Jesús no sólo nos purifica de nuestros pecados, sino que nos hace partícipes de su misma fuerza y sabiduría
“La Iglesia en Irak, con la
gracia de Dios, hizo y está haciendo mucho por anunciar esta maravillosa
sabiduría de la cruz propagando la misericordia y el perdón de Cristo,
especialmente a los más necesitados. También en medio de una gran pobreza y
dificultad, muchos de ustedes han ofrecido generosamente una ayuda concreta y
solidaridad a los pobres y a los que sufren. Este es uno de los motivos que me
han impulsado a venir como peregrino entre ustedes, a agradecerles y
confirmarlos en la fe y en el testimonio”, señaló el Papa.
A continuación, el texto completo de la Homilía del Papa Francisco durante la Misa en Erbil:
San Pablo nos ha recordado que «Cristo
es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1,24). Jesús reveló esta
fuerza y esta sabiduría sobre todo con la misericordia y el perdón. No quiso
hacerlo con demostraciones de fuerza o imponiendo su voz desde lo alto, ni con
largos discursos o exhibiciones de una ciencia incomparable. Lo hizo dando su
vida en la cruz. Reveló la sabiduría y la fuerza divina mostrándonos, hasta
el final, la fidelidad del amor del Padre; la fidelidad del Dios de la Alianza,
que hizo salir a su pueblo de la esclavitud y lo guio por el camino de la
libertad (cf. Ex 20,1-2).
Qué fácil es caer en la trampa
de pensar que debemos demostrar a los demás que somos fuertes, que somos
sabios... En la trampa de fabricarnos falsas imágenes de Dios que nos den
seguridad... (cf. Ex 20,4-5). En realidad, es lo contrario, todos
necesitamos la fuerza y la sabiduría de Dios revelada por Jesús en la cruz.
En el Calvario, Él ofreció al Padre las heridas por las cuales nosotros hemos
sido curados (cf. 1 P 2,24).
Aquí en Irak, cuántos de sus
hermanos y hermanas, amigos y conciudadanos llevan las heridas de la guerra y
de la violencia, heridas visibles e invisibles. La tentación es responder a
estos y a otros hechos dolorosos con una fuerza humana, con una sabiduría
humana. En cambio, Jesús nos muestra el camino de Dios, el que Él recorrió y
en el que nos llama a seguirlo.
En el Evangelio que acabamos de
escuchar (Jn 2,13-25), vemos que Jesús echó del Templo de Jerusalén a
los cambistas y a todos aquellos que compraban y vendían. ¿Por qué Jesús
hizo ese gesto tan fuerte, tan provocador? nos preguntamos. Lo hizo porque el
Padre lo mandó a purificar el templo, no sólo el templo de piedra, sino sobre
todo el de nuestro corazón. Como Jesús no toleró que la casa de su Padre se
convirtiera en un mercado (cf. Jn 2,16), del mismo modo desea que
nuestro corazón no sea un lugar de agitación, desorden y confusión.
El corazón se limpia, se ordena,
se purifica. ¿De qué? De las falsedades que lo ensucian, de la doblez de la
hipocresía; todos las tenemos, todos. Son enfermedades que lastiman el
corazón, que enturbian la vida, la hacen doble. Necesitamos ser limpiados de
nuestras falsas seguridades, que regatean la fe en Dios con cosas que pasan,
con las conveniencias del momento. Necesitamos eliminar de nuestro corazón y
de la Iglesia las nefastas sugestiones del poder y del dinero.
Para limpiar el corazón
necesitamos ensuciarnos las manos, sentirnos responsables y no quedarnos de
brazos cruzados mientras el hermano y la hermana sufren. Pero, ¿cómo purificar
el corazón? Solos no somos capaces, necesitamos a Jesús. Él tiene el poder
de vencer nuestros males, de curar nuestras enfermedades, de restaurar el
templo de nuestro corazón.
Para confirmar esto, como signo
de su autoridad dice: «Destruyan este Templo y en tres días lo levantaré de
nuevo» (v. 19). Jesucristo, sólo Él, puede purificarnos de las obras del mal,
Él que murió y resucitó, Él que es el Señor.
Queridos hermanos y hermanas:
Dios no nos deja morir en nuestro pecado. Incluso cuando le damos la espalda,
no nos abandona a nuestra propia suerte. Nos busca, nos sigue, para llamarnos
al arrepentimiento y para purificarnos. «Juro por mi vida -oráculo del Señor
Dios- que no me complazco en la muerte del malvado, sino en que se convierta de
su mala conducta y viva» (33,11). El Señor quiere que nos salvemos y que
seamos templos vivos de su amor, en la fraternidad, en el servicio y en la
misericordia.
Jesús no sólo nos purifica de
nuestros pecados, sino que nos hace partícipes de su misma fuerza y
sabiduría. Nos libera de un modo de entender la fe, la familia, la comunidad
que divide, que contrapone, que excluye, para que podamos construir una Iglesia
y una sociedad abiertas a todos y solícitas hacia nuestros hermanos y hermanas
más necesitados. Y al mismo tiempo nos fortalece, para que sepamos resistir a
la tentación de buscar venganza, que nos hunde en una espiral de represalias
sin fin.
Con la fuerza del Espíritu Santo
nos envía, no a hacer proselitismo, sino como sus discípulos misioneros,
hombres y mujeres llamados a testimoniar que el Evangelio tiene el poder de
cambiar la vida. El Resucitado nos hace instrumentos de la paz de Dios y de su
misericordia, nos hace artesanos pacientes y valientes de un nuevo orden
social. Así, por la potencia de Cristo y de su Espíritu, sucede lo que
profetizó el apóstol Pablo a los Corintios: «Lo que parece locura en Dios es
más sabio que todo lo humano, y lo que parece debilidad en Dios es más fuerte
que todo lo humano» (1 Co 1,25). Comunidades cristianas formadas por gente
humilde y sencilla se convierten en signo del Reino que llega, Reino de amor,
de justicia y de paz.
«Destruyan este Templo y en tres
días lo levantaré de nuevo» (Jn 2,19). Hablaba del templo de su cuerpo
y, por tanto, también de su Iglesia. El Señor nos promete que, con la fuerza
de su Resurrección, puede hacernos resurgir a nosotros y a nuestras
comunidades de los destrozos provocados por la injusticia, la división y el
odio. Es la promesa que celebramos en esta Eucaristía. Con los ojos de la fe,
reconocemos la presencia del Señor crucificado y resucitado en medio de
nosotros, aprendemos a acoger su sabiduría liberadora, a descansar en sus
llagas y a encontrar sanación y fuerza para servir a su Reino que viene a
nuestro mundo. Por sus llagas hemos sido curados (cf. 1 P 2,24); en
sus heridas, queridos hermanos y hermanas, encontramos el bálsamo de su amor
misericordioso; porque Él, Buen Samaritano de la humanidad, desea ungir cada
herida, curar cada recuerdo doloroso e inspirar un futuro de paz y de
fraternidad en esta tierra.
La Iglesia en Irak, con la gracia
de Dios, hizo y está haciendo mucho por anunciar esta maravillosa sabiduría
de la cruz propagando la misericordia y el perdón de Cristo, especialmente a
los más necesitados. También en medio de una gran pobreza y dificultad,
muchos de ustedes han ofrecido generosamente una ayuda concreta y solidaridad a
los pobres y a los que sufren. Este es uno de los motivos que me han impulsado
a venir como peregrino entre ustedes, a agradecerles y confirmarlos en la fe y
en el testimonio. Hoy, puedo ver y sentir que la Iglesia de Irak está viva,
que Cristo vive y actúa en este pueblo suyo, santo y fiel.
Queridos hermanos y hermanas: Los
encomiendo a ustedes, a sus familias y a sus comunidades, a la materna
protección de la Virgen María, que fue asociada a la pasión y a la muerte de
su Hijo y participó en la alegría de su resurrección. Que Ella interceda por
nosotros y nos lleve a Él, fuerza y sabiduría de Dios.
Fuente: ACI Prensa






