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| Audiencia General, 7 Oct. 2020 (C) Vatican Media |
Debido al tiempo otoñal de este
mes de octubre, la audiencia general de este miércoles, 7 de octubre de 2020,
tuvo lugar en el Aula
Pablo VI del Vaticano, ante la presencia de numerosos fieles y peregrinos
procedentes de diversos países.
“Hombre de fe cristalina”
La Escritura presenta a Elías
“como un hombre de fe cristalina”: “recto, incapaz de acuerdos mezquinos”. Su
símbolo es el fuego,” imagen del poder purificador de Dios” y permaneció fiel,
a pesar de ser sometido a “una dura prueba”, describió Francisco.
Sentido de la propia debilidad
En este sentido, el Papa señaló
que en el alma de quien reza, “el sentido de la propia debilidad es más valioso
que los momentos de exaltación, cuando parece que la vida es una cabalgata de
victorias y éxitos”.
La oración es, “dejarse llevar
por Dios y dejarse también golpear por situaciones malas y tentaciones”, tal y
como demuestran también san Pedro y san Pablo, que en su vida contaron con
“momentos de júbilo y momentos de abatimiento, de sufrimiento”.
Vida contemplativa y vida activa
Elías, además, es el hombre de
“vida contemplativa” y, al mismo tiempo, “de vida activa, preocupado por los
acontecimientos de su época, capaz de arremeter contra el rey y la reina,
después de que habían hecho asesinar a Nabot para apoderarse de su viña
(cfr. 1 Re 21, 1-24)”.
De este modo, el Pontífice
remarca la necesidad de creyentes, “de cristianos celantes, que actúen delante
de personas que tienen responsabilidad de dirección con la valentía de Elías,
para decir: ‘¡Esto no se hace! ¡Esto es un asesinato!’”.
Por ello, continuó, “necesitamos
el espíritu de Elías”, que muestra que “la oración es un encuentro con Dios y
un dejarse enviar para servir a los hermanos. La prueba de la oración es el
amor concreto por el prójimo”.
Los creyentes “actúan en el mundo
después de estar primero en silencio y haber rezado; de lo contrario su acción
es impulsiva, carece de discernimiento, es una carrera frenética sin meta”,
cometen muchas injusticias, “porque no han ido antes donde el Señor a rezar, a
discernir qué deben hacer”.
Serenidad y paz en la oración
Las páginas de la Biblia “dejan
suponer que también la fe de Elías ha conocido un progreso: también él ha
crecido en la oración, la ha refinado poco a poco. El rostro de Dios se ha
hecho para él más nítido durante el camino. Hasta alcanzar su culmen en esa
experiencia extraordinaria, cuando Dios se manifiesta a Elías en el monte
(cfr. 1 Re 19, 9-13)”.
Finalmente, el Obispo de Roma
remarca que la historia de Elías “parece escrita para todos nosotros”: “Algunas
noches podremos sentirnos inútiles y solos. Es entonces cuando la oración
vendrá y llamará a la puerta de nuestro corazón (…).
E incluso “si nos hubiéramos
equivocado en algo, o si nos sintiéramos amenazados o asustados, volviendo
delante de Dios con la oración, volverán como por milagro también la serenidad
y la paz. Esto es lo que nos enseña el ejemplo de Elías”, concluyó.
A continuación, sigue el texto
íntegro de la catequesis del Papa Francisco.
***
Catequesis – 9. La oración
de Elías
Queridos hermanos y hermanas,
¡buenos días!
Retomamos
hoy las catequesis sobre la oración, que interrumpimos para hacer las
catequesis sobre el cuidado de la creación y ahora retomamos; y encontramos a
uno de los personajes más interesantes de toda la Sagrada Escritura: el profeta
Elías. Él va más allá de los confines de su época y podemos vislumbrar su
presencia también en algunos episodios del Evangelio. Aparece junto a Jesús,
junto a Moisés, en el momento de la Transfiguración (cfr. Mt 17, 3).
Jesús mismo se refiere a su figura para acreditar el testimonio de Juan el
Bautista (cfr. Mt 17, 10-13).
En la Biblia, Elías aparece de
repente, de forma misteriosa, procedente de un pequeño pueblo completamente
marginal (cfr. 1 Re 17, 1); y al final saldrá de escena, bajo los
ojos del discípulo Eliseo, en un carro de fuego que lo sube al cielo
(cfr. 2 Re 2, 11-12). Es por tanto un hombre sin un origen preciso, y
sobre todo sin un final, secuestrado en el cielo: por esto su regreso era
esperado antes del advenimiento del Mesías, como un precursor. Así se esperaba
el regreso de Elías.
La Escritura nos presenta a Elías
como un hombre de fe cristalina: en su mismo nombre, que podría significar
“Yahveh es Dios”, está encerrado el secreto de su misión. Será así durante toda
la vida: hombre recto, incapaz de acuerdos mezquinos. Su símbolo es el fuego,
imagen del poder purificador de Dios. Él primero será sometido a dura prueba, y
permanecerá fiel. Es el ejemplo de todas las personas de fe que conocen
tentaciones y sufrimientos, pero no fallan al ideal por el que nacieron.
La oración es la savia que alimenta constantemente su existencia. Por esto es uno de los personajes más queridos por la tradición monástica, tanto que algunos lo han elegido como padre espiritual de la vida consagrada a Dios. Elías es el hombre de Dios, que se erige como defensor del primado del Altísimo. Sin embargo, él también se ve obligado a lidiar con sus propias fragilidades. Es difícil decir qué experiencias fueron más útiles: si la derrota de los falsos profetas en el monte Carmelo (cfr. 1 Re 18, 20-40), o el desconcierto en el que se da cuenta que “no soy mejor que mis padres” (cfr. 1 Re 19, 4). En el alma de quien reza, el sentido de la propia debilidad es más valioso que los momentos de exaltación, cuando parece que la vida es una cabalgata de victorias y éxitos.
En la oración sucede siempre esto: momentos de oración que nosotros
sentimos que nos levantan, también de entusiasmo, y momentos de oración de
dolor, de aridez, de pruebas. La oración es así: dejarse llevar por Dios y
dejarse también golpear por situaciones malas y tentaciones. Esta es una
realidad que se encuentra en muchas otras vocaciones bíblicas, también en el
Nuevo Testamento, pensemos por ejemplo en San Pedro y San Pablo. También su
vida era así: momentos de júbilo y momentos de abatimiento, de sufrimiento.
Elías es el hombre de vida contemplativa y, al mismo tiempo, de vida activa, preocupado por los acontecimientos de su época, capaz de arremeter contra el rey y la reina, después de que habían hecho asesinar a Nabot para apoderarse de su viña (cfr. 1 Re 21, 1-24). Cuánta necesidad tenemos de creyentes, de cristianos celantes, que actúen delante de personas que tienen responsabilidad de dirección con la valentía de Elías, para decir: “¡Esto no se hace! ¡Esto es un asesinato!” Necesitamos el espíritu de Elías. Él nos muestra que no debe existir dicotomía en la vida de quien reza: se está delante del Señor y se va al encuentro de los hermanos a los que Él envía.
La oración no es un encerrarse
con el Señor para maquillarse el alma: no, esto no es oración, esto es oración
fingida. La oración es un encuentro con Dios y un dejarse enviar para servir a
los hermanos. La prueba de la oración es el amor concreto por el prójimo. Y
viceversa: los creyentes actúan en el mundo después de estar primero en
silencio y haber rezado; de lo contrario su acción es impulsiva, carece de
discernimiento, es una carrera frenética sin meta. Los creyentes se comportan
así, hacen muchas injusticias, porque no han ido antes donde el Señor a rezar,
a discernir qué deben hacer.
Las páginas de la Biblia dejan
suponer que también la fe de Elías ha conocido un progreso: también él ha
crecido en la oración, la ha refinado poco a poco. El rostro de Dios se ha
hecho para él más nítido durante el camino. Hasta alcanzar su culmen en esa
experiencia extraordinaria, cuando Dios se manifiesta a Elías en el monte (cfr. 1
Re 19, 9-13). Se manifiesta no en la tormenta impetuosa, no en el
terremoto o en el fuego devorador, sino en el “susurro de una brisa suave” (v.
12). O mejor, una traducción que refleja bien esa experiencia: en un hilo de
silencio sonoro. Así se manifiesta Dios a Elías. Es con este signo humilde que
Dios se comunica con Elías, que en ese momento es un profeta fugitivo que ha
perdido la paz. Dios viene al encuentro de un hombre cansado, un hombre que
pensaba haber fracasado en todos los frentes, y con esa brisa suave, con ese
hilo de silencio sonoro hace volver a su corazón la calma y la paz.
Esta es la historia de Elías,
pero parece escrita para todos nosotros. Algunas noches podremos sentirnos
inútiles y solos. Es entonces cuando la oración vendrá y llamará a la puerta de
nuestro corazón. Un borde de la capa de Elías podemos recogerlo todos nosotros,
como ha recogido la mitad del manto su discípulo Eliseo. E incluso si nos
hubiéramos equivocado en algo, o si nos sintiéramos amenazados o asustados, volviendo
delante de Dios con la oración, volverán como por milagro también la serenidad
y la paz. Esto es lo que nos enseña el ejemplo de Elías.
© Librería Editorial
Vaticana
Larissa I. López
Fuente: Zenit






