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| Khosro | Shutterstock |
En particular, en
los primeros meses de encierro, asistimos a misa por zoom, Facebook o YouTube;
incluso aún hoy, mucha gente lo sigue haciendo. Así, nos encontramos ante un
nuevo fenómeno: la gente empieza a preferir esta vía remota para participar en
la Eucaristía.
El riesgo de la distancia
Salvo aquellas
situaciones en las que es imposible ir a la parroquia, ver la celebración desde una pantalla nos
convierte en espectadores. Es como si por un lado hubiera una
comunidad que festeja, y por el otro, alguien que mira desde fuera.
La liturgia eucarística
es una experiencia que toca nuestra sensibilidad, nos lleva, nos compromete.
Nos da la imagen clara de ser un cuerpo con otros creyentes, un pueblo. La
Eucaristía, por tanto, no es algo que solo disfruto sino algo que yo mismo
ayudo a realizar.
Sin ser tocados
Cada vez más nos
convertimos en personas protegidas, es decir, personas que no quieren ser tocadas y
se mantienen a distancia. Es la imagen del creyente rutinario, que vive por
costumbre una experiencia que ya no le dice nada.
De hecho, la
Palabra de Dios siempre habla, somos nosotros los que muchas veces nos
congelamos para no escuchar lo que el Señor quiere decirnos.
Cuando en la
oración no sentimos ningún movimiento interior ante la Palabra de Dios, puede
ser útil hacernos una pregunta: ¿qué
es lo que no quiero oír?
A veces, por
ejemplo, en la comunicación humana, nos
cerramos para evitar ser heridos. Cuando nos sentimos
decepcionados o débiles, tendemos a poner distancia. Tenemos miedo de que nos
golpeen, tenemos miedo de cada palabra que pueda herirnos.
La mayoría de
veces preferimos una vida tranquila, una vida como la de aquellos que quieren
estar ahí para oír o ver sin estar involucrados, sin ser tocados, prefiriendo,
por el contrario salir ilesos y controlar la situación.
Déjate herir
A veces evitamos
que la Palabra de Dios nos hable porque intuimos que pondría nuestra vida en
crisis.
Paradójicamente,
cuanto más conocemos al Señor es cuando más nos sentimos tentados a mantenernos
a distancia,
porque entendemos lo que podría causar en nuestra vida y lo que podría
pedirnos.
De hecho, el encuentro
verdadero con la Palabra de Dios no es indoloro, nos toca, nos hiere, nos mueve
y nos lanza al éxodo.
Como escribió el
Papa Francisco en Evangelii
gaudium, los predicadores deben ser los primeros en dejarse
herir «por la Palabra de Dios
viva y eficaz, para que penetre en el corazón de sus oyentes» (EG
150).
Así también
entendemos lo que quiere decir Marcos al afirmar que Jesús enseñó de manera
diferente a los escribas, es decir, con autoridad: Jesús es el primero en
involucrarse en la palabra que Él mismo proclama.
Una palabra para vivir
La Palabra de
Dios no existe simplemente para ser observada con admiración, es una palabra
para ser vivida.
Muchas veces las
personas aprecian las homilías en base a un placer puramente estético. Pero el
propósito de la predicación no puede ser la habilidad retórica únicamente. Debe
estar al servicio de una transformación,
de una conversión del
corazón, que es el verdadero propósito del anuncio.
Se dice que un
día un gran predicador de la catedral de Notre Dame, intrigado por la fama de
san Juan María Vianney, fue al pequeño pueblo de Ars.
San Juan María,
avergonzado por la visita de ese ilustre predicador, dijo tímidamente: «¡Me dijeron que cuando predicas en Notre
Dame la gente sube a los confesionarios para escucharte!».
Pero el ilustre
predicador, habiendo comprendido ya ante quien se encontraba, respondió: «¡Sí, pero cuando predicas veo que la gente
entra en los confesionarios! ».
De hecho, el
famoso predicador de Notre Dame sabía bien que el verdadero propósito de la predicación es
la conversión del corazón, no la apreciación estética del
habla.
¿Estás abierto?
Es evidente,
entonces, que la Palabra de Dios nos está preguntando cuánto nos dejamos tocar
por ella, cuán dispuestos estamos a cuestionarnos y cuán abiertos estamos a la
conversión.
De hecho, es muy
probable que también nosotros -cuando preferimos nuestro cómodo sillón para
participar de la Eucaristía- estemos buscando y encontrado alguna estrategia
para no ser molestados y heridos en nuestra vida cómoda y tranquila.
Luisa Restrepo
Fuente: Aleteia






