Quítate de encima imágenes que
falsean el tesoro único que guardas dentro y déjate ayudar por los que te
quieren para encontrarlo... aunque el último tramo debes recorrerlo tú en
silencio
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| Benjavisa Ruangvaree Art | Shutterstock |
«Perciben la imagen que
proyectamos».
Ven lo que proyecto. Si tengo
miedo perciben mi miedo. O si me siento inseguro palpan mi inseguridad. Y si
pienso que voy a fracasar percibirán mi temor ante una posible derrota. Lo
que proyecto es lo que cuenta.
Pero no puedo vivir
queriendo proyectar una imagen perfecta e inmaculada, eso me desgasta y
acaba matando por dentro.
No puedo depender tanto de cómo me ven los demás, de cómo me valoran. No puedo vivir haciendo encuestas para saber mi popularidad, buscando un amor que no siempre recibo en la medida que deseo.
Decía el padre José Kentenich:
«Les pido encarecidamente que sean
independientes frente a los juicios humanos. Si yo no hubiese sido
absolutamente independiente frente a los hombres, todo habría fracasado. Pero
yo siempre pensaba: esto corresponde al deseo de Dios«.
El mundo espeja mi imagen. En él
me veo reflejado. Y no siempre me gusta lo que veo. La imagen que me dan los
demás de mí mismo no siempre coincide con la realidad. Decía el siquiatra
Enrique Rojas:
«Todos tenemos tres caras: lo que
yo pienso que soy (autoconcepto), lo que los demás piensan de mí (imagen) y lo
que realmente soy (la verdad sobre mí mismo)».
Yo veo una parte de mi verdad,
pero a menudo esa imagen viene distorsionada por mis experiencias vitales desde
niño. Lo que he percibido. La aceptación o el rechazo. Las críticas o los
halagos. Todo va formando una imagen de mí dentro de mi alma.
Me veo de una forma y a veces esa
manera es errónea. No soy tan torpe como me han dicho desde pequeño. Ni tampoco
soy tan mentiroso. A lo mejor no soy tan ingenuo ni tan duro.
He recibido golpes y me han ido
haciendo de una manera. Me percibo peor muchas veces de lo que realmente
soy. Necesito entonces a personas junto a mí que me quieran y me digan quién
soy y cómo me ven. Necesito ojos que me vean como me ve Dios.
No es tan sencillo tener amigos
buenos que me quieran y acepten en mi verdad. Padres que me hablen y me miren
como un hijo precioso.
No es fácil que la persona que
más me ama sepa decirme cómo soy, a veces puede estar contaminada por
experiencias recientes que le llevan a ver sólo un parte de mi verdad.
Buscando mi verdadero yo
Entonces necesito hacer un camino
más profundo, buscar en mi interior mi verdadero yo, mi imagen más
auténtica, mi verdad sin ropajes, sin tatuajes, sin máscaras. Mi verdad
desnuda, sin arreglos ni mentiras.
Lo que los demás piensan sobre mí
a menudo no me ayuda. Porque no me conocen de verdad y se quedan en
lo que proyecto, en lo que han oído sobre mí, en lo que han percibido de forma
sesgada.
Han escuchado algo, han leído
algo escrito por mí, o dicho por mí. Lo interpretan y creen poseer un juicio
exacto y verdadero. Pero sólo tienen una parte de mi verdad, el lado visible,
pero no toda la verdad.
Y quizás su mirada exagera, y no
ve nada más que ese aspecto. Se queda a mitad de camino para llegar a la verdad
que llevo dentro.
No me vale con lo que otros dicen
sobre mí para saber cómo soy. Me ayudan los que están más cerca de mí y han
visto todos los lados ocultos que muchos no ven.
Conocen mi pecado, mi debilidad,
mis pasiones, mis tensiones internas, mis conflictos profundos. Han palpado mi
debilidad y me han visto desvalido, enfermo, necesitado, débil, confundido.
Han percibido que no lo hago todo
tan bien como intento mostrarle al mundo. Aman mi lado más humano y me lo
recuerdan para que me conozca bien, para que sepa quién soy en realidad. Esa
verdad de los demás me ayuda.
Y en lo más profundo de mi
interior…
Pero luego tengo que dar un
paso más y adentrarme en mi alma. Allí vive Dios oculto en mi
pobreza, amando mi rostro de niño que quiere entregarse sin máscaras, en su
debilidad, al Dios de su vida.
Ese Dios al que amo me refleja mi
verdadero yo. Necesito hacer silencio para encontrarme conmigo
mismo en el rincón más oscuro y valioso de mi alma.
Allí donde sólo puedo adentrarme
yo, de rodillas, dispuesto a amar el rostro que reconozca como el mío. Sin
miedo a lo que pueda ver. Sabiendo que sea lo que sea es lo que Dios más
ama.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






