Un bello relato de un monje
ermitaño para descubrir que Dios no ama el esfuerzo por el esfuerzo, sino que
lo que mide es el amor con que las cosas se hacen
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| Denis Burdin I Shutterstock |
Pensamos que cruzar el desierto con Jesús implica vivir la sed, el
despojo, la soledad y el abandono. Pero el desierto es también
una fuente, una liberación, un lugar donde podemos estar
llenos y profundamente
acompañados.
Cada uno, en esta Cuaresma, está
llamado a ir a los desiertos de su corazón, pero no de una forma negativa,
vista desde la privación; puede también hacerlo desde la mirada de un Dios que
siempre quiere ser el agua viva.









