídas ve a hijos a
los que tiene que levantar y en nuestras miserias ve a hijos a los que tiene
que amar con misericordia.
Hoy,
en esta iglesia que se ha convertido en santuario de la misericordia en Roma,
en el Domingo que veinte años atrás san Juan Pablo II dedicó a la Divina
Misericordia, acojamos con confianza este mensaje. Jesús le dijo a santa
Faustina: “Yo soy el amor y la misericordia misma; no existe miseria que pueda
medirse con mi misericordia” (Diario, 14 septiembre 1937).
En
otra ocasión, la santa le dijo a Jesús, con satisfacción, que le había ofrecido
toda su vida, todo lo que tenía. Pero la respuesta de Jesús la desconcertó:
«Hija mía, no me has ofrecido lo que es realmente tuyo». ¿Qué cosa había
retenido para sí aquella santa religiosa? Jesús le dijo amablemente: “Hija,
dame tu miseria” (10 octubre 1937). También nosotros podemos preguntarnos:
“¿Le he entregado mi miseria al Señor? ¿Le he mostrado mis caídas para que me
levante?”. ¿O hay algo que todavía me guardo dentro? Un pecado, un
remordimiento del pasado, una herida en mi interior, un rencor hacia alguien,
una idea sobre una persona determinada… El Señor espera que le presentemos
nuestras miserias, para hacernos descubrir su misericordia.
Volvamos
a los discípulos. Habían abandonado al Señor durante la Pasión y se sentían
culpables. Pero Jesús, cuando fue a encontrarse con ellos, no les dio largos
sermones. Sabía que estaban heridos por dentro, y les mostró sus propias
llagas. Tomás pudo tocarlas y descubrió lo que Jesús había sufrido por él, que
lo había abandonado. En esas heridas tocó con sus propias manos la cercanía
amorosa de Dios.
Tomás,
que había llegado tarde, cuando abrazó la misericordia superó a los otros
discípulos; no creyó sólo en su resurrección, sino también en el amor infinito
de Dios e hizo la confesión de fe más sencilla y hermosa: “¡Señor mío y Dios
mío!” (v. 28). Así se realiza la resurrección del discípulo, cuando su
humanidad frágil y herida entra en la de Jesús. Allí se disipan las dudas, allí
Dios se convierte en mi Dios, allí volvemos a aceptarnos a nosotros mismos
y a amar la propia vida.
Queridos
hermanos y hermanas: En la prueba que estamos atravesando, también nosotros,
como Tomás, con nuestros temores y nuestras dudas, nos reconocemos frágiles.
Necesitamos al Señor, que ve en nosotros, más allá de nuestra fragilidad, una
belleza perdurable. Con Él descubrimos que somos valiosos en nuestra debilidad,
nos damos cuenta de que somos como cristales hermosísimos, frágiles y preciosos
al mismo tiempo. Y si, como el cristal, somos transparentes ante Él, su luz, la
luz de la misericordia brilla en nosotros y, por medio nuestro, en el mundo.
Ese es el motivo para alegrarse, como nos dijo la Carta de Pedro, “alegraos de
ello, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas” (1 P 1,6).
En
esta fiesta de la Divina Misericordia el anuncio más hermoso se da a través del
discípulo que llegó más tarde. Sólo él faltaba, Tomás, pero el Señor lo esperó.
La misericordia no abandona a quien se queda atrás.
Ahora,
mientras pensamos en una lenta y ardua recuperación de la pandemia, se insinúa
justamente este peligro: olvidar al que se quedó atrás. El riesgo es que nos
golpee un virus todavía peor, el del egoísmo indiferente, que se transmite
al pensar que la vida mejora si me va mejor a mí, que todo irá bien si me va
bien a mí. Se parte de esa idea y se sigue hasta llegar a seleccionar a las
personas, descartar a los pobres e inmolar en el altar del progreso al que se
queda atrás.
Pero
esta pandemia nos recuerda que no hay diferencias ni fronteras entre los que
sufren: todos somos frágiles, iguales y valiosos. Que lo que está pasando nos
sacuda por dentro. Es tiempo de eliminar las desigualdades, de reparar la
injusticia que mina de raíz la salud de toda la humanidad. Aprendamos de
la primera comunidad cristiana, que se describe en el libro de los Hechos de
los Apóstoles. Había recibido misericordia y vivía con misericordia: “Los
creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y
bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hch 2,44-45).
No es ideología, es cristianismo.
En
esa comunidad, después de la resurrección de Jesús, sólo uno se había quedado
atrás y los otros lo esperaron. Actualmente parece lo contrario: una pequeña
parte de la humanidad avanzó, mientras la mayoría se quedó atrás. Y cada uno
podría decir: “Son problemas complejos, no me toca a mí ocuparme de los
necesitados, son otros los que tienen que hacerse cargo”. Santa Faustina,
después de haberse encontrado con Jesús, escribió: “En un alma que sufre
debemos ver a Jesús crucificado y no un parásito y una carga… [Señor], nos
ofreces la oportunidad de ejercitarnos en las obras de misericordia y nosotros
nos ejercitamos en los juicios” (Diario, 6 septiembre 1937). Pero un día, ella
misma le presentó sus quejas a Jesús, porque: ser misericordiosos implica pasar
por ingenuos. Le dijo: “Señor, a menudo abusan de mi bondad”, y Jesús le
respondió: “No importa, hija mía, no te fijes en eso, tú sé siempre
misericordiosa con todos” (24 diciembre 1937). Con todos, no pensemos sólo en
nuestros intereses, en intereses particulares. Aprovechemos esta prueba como
una oportunidad para preparar el mañana de todos. Porque sin una visión de
conjunto nadie tendrá futuro.
Hoy,
el amor desarmado y desarmante de Jesús resucita el corazón del discípulo. Que
también nosotros, como el apóstol Tomás, acojamos la misericordia, salvación
del mundo, y seamos misericordiosos con el que es más débil. Sólo así
reconstruiremos un mundo nuevo.
©
Librería Editorial Vaticana
Fuente:
Zenit






