Dios puede obrar milagros a través de nuestras oraciones, sin duda, pero
también está dispuesto a transitar, con nosotros, caminos dolorosos que sacarán
lo mejor de nosotros
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En estos
tiempos de incertidumbre frente a la pandemia, me ha sorprendido escuchar con
mucha frecuencia lo siguiente: “tengo fe en que Dios nos va a proteger, no
tengo miedo, mi familia y yo, vamos a estar bien”.
No podemos
pensar que nuestros caminos son los caminos de Dios. Nosotros no
tenemos forma de saber las maneras que Dios elige para purificarnos, para
acercarnos al proyecto suyo, al que estamos llamados.
Basta con mirar
a los cristianos de los primeros tiempos, que tenían aquella sed de
sufrimiento, el anhelo de configurarse con Cristo, por acercarse a Él.
Aun hoy,
encuentro muchos que prefieren el sufrimiento, la soledad, el
sacrificio, la enfermedad incluso, porque son momentos de mayor unidad con
Cristo.
Los apóstoles
de Cristo llegaron al martirio. Aquel sufrimiento llevaba
un propósito: la redención del mundo. Nosotros como discípulos de
Cristo, también estamos llamados a participar incluso con el sufrimiento
en esta redención.
Fijémonos cómo
en el episodio de la ascensión de Jesús a los cielos.
Él mismo les
dice que no les correspondía a ellos saber cuándo Dios restauraría el mundo,
mas recibirían el poder del Espíritu Santo, cuando este descendiera sobre
ellos, “y entonces serían sus testigos hasta los confines de la tierra” (Hch 1,
8).
Quiere decir
que nosotros mismos participamos de esa restauración del mundo,
continuamos Su obra.
San Pablo
también nos da testimonio del valor del sufrimiento al decir “por eso
me complazco en las debilidades, en los insultos, en las tribulaciones, porque
cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Co 12, 10).
San Pablo y san
Pedro, perseguidos y encerrados adoraban a Cristo sabiendo que eran perseguidos
por Su causa. El sufrimiento era presencia del Cristo
sufriente en ellos y motivo de su gozo, ser como su Señor.
El peligro con
esta afirmación que mencionaba al principio, es que apoyando nuestra
confianza en algo frágil corremos el riesgo de que,
si Dios no cumple con lo que esperamos de Él, perderemos fácilmente esa fe.
La seguridad,
la paz y la felicidad que Dios nos da son fruto de la unidad que tenemos con
Él, ganada en una oración profunda y un
conocimiento cada vez mayor de aquel con quien tratamos mucho tiempo.
Nada podrá
quitarnos el gozo de poseer a Dios en nuestro interior. Como dice santa
Teresa, “Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le
falta”.
La realidad es
que, en medio de las turbaciones y el drama de la vida misma, el alma que estáa
asida a Dios, no perece nunca. El único miedo es la pérdida de Dios a causa del
pecado.
Muchos buenos
han muerto trágicamente. Muchos santos han probado el martirio. El cristiano
está llamado al sufrimiento para continuar con la obra de Cristo.
La dicha
también le es prometida, el cielo en la tierra, pero el cielo y el
sentimiento de gozo que experimenta el cristiano, es de otra dimensión, no es
de este mundo. En la profundidad de la experiencia de Dios, el sufrimiento es
un camino.
También es
cierto que a través del sufrimiento, Dios nos ahorra tiempo en el purgatorio,
porque ya empieza a purificarnos en la tierra.
Todos corremos
riesgos. Dios puede obrar milagros a través de nuestras oraciones, sin
duda, pero también está dispuesto a transitar, con nosotros, caminos
extremadamente dolorosos, sabiendo que estos caminos, sacarán lo mejor de
nosotros.
Nuestra misión
no es ser felices en la tierra, es ser felices en el cielo, y lo primero es
alcanzar ese cielo a través de experiencias transformadoras, como es la vida
misma.
Lorena Moscoso
Luz el Trigal
Fuente:
Aleteia






