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| Misa en el Vaticano por la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. Foto: Captura Youtubre |
A continuación, el texto completo de la homilía del Papa
Francisco:
Bendecir. En el Libro de los Números el Señor pide que
los ministros sagrados bendigan a su pueblo: «Bendeciréis a los hijos de Israel
y diréis: “El Señor te bendiga”» (6,23-24). No es una exhortación piadosa, sino
una petición concreta. Y es importante que también hoy los sacerdotes bendigan
al Pueblo de Dios, sin cansarse; y que además todos los fieles sean portadores
de bendición, que bendigan.
El Señor sabe que necesitamos ser bendecidos: lo primero que
hizo después de la creación fue decir bien de cada cosa y decir muy bien de
nosotros. Pero ahora, con el Hijo de Dios, no recibimos sólo palabras de
bendición, sino la misma bendición: Jesús es la bendición del Padre. En Él el
Padre, dice san Pablo, nos bendice «con toda clase de bendiciones» (Ef 1,3).
Cada vez que abrimos el corazón a Jesús, la bendición de Dios entra en nuestra
vida.
Hoy celebramos al Hijo de Dios, el Bendito por naturaleza,
que viene a nosotros a través de la Madre, la bendita por gracia. María nos
trae de ese modo la bendición de Dios. Donde está ella llega Jesús. Por eso
necesitamos acogerla, como santa Isabel, que la hizo entrar en su casa,
inmediatamente reconoció la bendición y dijo: «¡Bendita tú entre las mujeres, y
bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42).
Son las palabras que repetimos en el Avemaría. Acogiendo a
María somos bendecidos, pero también aprendemos a bendecir. La Virgen, de
hecho, enseña que la bendición se recibe para darla. Ella, la bendita, fue
bendición para todos los que la encontraron: para Isabel, para los esposos de
Caná, para los Apóstoles en el Cenáculo… También nosotros estamos llamados a
bendecir, a decir bien en nombre de Dios.
El mundo está gravemente contaminado por el decir mal y por
el pensar mal de los demás, de la sociedad, de sí mismos. Pero la maldición
corrompe, hace que todo degenere, mientras que la bendición regenera, da fuerza
para comenzar de nuevo. Pidamos a la Madre de Dios la gracia de ser para los
demás portadores gozosos de la bendición de Dios, como ella lo es para
nosotros.
El segundo verbo es nacer. San Pablo remarca que el
Hijo de Dios ha «nacido de una mujer» (Gal 4,4). En pocas palabras nos dice una
cosa maravillosa: que el Señor nació como nosotros. No apareció ya adulto, sino
niño; no vino al mundo él solo, sino de una mujer, después de nueve meses en el
seno de la Madre, a quien dejó que formara su propia humanidad.
El corazón del Señor comenzó a latir en María, el Dios de la
vida tomó el oxígeno de ella. Desde entonces María nos une a Dios, porque en
ella Dios se unió a nuestra carne para siempre. María —le gustaba decir a san
Francisco— «ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad» (SAN BUENAVENTURA,
Legenda major, 9,3). Ella no es sólo el puente entre Dios y nosotros, es más
todavía: es el camino que Dios ha recorrido para llegar a nosotros y es la
senda que debemos recorrer nosotros para llegar a Él.
A través de María encontramos a Dios como Él quiere: en la
ternura, en la intimidad, en la carne. Sí, porque Jesús no es una idea
abstracta, es concreto, encarnado, nació de mujer y creció pacientemente. Las
mujeres conocen esta concreción paciente, nosotros los hombres somos
frecuentemente más abstractos y queremos las cosas inmediatamente; las mujeres
son concretas y saben tejer con paciencia los hilos de la vida. Cuántas
mujeres, cuántas madres de este modo hacen nacer y renacer la vida, dando un
porvenir al mundo.
No estamos en el mundo para morir, sino para generar vida.
La Santa Madre de Dios nos enseña que el primer paso para dar vida a lo que nos
rodea es amarlo en nuestro interior. Ella, dice hoy el Evangelio, “conservaba
todo en su corazón” (cf. Lc 2,19). Del corazón nace el bien: qué importante es
tener limpio el corazón, custodiar la vida interior, la oración. Qué importante
es educar el corazón al cuidado, a valorar a las personas y las cosas.
Todo comienza ahí, del hacerse cargo de los demás, del
mundo, de la creación. No sirve conocer muchas personas y muchas cosas si no
nos ocupamos de ellas. Este año, mientras esperamos una recuperación y nuevos
tratamientos, no dejemos de lado el cuidado. Porque, además de la vacuna para
el cuerpo se necesita la vacuna para el corazón, que es el cuidado. Será un
buen año si cuidamos a los otros, como hace la Virgen con nosotros.
El tercer verbo es encontrar. El Evangelio nos dice que
los pastores «encontraron a María y a José, y al Niño» (v. 16) No encontraron
signos prodigiosos y espectaculares, sino una familia sencilla. Allí, sin
embargo, encontraron verdaderamente a Dios, que es grandeza en lo pequeño,
fortaleza en la ternura. Pero, ¿cómo hicieron los pastores para encontrar este
signo tan poco llamativo? Fueron llamados por un ángel.
Tampoco nosotros habríamos encontrado a Dios si no
hubiésemos sido llamados por gracia. No podíamos imaginar un Dios semejante,
que nace de una mujer y revoluciona la historia con la ternura, pero por gracia
lo hemos encontrado. Y hemos descubierto que su perdón nos hace renacer, su
consuelo enciende la esperanza, su presencia da una alegría incontenible.
Lo hemos encontrado, pero no debemos perderlo de vista. El
Señor, de hecho, no se encuentra una vez para siempre: hemos de encontrarlo
cada día. Por eso el Evangelio describe a los pastores siempre en búsqueda, en
movimiento: “fueron corriendo, encontraron, contaron, se volvieron dando gloria
y alabanza a Dios” (cf. vv. 16-17.20). No eran pasivos, porque para acoger la
gracia es necesario mantenerse activos.
Y nosotros, ¿qué debemos encontrar al inicio de este año?
Sería hermoso encontrar tiempo para alguien. El tiempo es una riqueza que todos
tenemos, pero de la que somos celosos, porque queremos usarla sólo para
nosotros.
Hemos de pedir la gracia de encontrar tiempo para Dios y
para el prójimo: para el que está solo, para el que sufre, para el que necesita
ser escuchado y cuidado. Si encontramos tiempo para regalar, nos sorprenderemos
y seremos felices, como los pastores. Que la Virgen, que ha llevado a Dios en
el tiempo, nos ayude a dar nuestro tiempo. Santa Madre de Dios, a ti te
consagramos el nuevo año.
Tú, que sabes custodiar en el corazón, cuídanos. Bendice
nuestro tiempo y enséñanos a encontrar tiempo para Dios y para los demás.
Nosotros con alegría y confianza te aclamamos: ¡Santa Madre de Dios! ¡Santa
Madre de Dios! ¡Santa Madre de Dios!
Fuente: ACI Prensa






