Lo que
hago o dónde vivo no es lo fundamental, hay algo que es lo que verdaderamente
me da paz
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Puede que me haya confundido muchas veces poniendo
mi corazón en el lugar equivocado. Jesús me anima a desprenderme de lo que no
me hace pleno, de aquello que no me lleva al cielo.
El error
bendito forma parte del camino, tengo que aceptarlo. Confundir los pasos,
guardar tesoros equivocados, es parte de mi vida y de mi libertad para elegir
lo que me hace bien.
Hay quien
descubre la belleza escondida. Y es capaz de distinguir y encontrar tesoros
bien guardados. Y valora como lo más grande ese amor que Dios le ha dado.
Dios es mi
porción y mi ganancia. Él tiene el poder sobre mi vida. Quiero
dejar de lado lo que me quita la alegría y dejar que el amor de Dios penetre dentro
de mi alma y me vista de sus más bellas joyas.
Para eso tengo que estar desprendido de
todo lo que me aleja de Él. A menudo vivo desparramado por la
vida buscando que me sacie lo que no sacia mi sed de infinito.
Quiero
asumirlo con mucha paz. ¿Qué quiere Dios de mí? Me
lo pregunto mientras me desgasto. ¿Quiere que entregue mi vida como lo estoy
haciendo hasta ahora? ¿Quiere algún cambio?
Tal
vez me quedo con una imagen: cavar hondo en la tierra buscando un tesoro
escondido. A lo mejor el tesoro no está tan lejos como pensaba.
He buscado
tesoros en tierras lejanas, con brújula, con planos. He
pensado que hacer cosas es lo que me da paz. O vivir en tal o cual lugar. Pero
al final eso no es lo más importante.
La clave
Lo fundamental no es lo que hago, ni
siquiera con quién lo hago o dónde lo hago. Lo importante es lo que estoy
viviendo y cómo estoy viviendo desde mi interior.
Lo que vale es vivir atado a aquello que le
da sentido a todo lo que hago. Incluso
a los errores y las caídas. Lo valioso es pensar que dentro de mí hay un tesoro
que guarda celosamente Aquel que más me ama.
Él lo
acaricia mientras se pregunta por qué tardo tanto en encontrarlo dentro de mi
propia alma. Es la paradoja. Está dentro de mí y yo lo busco fuera. Así
lo explica san Agustín en sus Confesiones:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan
nueva, tarde te amé! y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera
te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que Tú creaste.
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas
cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y
quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora
siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de
ti».
Tengo en mi alma un tesoro en el que Dios
espeja su propia belleza. Dentro de mí está Él y me permite mirar más allá de
mis errores y torpezas. Él sabe que soy débil y me ama.
El tesoro es todo aquello que tantas veces
no he valorado de mí. Son
esos rasgos que tal vez el mundo no ve. O yo no veo en comparación con lo que
brilla fuera de mí.
No es oro
todo lo que reluce, me digo tantas veces. Tampoco pienso que todo lo que brilla
es malo, ni mucho menos. Pero creo que no valoro tanto mi tesoro como lo que
brilla en otros.
Me quedo en
que yo no valgo tanto, no soy tan bueno, tan inteligente, tan capaz. Me abruma
mi pobreza y no la valoro como un tesoro digno de los mejores reyes y palacios.
Ese soy yo.
La mirada de Dios sobre mi vida me hace ver
que valgo mucho. Soy
más valioso que nada en este mundo. No quiero olvidarlo.
Pienso
entonces que no tengo que buscar fuera de mí lo que me
falta, sino más bien en mi interior. Allí donde Dios
habita y yo soy ese niño con sonrisa ancha y ojos grandes. Con el alma inocente
y pura y el deseo de entregarlo todo por un amor más grande.
Soy ese niño
con miedos y anhelos de infinito que recorre los caminos cargado y con prisa.
Soy ese niño que desea descansar a la sombra de un buen árbol esperando a que
el sol deje de quemar tanto.
Me gusta
mirar a ese niño y ver en él el tesoro guardado. El alma pura y los deseos más
grandes. Ese tesoro que guardo sin saberlo, lo conservo sin poseerlo del todo.
Porque
no lo veo, no lo aprecio, no lo distingo entre
las piedras y ramas dentro de mí mismo. Y busco fuera de mí lo que no me hace
falta.
Envidio lo
que otros tienen sin pararme a valorar la vida que yo tengo. Aprecio más lo que
otros parecen vivir con alegría, sin llegar a pensar qué es lo que de verdad
ellos sienten.
Tengo que ser
feliz con mis tesoros, sin desear otros. El camino de la felicidad pasa por aceptar
mi presente, mi vida, mi tesoro, sin desear lo que no está dentro de mi camino.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






