Veo los vacíos del corazón y el motivo por el que caigo con frecuencia en compensaciones... y deseo que Dios calme mis miedos y me llene de paz
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| Shutterstock | Annado |
Será un Adviento diferente y una Navidad muy distinta a otras que he vivido.
Me preparo para reconocer a ese Dios que vendrá a visitarme de
otra manera, con otros pasos, con otra voz.
Y aumentará mi deseo de que esta Navidad me cambie de verdad por dentro.
Calme mis miedos más ocultos e inconfesables y me ayude a sentir que todo va a
salir bien.
No quiero pensar que todo se acaba cuando parece que nada sale bien. En
medio de la noche brilla una luz. Siento que Dios está a mi lado, abrazando mi
carne.
A la espera de la paz
El Adviento me habla de algo que ha de venir y tengo que esperar. Más que de
algo, es de alguien, de una persona que puede cambiar mi vida para siempre. Si
yo me dejo.
El Adviento me invita a desear lo que aún no tengo. Miro el vacío de mi
vida, su inconsistencia y tomo consciencia de todo lo que aún me falta para ser
feliz.
Veo los vacíos del corazón y el motivo por el que caigo con
frecuencia en compensaciones. Tengo un gran vacío
dentro de mi corazón.
Son carencias de mi historia, de mi familia. Ha crecido en mi interior la
inseguridad y busco seguridades exteriores que
compensen mi falta de estabilidad.
Guardo resentimientos por heridas del pasado. Es
esa necesidad mía de ser amado. Y deseo entonces que Dios compense
todo, que me llene de paz y calme mis miedos.
Adviento es oportunidad
Esta realidad de mi corazón herido me anima a pedirle que haga un milagro
conmigo. Deseo un cambio en mi vida que a lo mejor aún no veo.
Busco una resurrección desde la muerte en la que me siento a gusto sin
entender nada. El Adviento es una oportunidad que se
me brinda para experimentar un cambio que todavía no
llega.
Es la oportunidad que tengo para comenzar un nuevo camino, una nueva etapa,
y navegar un nuevo océano que se dibuja ante mis ojos.
Espero
con ansias lo que aún no poseo, lo que me ha prometido Dios como mi camino de
felicidad. Ansío una tierra que todavía no conozco.
Deseo
unos encuentros que ni tan siquiera intuyo. Encuentros hondos, auténticos, sinceros.
Siento muy dentro la necesidad de tocar a ese Dios oculto, al que de verdad no
conozco.
Deseando a Dios en pandemia
El
Adviento me invita a descorrer las cortinas que ciegan mi ventana. Deseo que venga Dios: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases,
derritiendo los montes con tu presencia!».
Es
una ocasión para encender
un fuego dentro del frío de mi alma. Es la hora de abrirme a
tocar a Dios escondido en todo lo que me pasa.
No quiero que huyan estos días de espera sin hacer nada, sin dar
ningún paso. Son días de anhelo, de sueño. Quiero aprovechar cada uno de ellos
como una oportunidad que me da Dios para cambiar por dentro.
Es
una oportunidad que se me entrega para que mi vida sea diferente pero no mañana
sino ahora, en este mismo instante.
En
este tiempo me hace ver mis propios defectos y debilidades para crecer allí
donde pensaba que no había esperanza.
Puedo
ser mejor persona, puedo crecer en hondura, pueden aumentar mi amor y mi
entrega.
Misericordia
sin distancias
No
quiero pensar en mis pecados y debilidades para regodearme en ellos sumergido
en mi tristeza. Creo que no
hay nada tan terrible que me impida volver a comenzar de cero una
vez que recibo de Dios la misericordia como punto de partida.
Dejo de recriminarme por todo lo que hecho mal cada día. Y empiezo
a agradecerle a Dios por todos los regalos que me entrega sin que
yo se los pida.
La gratuidad forma parte
de mi historia y yo no soy tan consciente de la generosidad de tantos conmigo.
No doy gracias tanto como debería.
Le agradezco a Dios en este Adviento que venga a hacerse carne
entre los míos, en mi propia familia, en mi casa.
Escucho
y me identifico con el profeta: «Señor,
Tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y Tú el alfarero: somos todos obra
de tu mano».
Ilusiones
El
Adviento es un tiempo de
sueño, de ilusiones, de alegrías y de paz, de esperanza y
abrazos posibles en medio de esta pandemia que me priva de tantas cosas.
Puedo
hacerlo bien de forma diferente. El Adviento me ayuda a levantar cada mañana la
mirada a lo más alto esperando un cielo lleno de estrellas y de sol. Le grito a
Dios: «Vuélvete, por amor a tus
siervos».
Quiero
que Dios vuelva su rostro hacia mí. Siempre he querido ver su rostro. Quiero
que me mire y tenga misericordia de
mi miseria.
Que
se acuerde que soy una de sus ovejas, de las más heridas y abandonadas, de las
más perdidas y desconsoladas.
Quiero
que me regale su misericordia y calme mis miedos con un abrazo, levantándome
sobre sus hombros. Y se lo pido:
«Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que Tú
fortaleciste. No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu
nombre».
Descansar en Dios
No me
alejaré de Él, porque de
Él viene la vida. Sé que el Adviento es una ocasión para
encontrarme con el Dios de mi vida y tocar su amor que viene a acampar entre
nosotros.
Esa
imagen refleja la realidad de este tiempo que comienzo. Un Dios que acampa
entre los hombres. Lo que espera el corazón es descansar en Dios para siempre.
Y más
aún pensar que Dios puede descansar en mí, en mi morada, en mi alma.
Anhelo
con fuerza su venida que
vendrá a llenar todos mis vacíos interiores y calmar todos mis miedos.
Quiero esperar tal vez lo que no va a suceder en estos días, quizás más tarde
sí, o tal vez nunca.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






