Hay
Alguien oculto en el camino por el que yo avanzo torpemente, en mi historia
puedo encontrar el sentido de mis pasos
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| Maksim | CC BY-SA 3.0 |
No sé qué hacer con mi vida, no sé cómo
vivir el presente y soñar el futuro. A menudo no encuentro un sentido, una
razón, un camino seguro y válido.
¡Cuántas veces veo a personas que viven su
vida sin un rumbo, sin claridad sobre lo que han de hacer, sin paz en el alma! Deja
de ser un problema la muerte. Y es la propia vida la que incomoda.
No es tan fácil comenzar de nuevo.
Reinventar mis pasos. Abrazar mis horas con un corazón alegre y confiado. El
problema es entonces aprender a vivir.
¿Debo seguir siempre a mi
corazón?
Sólo cuando sé vivir la muerte es un
problema. En ese momento me angustia perder el camino que amo, los pasos que me
enamoran.
Me han abandonado en el mundo sin un manual
de instrucciones. Simplemente me han aconsejado que siga lo
que manda el corazón.
Pero
el corazón a menudo se equivoca.
Desea lo que no le conviene y se obsesiona con lo que no le da paz. Y vive
angustiado por los caminos de la vida.
Mi
pobre corazón que está hecho para el amor y se queda a veces atado en rencores
y en heridas.
Aprender a vivir no es tan sencillo.
Encontrarle un sentido a todo lo que hago. Disfrutar lo que tengo sin echar de
menos lo que me falta. Valorar las ventanas de luz que se me abren en la noche.
Como esas estrellas rebeldes que pretenden iluminar mi camino.
Quisiera
amar sin retener. Querer
bien sin exigir lo que no me pueden dar. Sonreír incluso cuando broten las
lágrimas por el dolor.
Acariciar mis heridas sin sentir que son
injustas. Sobreponerme a los golpes y tener esa resiliencia que mi alma anhela.
Aprender a comprender las razones de los
otros, aunque no las comparta. No vivir pensando que el mundo me debe algo, la
vida, Dios mismo.
Dejar de pensar que estoy tirando mis horas
y mis días cuando realmente son oportunidades que tengo ante mis ojos.
Empezar a andar con paso firme sin volver
atrás la mirada añorando días mejores. Amar a los que Dios pone a mi lado, sin
cuestionarle a Dios el por qué de su presencia.
Aceptar
la enfermedad y la muerte como el peaje de toda vida. Descubrir que yo mismo no le puedo
dar sentido a mis pasos. Que hay un Alguien oculto en el camino hacia el
que yo avanzo torpemente.
Y me cuestiono la vida y el por qué de tantas
cruces. El dolor de las heridas.
Cuando los japoneses reparan objetos rotos,
enaltecen la zona dañada rellenando las grietas con oro. Creen que cuando algo
ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso.
Aprender de la historia
personal
El
pasado con su dolor me embellece. Las
heridas causadas me hacen más hondo, más maduro en mis grietas. Y ese oro de la
vasija la hace más valiosa.
Antes de las heridas valía poco, era igual
quizás a otras muchas vasijas. Pero después, la forma en que está rota, las
grietas que la recorren le dan una entereza nueva. Su historia es sagrada. Es
más bella, más valiosa.
En mi
historia encuentro el sentido de mis pasos. En mis decisiones y en mis fracasos. En
mis éxitos y en mis logros. En el amor recibido y en el amor entregado. En el
amor que me han negado, en el que deseándolo nunca lo tuve.
Toda esa historia mía está llena de oro,
que tapa con cuidado las profundas heridas de mi alma. Soy muy distinto al niño
que miraba sonriendo al comenzar sus primeros pasos. Ese niño sin heridas.
Puro, virgen.
Ahora
soy mejor, más hondo y verdadero. He sufrido, amado, reído. Y el sentido está escondido en los
pliegues que duelen de mi alma enferma.
Y sé que voy bien por donde voy sin tener que
cuestionar lo que ahora vivo. Sólo deseo aprender a vivir
con una mirada ancha y un corazón humilde. Sin exigirle a la vida lo que no puede
darme.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






