8 – Marzo. Lunes de la III semana de Cuaresma
En aquel tiempo, Jesús llegó a
Nazaret, entró a la sinagoga y dijo al pueblo: “Yo les aseguro que nadie es
profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos
de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre
terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías,
sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos
en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue
curado, sino Naamán, que era de Siria”.
Al oír esto, todos los que
estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la
ciudad y lo llevaron hasta una saliente del monte, sobre el que estaba
construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos,
se alejó de allí.
PALABRAS DEL SANTO PADRE
"En la viuda que echa sus
dos monedas en el tesoro del templo podemos ver la 'imagen de la Iglesia' que
debe ser pobre, humilde y fiel. [...] Me gusta ver en esta figura a la Iglesia
que es en cierto sentido una 'viuda singular' porque espera el retorno de su
Esposo que volverá... Una viuda que sin embargo ya tiene a su Esposo en la
Eucaristía, en la Palabra de Dios, en los pobres, sí: pero espera que vuelva,
¿no? La viuda del evangelio de hoy no era importante, el nombre de esta viuda
no aparecía en los periódicos. Nadie la conocía. No tenía títulos, nada. Nada.
No brilló con su propia luz. Eso es lo que me lleva a ver en esta mujer la
figura de la Iglesia. La gran virtud de la Iglesia debe ser no brillar con su
propia luz, sino brillar con la luz que viene de su Esposo". (Santa
Marta - 24 de noviembre de 2014)
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