Él no se impone a mi voluntad tan débil buscando que lo siga
por los caminos. Él espera paciente a la puerta de mi corazón, pidiéndome que
no se endurezca
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| Jeremy Bishop/Unsplash | CC0 |
Mi
corazón no está tan abierto al cambio como a veces afirmo con los labios.
Digo
que sí, que soy flexible y abierto a lo diferente, a las novedades, a las
innovaciones necesarias en la vida. Que estoy dispuesto a dejar de hacer lo que
no me da vida y elegir siempre lo que me hace crecer como persona. Que voy a optar,
digo, por los demás, antes de buscar egoístamente mi propio interés, pero luego
veo que no es así.
No
acabo de querer cambiar porque cualquier cambio es difícil. Y cuando luego
cambio, y me libero, en cuanto comienza la sed y el hambre tan propios del
camino, tiemblo y me acuerdo de placeres pasados nunca olvidados.
Hoy
escucho lo que Dios le decía a su pueblo que le había mostrado su
rebeldía: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de
Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron,
aunque habían visto mis obras». Ese pueblo, hijo de sus entrañas,
había dudado de su amor infinito en medio de las dificultades del desierto.
Había tocado el hambre y la sed (Ex 17,3): «¿Para qué nos hiciste salir de
Egipto? ¿Para matarnos de sed, junto con nuestros hijos y nuestros animales?».
A
menudo me quejo de Dios cuando las cosas no van tan bien como esperaba. Y le
echo la culpa a Él de mis propias decisiones, por haber sido valiente. Algunas
de esas decisiones fueron acertadas. Otras tal vez no lo fueron tanto. Ya no lo
sé bien.
Creí
seguir a Jesús en muchas de ellas y eso alegró mi corazón. En otras decisiones
seguro que esquivé sus pasos y seguí intuiciones falsas creyendo optar por su
camino.
Lo
cierto es que cuando vuelvo a tener sed, o hambre de cielo en medio de mi
desierto. O cuando mi alma sueña con tierras más verdaderas o con manjares más
exquisitos que los que ahora poseo. En esos momentos en los que deseo un vergel
que dé descanso a mis huesos.
Entonces
cuando sólo encuentro ante mí un secarral, es cuando todo mi ser desea un
abrazo eterno que calme esa necesidad tan mía de ser amado. En esos momentos
tan fríos y duros en los que me siento solo. Es entonces cuando vuelvo la
mirada altiva a Dios y le exijo obras que no veo y frutos que no contemplo y
una paz que no me abandone.
Y
entonces me veo como ese pueblo en el desierto recordando, siendo libres, esa
tierra de la esclavitud abandonada a sus espaldas, esa tierra llena de manjares
nunca olvidados.
Esa
tierra que retenía mis pasos cuando eran esclavos y se apegaban a la tierra sin
alzar la vista al cielo. Porque en la esclavitud el pueblo judío, como yo
mismo, no tenía hambre, ni sed. El corazón busca saciarse con bienes pasajeros
que colman sólo por un tiempo.
Pero
con el paso de la vida me olvido de su fragilidad y los idealizo. Y pienso que
aquellos manjares tan fútiles eran mejores que las renuncias de este camino. Y
sueño con el pasado ya pisado. Y anhelo un futuro que se torna incierto.
Sé
que llevo grabado en mi pecho el deseo de un paraíso que aún no veo. Y por eso
me duelen más las piedras del camino. Pero sé que esa promesa de Dios en mi
vida es real, porque por algo he nacido con ese vacío tan grande en el corazón.
Me
identifico con las palabras de C. S. Lewis, hablando de este anhelo de vivir en
el lugar perfecto: «El hambre del hombre prueba que proviene de una
raza que repara su cuerpo cuando come, y que habita un mundo donde comer
sustancia existe. De la misma manera mi deseo de habitar en el paraíso es una
buena indicación que tal lugar existe».
El
paraíso existe dentro de mí como un deseo. Y se proyecta en el tiempo hacia la
eternidad donde será cierto. Si no fuera real tengo muy claro que mi corazón no
lograría dibujarlo con tanta nitidez todos los días en mis entrañas. Lo que
anhelo tiene que ser real, aunque aún no logre poseerlo.
Por
eso no quiero olvidar la tierra prometida por Dios para mi vida, ni dejar que
ese sueño de plenitud se desdibuje de mis ojos. Miro el desierto y tiemblo
detenido delante de la roca seca que no me da agua.
Y
clamo a Dios indignado echándole la culpa hasta de mis pecados, bendita
ingenuidad de niño pequeño y torpe que estalla delante de su padre. Le acuso de
aquello de lo que solo yo soy culpable. Si me hubiera ayudado entonces, pienso
enojado, no hubiera cedido a esa tentación seductora. Si hubiera detenido mis
pasos orgullosos no habría caído de nuevo.
Pero
Dios no es así. No es un Dios que evite mi caída. Respeta mi libertad. Él
seduce mi corazón, nunca lo fuerza. Él no se impone a mi voluntad tan débil
buscando que lo siga por los caminos. Él espera paciente a la puerta de mi
corazón, pidiéndome que no se endurezca.
Y al
mismo tiempo que me llama a dar la vida, no me lo pone tan fácil. No pone a mi
disposición todo lo que preciso, todo lo que anhelo. Deja crecer en mí un deseo
insaciable, para que no me quede quieto, para que no me conforme.
Eso
lo he ido descubriendo con los años. Simplemente me pide que confíe en sus
planes, y aprenda de su forma de hacer las cosas. Quiere que lo descubra a Él
oculto en la roca áspera del desierto de mi vida. Que sepa probar su dulzura en
los días amargos. Y que sepa mantener la calma en las tormentas aciagas, cuando
todo se oscurece.
Quiere
que sepa encontrar su mano sueva en medio de mi vida cuando siento que voy a la
deriva. Me gusta ese Dios que me enamora con su presencia.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






