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¿Es la puesta en práctica
de los valores cristianos: sentido de compartir, aceptación de
todos, incluso los más frágiles, respeto de
la persona…?
Ciertamente. Pero sería ofender a la enseñanza
pública dudar que esta también comparta esos valores, comunes a todas las
escuelas.
Los trastornos de identidad de la
educación católica
¿Este carácter propio no sería más bien la adhesión
plena y completa a las verdades de la fe católica?
Sin embargo, eso no es algo que pueda exigirse a
los directores de centros, profesores, padres o alumnos, en nombre de la
libertad de conciencia presentada como indisociable del carácter propio.
De
hecho, la adhesión a la fe católica no es por lo general la razón prioritaria
por la que los padres inscriben a sus hijos en una escuela católica. Y tampoco
es la razón mayoritaria por la que los educadores solicitan trabajo en ellas.
Sin
embargo, ¿se puede hablar aún de un “carácter”, un marcador real
identificativo, cuando un establecimiento escolar lucha por encontrar un número
suficiente de los actores que se supone que deben hacerla existir? ¿Es un
carácter esencial o una etiqueta “autoadhesiva reubicable”?
Conocemos este debate. En cambio, lo que se conoce
menos es que esta controversia es en realidad la traducción y la caja de
resonancia de una cuestión teológica fundamental.
Tratando con antelación esta cuestión teológica,
nos damos los medios para arrojar luz sobre nuestros problemas de identidad.
La cuestión es la siguiente: ¿existe una moral o, con otras palabras, un
modo de vida que sea específicamente cristiano?
¿Hay que separar la moral de la
espiritualidad?
Por un lado, las normas y preceptos
sobre el comportamiento:
las virtudes morales como la justicia, la fidelidad, la honestidad, el respeto
a la palabra dada… Podemos considerar con todo derecho que estas normas son
exigibles: esperamos de un educador, por ejemplo, que se ciña a estos
compromisos.
Por otro lado, la espiritualidad, el movimiento
del alma que nos orienta hacia Cristo y nos inspira la fe,
el amor a
Dios y al prójimo, el deseo de la salvación, y la vida sacramental.
Evidentemente, no puede ser impuesta.
¿En qué desemboca esta distinción? En apariencia, agrada a todo
el mundo, cristianos y no cristianos: los valores cristianos
se consideran ante todo plenamente humanos, universales y,
por lo tanto, no son el coto privado de los católicos bautizados que se
inclinan por el misticismo.
Y concedemos a los católicos fervientes el derecho
a pensar que dirigen su vida o su educación “a la luz del Evangelio”; no vemos
a quién podría molestarle esto.
Al nadar entre dos aguas,
llegamos a negar la existencia de un estilo de vida específicamente cristiano y
justificamos la eliminación de la transmisión de la fe.
El encuentro con
Cristo se expresa en todo
En el fondo, no se trata de separar la moral humanista
de la espiritualidad para venderlas luego en piezas separadas.
Existe claramente una
moral específicamente cristiana, alimentada por la fe, la esperanza y la
caridad, nutrida por una visión teológica del cuerpo, de los fines últimos y de
la antropología.
La adhesión a Cristo y a
la Iglesia compromete a toda la persona y se realiza plenamente en nuestros
actos concretos: en el niño
que nos es dado a cuidar recibimos a Jesús mismo.
Por eso la heroicidad de las virtudes es
la firma de los santos: Cristo nos pide nada menos que
seguirlo hasta la entrega total de nosotros mismos, y su cruz,
que Él nos invita a cargar, no es producto de la imaginación.
Al contrario, nuestras decisiones,
pequeñas y grandes, tienen un impacto profundo en nuestra vida íntima,
hasta el punto de alimentar o perjudicar nuestra relación con Dios y la
perspectiva que tenemos sobre los demás: implican a la persona
en su totalidad.
¿Lo que define concretamente al cristiano? Ese
encuentro con Jesús, ese impacto en el corazón por el rostro de Cristo que transforma toda
una vida, que lleva a hacer el bien más allá de lo “razonable”, que infunde el
ardiente deseo de llevar a Dios a todos aquellos que aún no lo conocen. Este es
su carácter propio.
Jeanne Larghero
Fuente: Aleteia






