“Quien no ama al hermano no reza seriamente”
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| Audiencia General, 16 dic. 2020 © Vatican Media |
La audiencia general de hoy, 16
de diciembre de 2020, ha sido emitida desde la biblioteca del Palacio Apostólico vaticano, sin fieles, en
prevención frente a la COVID-19. A lo largo de la misma, el Santo Padre ha
continuado con el ciclo de catequesis sobre la oración, centrándose en el tema
“La oración de intercesión” (Lectura: Ef. 6, 18-20).
Misión del cristiano
Asimismo, indica que la necesidad
de “retirarnos en un espacio” dedicado a “nuestra relación con Dios” no
significa “evadirse de la realidad”, pues “todo cristiano está llamado a
convertirse, en las manos de Dios, en pan partido y compartido. Es decir una
oración concreta, que no sea una evasión”.
Puerta abierta
El Pontífice comenta que los
hombres y las mujeres “de oración” buscan “escuchar mejor la voz de Dios”, y
“en lo secreto de la propia habitación”, abren la “puerta de su corazón” para
los que oran sin saber que lo hacen, los que no rezan pero “llevan dentro un
grito sofocado” y para los que “se han equivocado y han perdido el camino”.
Del mismo modo, describe el
corazón del orante como “compasivo, que reza sin excluir a nadie”, es la “voz
de esa gente que sube a Jesús” con intercesiones. Ora por todos, carga “sobre
sus hombros dolores y pecados”, es como “una antena de Dios en este mundo. En
cada pobre que llama a la puerta, en cada persona que ha perdido el sentido de
las cosas, quien reza ve el rostro de Cristo”.
Intercesión
Francisco destaca que la
“verdadera oración” es la de rezar “en sintonía con la misericordia de Dios.
Misericordia en relación con nuestros pecados, que es misericordioso con
nosotros, pero también misericordia con todos aquellos que han pedido rezar por
ellos, que [por los cuales] queremos rezar en sintonía con el corazón de Dios”.
En el tiempo de la Iglesia, continúa, “la intercesión cristiana participa de la
de Cristo”, es la significación de la “comunión de los santos” porque “Cristo
delante del Padre es intercesor, reza por nosotros”.
Igualmente, prosigue, “quien no
ama al hermano no reza seriamente”, sino que “finge rezar”, ya que la oración
“solamente se da en espíritu de amor”, nunca de odio ni indiferencia.
Orar por la humanidad
Para el Obispo de Roma un orante
“movido por el Espíritu Santo” reza por cada persona sin emitir juicios ni
hacer selecciones, “reza por los pecadores” porque sabe que “no es demasiado
diferente” de ellos. También ha recuperado la parábola del fariseo y el
publicano para sentenciar que “todos somos hermanos en una comunidad de
fragilidad, de sufrimientos y en el ser pecadores”.
El mundo “va adelante gracias a
esta cadena de orantes que interceden y que son en su mayoría desconocidos…
¡pero no para Dios! Hay muchos cristianos desconocidos que, en tiempo de
persecución, han sabido repetir las palabras de nuestro Señor: ‘Padre,
perdónales, porque no saben lo que hacen’ (Lc 23,34)” .
Oración de intercesión de la
Iglesia
El Sucesor de Pedro recuerda que
el buen pastor sigue “siendo padre también cuando sus hijos se alejan y lo
abandonan”, permanece en el servicio también con quien se ensucia las manos,
pues “no cierra el corazón delante de quien quizá lo ha hecho sufrir”.
La Iglesia también practica la
oración de intercesión, resalta, sobre todo quien goza de responsabilidad como
padres, educadores, ministros, superiores.., pues “se trata de mirar con los
ojos y el corazón de Dios, con su misma invencible compasión y ternura. Rezar
con ternura por los otros”.
Por último, el Papa Francisco
expresa que “todos somos hojas del mismo árbol: cada desprendimiento nos
recuerda la gran piedad que debemos nutrir, en la oración, los unos por los
otros”.
A continuación, sigue la
catequesis completa del Santo Padre.
***
Catequesis 19. La oración de
intercesión.
Queridos hermanos y hermanas,
¡buenos días!
Quien reza no deja nunca el mundo
a sus espaldas. Si la oración no recoge las alegrías y los dolores, las
esperanzas y las angustias de la humanidad, se convierte en una actividad
“decorativa”, una actitud superficial, de teatro, una actitud intimista. Todos
necesitamos interioridad: retirarnos en un espacio y en un tiempo dedicado a
nuestra relación con Dios. Pero esto no quiere decir evadirse de la realidad.
En la oración, Dios “nos toma, nos bendice, y después nos parte y nos da”, para
el hambre de todos. Todo cristiano está llamado a convertirse, en las manos de
Dios, en pan partido y compartido. Es decir una oración concreta, que no sea
una evasión.
Así los hombres y las mujeres de oración buscan la soledad y el silencio, no para no ser molestados, sino para escuchar mejor la voz de Dios. A veces se retiran del mundo, en lo secreto de la propia habitación, como recomendaba Jesús (cfr. Mt 6,6), pero, allá donde estén, tienen siempre abierta la puerta de su corazón: una puerta abierta para los que rezan sin saber que rezan; para los que no rezan en absoluto pero llevan dentro un grito sofocado, una invocación escondida; para los que se han equivocado y han perdido el camino… Cualquiera puede llamar a la puerta de un orante y encontrar en él o en ella un corazón compasivo, que reza sin excluir a nadie.
La oración es nuestro corazón y nuestra voz, y se hace
corazón y voz de tanta gente que no sabe rezar o no reza, o no quiere rezar o
no puede rezar: nosotros somos el corazón y la voz de esta gente que sube a
Jesús, sube al Padre, como intercesores. En la soledad de quien reza —ya sea la
soledad de mucho tiempo o la soledad de media hora— por rezar, se separa de
todo y de todos para encontrar todo y a todos en Dios. Así el orante reza por
el mundo entero, llevando sobre sus hombros dolores y pecados. Reza por todos y
por cada uno: es como si fuera una “antena” de Dios en este mundo. En cada
pobre que llama a la puerta, en cada persona que ha perdido el sentido de las
cosas, quien reza ve el rostro de Cristo.
El Catecismo escribe: ‘Interceder, pedir en favor de otro es […] lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios’ (n. 2635). Esto es muy bonito. Cuando rezamos estamos en sintonía con la misericordia de Dios. Misericordia en relación con nuestros pecados, que es misericordioso con nosotros, pero también misericordia con todos aquellos que han pedido rezar por ellos, que [por los cuales] queremos rezar en sintonía con el corazón de Dios. Esta es la verdadera oración. En sintonía con la misericordia de Dios, ese corazón misericordioso. ‘En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos’ (ibid.).
¿Qué quiere decir que se participa en la intercesión de Cristo, cuando yo
intercedo por alguien o rezo por alguien? Porque Cristo delante del Padre es
intercesor, reza por nosotros, y reza haciendo ver al Padre las llagas de sus
manos; porque Jesús físicamente, con su cuerpo está delante del Padre. Jesús es
nuestro intercesor, y rezar es un poco hacer como Jesús; interceder en Jesús al
Padre, por los otros. Esto es muy bonito.
A la oración le importa el hombre. Simplemente
el hombre. Quien no ama al hermano no reza seriamente. Se puede decir: en
espíritu de odio no se puede rezar; en espíritu de indiferencia no se puede
rezar. La oración solamente se da en espíritu de amor. Quien no ama finge
rezar, o él cree que reza, pero no reza, porque falta precisamente el espíritu
que es el amor. En la Iglesia, quien conoce la tristeza o la alegría del otro
va más en profundidad de quien indaga los “sistemas máximos”. Por este motivo
hay una experiencia del humano en cada oración, porque las personas, aunque
puedan cometer errores, no deben ser nunca rechazadas o descartadas.
Cuando un creyente, movido por el Espíritu Santo, reza por los pecadores, no hace selecciones, no emite juicios de condena: reza por todos. Y reza también por sí mismo. En ese momento sabe que no es demasiado diferente de las personas por las que reza: se siente pecador, entre los pecadores, y reza por todos.
La lección de la parábola del
fariseo y del publicano es siempre viva y actual (cfr. Lc 18,9-14):
nosotros no somos mejores que nadie, todos somos hermanos en una comunidad de
fragilidad, de sufrimientos y en el ser pecadores. Por eso una oración que
podemos dirigir a Dios es esta: “Señor, no es justo ante ti ningún viviente
(cfr. Sal 143,2) —esto lo dice un salmo: ‘Señor, no es justo ante ti
ningún viviente’, ninguno de nosotros: todos somos pecadores—, todos somos
deudores que tienen una cuenta pendiente; no hay ninguno que sea impecable a
tus ojos. ¡Señor ten piedad de nosotros!”. Y con este espíritu la oración es
fecunda, porque vamos con humildad delante de Dios a rezar por todos. Sin
embargo, el fariseo rezaba de forma soberbia: “Te doy gracias, Señor, porque yo
no soy como esos pecadores; yo soy justo, hago siempre…”. Esta no es la
oración: esto es mirarse al espejo, a la realidad propia, mirarse al espejo
maquillado de la soberbia.
El mundo va adelante gracias a
esta cadena de orantes que interceden, y que son en su mayoría desconocidos…
¡pero no para Dios! Hay muchos cristianos desconocidos que, en tiempo de
persecución, han sabido repetir las palabras de nuestro Señor: ‘Padre, perdónales,
porque no saben lo que hacen’ (Lc 23,34).
El buen pastor permanece fiel
también delante de la constatación del pecado de la propia gente: el buen
pastor continúa siendo padre también cuando sus hijos se alejan y lo abandonan.
Persevera en el servicio de pastor también en relación con quien lo lleva a
ensuciarse las manos; no cierra el corazón delante de quien quizá lo ha hecho
sufrir.
La Iglesia, en todos sus
miembros, tiene la misión de practicar la oración de intercesión, intercede por
los otros. En particular tiene el deber quien está en un rol de
responsabilidad: padres, educadores, ministros ordenados, superiores de
comunidad… Como Abraham y Moisés, a veces deben “defender” delante de Dios a
las personas encomendadas a ellos. En realidad, se trata de mirar con los ojos
y el corazón de Dios, con su misma invencible compasión y ternura. Rezar con
ternura por los otros.
Hermanos y hermanas, todos somos
hojas del mismo árbol: cada desprendimiento nos recuerda la gran piedad que
debemos nutrir, en la oración, los unos por los otros. Recemos los unos por los
otros: nos hará bien a nosotros y hará bien a todos. ¡Gracias!
© Librería Editora Vaticana
Gabriel Sales Triguero
Fuente: Zenit






