
En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de
alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu
nombre”.
Él les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes
les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la
fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los
demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos
en el cielo”.
En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y
exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la
gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha
entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es
el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.
PALABRAS DEL SANTO PADRE
Dice el Evangelio que estos setenta y dos regresaron de su misión
llenos de alegría, porque habían experimentado el poder del Nombre de Cristo
contra el mal. Jesús lo confirma: a estos discípulos Él les da la fuerza para
vencer al maligno. Pero agrega: «No estéis alegres porque se os someten los
espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo»
(Lc 10, 20). No debemos gloriarnos como si fuésemos nosotros los protagonistas:
el protagonista es uno solo, ¡es el Señor! Queridos amigos, ¡la alegría! No
tengáis miedo de ser alegres. No tengáis miedo a la alegría. La alegría que nos
da el Señor cuando lo dejamos entrar en nuestra vida, dejemos que Él entre en
nuestra vida y nos invite a salir de nosotros a las periferias de la vida y anunciar
el Evangelio. (ÁNGELUS 7 de julio de 2013)
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