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| Imagen referencial. Foto: Unsplash |
En ese
documento, se insiste en la necesidad de que, a raíz de la pandemia de
coronavirus que ha provocado numerosas muertes entre ancianos, sobre todo en
residencias, la sociedad cambie su mentalidad en relación a las personas
mayores y las vuelva a integrar en los ambientes familiares.
En el
documento se resumen esa idea con una frase: “Aprender a honrar a los ancianos
es crucial para el futuro de nuestras sociedades y, en última instancia, para
nuestro futuro”.
Una lección para aprender
En el
documento de la Pontificia Academia para la Vida se recuerda que “los ancianos
están entre los más afectados por la pandemia. El número de muertos entre las
personas mayores de 65 años es impresionante”. “No deberían morir así”,
subraya.
En concreto,
se refiere al estado de abandono en que muchos ancianos se encuentran en las
residencias en las que viven: “No nos damos cuenta de que aislar a las personas
ancianas y abandonarlas a cargo de otros sin un adecuado y solidario
acompañamiento de la familia, mutila y empobrece a la misma familia”.
El Covid 19 y
los ancianos
“Durante la
primera ola de la pandemia, una parte considerable de los fallecidos de Covid
19 se produjo en las instituciones para ancianos”, se lamenta.
Esas
residencias, deberían haber sido “lugares donde se protegiera a la parte más
frágil de la sociedad y donde, en cambio, la muerte golpeó de forma más
desproporcional con respecto a las casas y los ambientes familiares”.
“Las
instituciones de ancianos, sobre todo de los más vulnerables y solos, propuesta
como única solución posible para cuidarlos, en muchos contextos sociales revela
una ausencia de atención y de sensibilidad hacia los más débiles”, se advierte.
En ese
contexto se señala que “sería muy necesario dedicar medios y financiación
dirigida a garantizar los mejores cuidados posibles a quien tiene necesidad, en
un ambiente más familiar”.
Por ello, “es
más oportuno que nunca realizar una reflexión atenta, con amplitud de miras y
honesta sobre de qué modo la sociedad contemporánea debería acercarse a la
población anciana, sobre todo allí donde se encuentra en una mayor debilidad”.
“Necesitamos
una nueva visión, un nuevo paradigma que permita a la sociedad cuidar a los
ancianos”, se afirma.
La bendición
de una vida larga
En el texto difundido
se afirma que “según los datos de la Organización Mundial de la Salud, en 2050
en el mundo habrá 2 mil millones de mayores de 60 años. Es decir, 1 persona de
cada 5 será anciana”.
Para la Santa
Sede, “ser anciano es un don de Dios, es un enorme recurso, una conquista que
se debe proteger con cuidado, también cuando la enfermedad incapacita y surge
la necesidad de asistencia integrada y de elevada calidad. Es innegable que la
pandemia ha fortalecido en todos nosotros que la riqueza de los años es un tesoro
que se debe valorar y proteger”.
Se explica que
“los datos dicen que la población anciana crece más velozmente en las áreas
urbanas respecto a las rurales, y que en ellas la concentración de ancianas es
mayor”.
“Al contrario
de lo que una visión estereotipada puede hacer imaginar, a nivel global las
ciudades son lugares donde, de media, se vive más. Los ancianos, por lo tanto,
son numerosos, pero es indispensable hacer las ciudades más habitables para
ellos”.
Por lo tanto,
“es esencial hacer de nuestras ciudades lugares inclusivos para acoger a los
ancianos y, en general, para todas las formas de fragilidad”.
Un nuevo
modelo de cuidado y de asistencia a los ancianos más frágiles
Se indica en
el documento que “a nivel cultural y de conciencia civil y cristiana, es más
oportuno que nunca un profundo replanteamiento de los modelos asistenciales
para los ancianos. Aprender a honrar a los ancianos es crucial para el futuro
de nuestras sociedades y, en última instancia, para nuestro futuro”.
Se destaca “el
deber de crear las mejores condiciones para que los ancianos puedan vivir esta
particular fase de la vida, en la medida de lo posible, en el ambiente de sus
familias con sus amistades habituales”.
La persona,
por lo tanto, “debe estar en el corazón de este nuevo paradigma de asistencia y
de cuidado de los ancianos más frágiles”.
En ese
sentido, se propone “una alianza atenta y creativa entre las familias, los
sistemas sociosanitarios, el voluntariado y todos los actores que trabajan
sobre el terreno puede evitar que una persona anciana se vea obligada a dejar
su hogar”.
Recalificar la
residencia como una continuación socio-sanitario
A la luz de
estas premisas, “las casas de reposo deberían redefinirse en una extensión
sociosanitaria, es decir, que ofrezcan algunos de sus servicios directamente en
los domicilios de los ancianos”.
“Todo esto
hace todavía más evidente la necesidad de ayudar a las familias que, sobre todo
las que están formadas por pocos hijos y nietos, no pueden sostener por sí mismas,
en una habitación, la responsabilidad a veces agotadora de cuidar de una
persona con una enfermedad exigente, costosa en términos de energías y dinero”.
Y se propone
reinventar “una red de solidaridad más amplia, no necesariamente y
exclusivamente fundada sobre vínculos de sangre, pero articulada según los
vínculos de pertenencia, las amistades, las afinidades, la recíproca
generosidad al responder a las necesidades de los demás”.
Los ancianos y
la fuerza de la fragilidad
La Iglesia
también tiene una gran responsabilidad en la búsqueda de ese objetivo: “En este
horizonte, también las Diócesis, las parroquias y las comunidades eclesiales
están invitadas a una reflexión más atenta hacia el mundo de los ancianos”.
La presencia
de los ancianos en el ámbito familiar, continúa el documento, “es un gran
recurso. Basta con pensar en el papel determinante que han tenido en la
conservación y en la transmisión de la fe a los jóvenes en países bajo
regímenes ateos y autoritarios. Y en todo lo que continúan haciendo tantos
abuelos para transmitir la fe a los nietos”.
“Jóvenes y
ancianos, de hecho, encontrándose, pueden aportar al tejido social la nueva
linfa del humanismo que haría más solidaria a la sociedad. Muchas veces el Papa
Francisco ha exhortado a los jóvenes a permanecer al lado de los ancianos”.
Asimismo, se
resalta el lado espiritual de la vejez: “El hombre que envejece no se acerca al
final, sino al misterio de la eternidad; para comprenderlo es necesario
acercarse a Dios y vivir en una relación con Él. Cuidar de la espiritualidad de
los ancianos, de sus necesidades de intimidad con Cristo y de compartir la fe
es una obligación de caridad en la Iglesia”.
De esa manera,
“también es precioso el testimonio que los ancianos pueden dar a sus familias.
Ese testimonio puede leerse como un magisterio, como una enseñanza de vida”.
La vejez “es
la edad propicia para el abandono a Dios. Mientras el cuerpo se debilita, la
vitalidad psíquica, la memoria y la mente disminuyen, se hace cada vez más
evidente la dependencia de la persona humana de Dios”.
“Es cierto que
hay quien puede sentir la vejez como una condena, pero también quien la puede
sentir como una ocasión para reiniciar la relación con Dios. Una vez caídos los
pilares humanos, la fe se convierte en la virtud fundamental, vivida no sólo
como adhesión a la verdad revelada, sino como certeza del amor de Dios que no
abandona”.
Para los más
jóvenes de la familia “la debilidad de los ancianos también es provocadora:
invita a los más jóvenes a aceptar la dependencia de los demás como modo de
afrontar la vida. Sólo una cultura inmadura emplea el término ‘anciano’ como un
desprecio. Una sociedad que sabe acoger la debilidad de los ancianos es capaz
de ofrecer a todos una esperanza para el futuro”.
El documento
finaliza insistiendo en que el conjunto de la sociedad debe cambiar su
mentalidad respecto a la última etapa de la vida y acoger a los ancianos:
“El conjunto
de la sociedad civil, la Iglesia y las diferentes tradiciones religiosas, el
mundo de la cultura, de la escuela, del voluntariado, del espectáculo, de la
economía y de las comunicaciones sociales deben sentir la responsabilidad de
sugerir y apoyar nuevas y decisivas medidas para que sea posible que los
ancianos puedan estar acompañados y asistidos en sus contextos familiares, en
sus casas y, también, en los ambientes domiciliares que se parezcan más a un
hogar que a un hospital”.
Fuente: ACI Prensa






